En el marco del Ciclo “Consensos en la Política Exterior”, el día de hoy presentamos la entrevista a Mariana Altieri. Ella es Licenciada en Ciencia Política (UBA) y Magíster en Estrategia y Geopolítica (UNDEF). Actualmente se desempeña como Directora Ejecutiva de Fundación Meridiano de Estudios Internacionales y Política Exterior. Es a su vez docente de Geopolítica Aplicada en la Universidad de la Defensa Nacional, Directora del Grupo de Investigación de Ciencia Política “Repensado el Orden Mundial desde el Sur” en la Universidad de Buenos Aires y titular de la Catedra de Estudios Geopolíticos Saavedra Lamas de la Universidad de San Isidro.

Según la entrevistada, no existe una estrategia nacional integral que combine la política exterior y la política doméstica. A su vez, considera necesaria la construcción de una política exterior de forma federal, teniendo en cuenta la relación entre la infraestructura productiva, las economías provinciales y la inserción internacional.

Altieri argumenta que la pandemia no es tanto un punto de inflexión sino un catalizador de procesos críticos en un contexto caracterizado por la entropía. Bajo este marco, considera que la única salida posible para nuestro país es la reconstrucción de autonomía que permita el desarrollo de una política exterior basada en el cálculo geoestratégico constante, que evite los alineamientos incondicionales y la confrontación directa.

Uno de los grandes desafíos a enfrentar se encuentra a nivel regional. Para ella, es fundamental la reconstrucción de las instituciones regionales que habiliten la cooperación y eviten un posible esquema de alianzas cruzadas en medio de la disputa entre EE.UU. y China por el poder global.

A continuación, la entrevista completa:

En su consideración ¿cómo mira actualmente la Argentina al mundo?¿Cuáles son los principales ejes que están moldeando la Política Exterior del Estado?

Las dificultades de la política exterior argentina están ligadas a las dificultades de la “política interior” argentina. Es decir, la falta de definición sobre el modelo de desarrollo a implementarse se traduce en la carencia de una estrategia nacional integral que debería integrar la política exterior y la política “doméstica” como dos caras de una misma moneda. No me refiero a esta gestión en particular, sino a una problemática general que debemos resolver para proyectar un curso de acción de mediano y largo plazo. Esto no quiere decir que Argentina no sostenga tradiciones en política exterior que le otorgan seriedad en su historial de actor internacional, especialmente en nuestra presencia en las Organizaciones Internacionales, (como la Defensa de los Derechos Humanos y de las mujeres y diversidades fundamentalmente, entre otras). Sin embargo, si no hay definido un rumbo como país es muy difícil poder discernir qué tipo de vinculación con el escenario mundial va a ser la más adecuada. En un escenario de transición atravesado por la disputa de poder y el reacomodamiento de zonas de influencia una política de alianzas oscilante sin la definición de una estrategia de relacionamiento global puede salirnos muy costosa.

A lo cual me parece necesario señalar la necesidad de construir la política exterior de forma federal. Los grandes temas estratégicos de nuestro país como la infraestructura productiva atañen tanto a un diseño de integración regional vinculado a las económicas provinciales, como a la inserción internacional. Un claro ejemplo de actualidad es la discusión en torno a la hidrovía: ¿es (solo) una autopista de la soja argentina hacia China, o también (potencialmente) un elemento clave para la articulación regional?

me parece necesario señalar la necesidad de construir la política exterior de forma federal. Los grandes temas estratégicos de nuestro país como la infraestructura productiva atañen tanto a un diseño de integración regional vinculado a las económicas provinciales, como a la inserción internacional

Por último, creo que tenemos una oportunidad de desarrollar una política exterior feminista, que tenga una agenda transversal y que nos acerque a otros países como México, Canadá, Suecia, en la búsqueda de soluciones y reparaciones de las desigualdades de géneros. Porque la violencia, el techo de cristal, los abusos son problemas globales, no sólo domésticos. La política de género, de hecho, es un buen ejemplo de correlación entre una definición de política doméstica y la política exterior: Argentina fue reconocida por la ONU como uno de los países que más políticas públicas con perspectiva de género implementó durante la pandemia, lo que (entre otras cosas) no posiciona como un referente regional en la promoción y defensa de la igualdad de género.

¿Cómo afecta el posicionamiento argentino con y para el mundo la pandemia y la crisis generalizada por el Coronavirus? ¿Qué escenarios a futuro se deberían preponderar?

Cuando comenzó la pandemia creíamos que era un paréntesis en el marco de la normalidad global, sin embargo existe cierto consenso de que el coronavirus no configuró un punto de inflexión sino que más bien fue un catalizador de procesos críticos que se venían desenvolviendo:

  1. Ascenso de China como potencia de primer orden, con el reacomodamiento de poder global que eso trae aparejado, al tiempo que Estados Unidos, como potencia hegemónica en declive, abandonaba su rol de liderazgo global especialmente en el comando sobre los espacios comunes; (Proceso exacerbado por Trump y ahora mitigado por Biden pero no revertido).
  2. La creciente importancia de las nuevas tecnologías, especialmente las que tienen potencial disruptivo en el esquema de poder global, tales como el desarrollo de la Inteligencia artificial, la robótica, la nanotecnología, y la biotecnología especialmente la ingeniería genética.
  3. La competencia por los grandes espacios comunes de la humanidad especialmente en la redistribución de la proyección de poder en los océanos, y en la carrera por ocupar, controlar, normar y aprovechar los recursos del ciberespacio.
  4. La configuración de un patrón de transición hacia la economía verde, con el desarrollo de fuentes de energía alternativas (que trae aparejado nuevos liderazgos globales).
  5. La reestructuración de la economía global, marcada por la desaceleración y/o recesión del crecimiento mundial y la reorganización de las cadenas globales de valor.
  6. La crisis institucional del Estado y especialmente de las democracias liberales para canalizar el descontento social y el aumento de la conflictividad política.

Este escenario no va resolverse cuando logremos vacunar a la población porque la nueva normalidad global no está signada por el uso de las mascarillas/barbijos/tapabocas sino por la redefinición de normas en el tablero internacional. En este sentido y para aventurar escenarios futuros me parece sugestiva la idea del nuevo medievalismo global y la lógica de la entropía que propone Randall Schweller: el desorden será la nueva norma del nuevo orden mundial. Esto resulta clave porque si no somos capaces de proyectar escenarios de mediano plazo y evaluar su probabilidad de ocurrencia no tenemos insumos para planificar una estrategia de proyección o vinculación Argentina con el mundo.

En este contexto de bipolaridad emergente entre Estados Unidos y China, ¿qué actitud debería tomar la diplomacia argentina frente a este aparente cambio en el Sistema Internacional?

El cambio en el sistema internacional no es aparente, es palpable. Lo que no sabemos es hacia dónde va la transformación del sistema y si es efectivamente acertado, en términos analíticos, caracterizarlo como una nueva bipolaridad (¿no polarizada?) en términos clásicos; (ya que esta simplificación podría hacernos perder de vista la gran transformación del orden mundial, detrás de la transición de poder en el sistema internacional). Lo que queda claro es que la única salida posible para Argentina es la reconstrucción de autonomía: fortalecer las capacidades nacionales que nos permitan ampliar lo más posible los márgenes de maniobra en el contexto internacional y un marco de alianzas acorde a estos objetivos.

A este respecto J. G. Tokatlian sostiene que debemos implementar una “diplomacia de equidistancia” evitando tanto el alineamiento incondicional como la confrontación directa. Algo así como una tercera posición del siglo XXI que logre aprovechar las oportunidades de asociación de cada lado sin quedar entrampados en una doble dependencia. En palabras de Bernabé Malacalza, el gran desafío para nuestro país es lograr una combinación de cooperación y autoprotección en su vinculación con ambas potencias. Este posicionamiento requiere de un equilibrio consensuado y en permanente tensión que será imposible de sostener si no ordenamos el frente interno y si no apostamos a la construcción de capacidades. A su vez, esta diplomacia no puede implementarse exitosamente de forma aislada, por el contrario requiere sustentarse en un arco de alianzas que la compartan, especialmente en la región: la Tercera posición de Perón estaba cimentada en el ABC y en una alianza global del tercer mundo. Es decir, nuestra política exterior no puede correr el riesgo de caer en el voluntarismo o en lo meramente declarativo, sino que debe basarse en el cálculo geoestratégico constante. La clave detrás de nuestro posicionamiento en el marco de esta disputa de poder global está en la capacidad de definir y sostener prioridades de forma autónoma.

A este respecto, y volviendo a lo que conversábamos en la primera pregunta, tenemos dos grandes desafíos: necesitamos, para definir nuestra política exterior, una evaluación del panorama internacional y una definición de proyecto nacional. Definir: Qué país queremos ser y como lo encuadramos en el escenario internacional de mediano y largo plazo, de forma de enlazar una estrategia nacional de desarrollo que se vincule con los actores necesarios y pueda aprovechar las oportunidades provenientes el sistema internacional y, lo que es más importante, capear las crisis y evitar quedar entrampados en pagar los costos de la disputa de poder.

Y con respecto a los países de la región sudamericana, ¿qué evaluación se podría hacer de la relación entre Argentina y la región y qué ejes prioritarios, a su criterio, debería sostener nuestro país con estos países

Ningún país podrá realizarse en un continente que no se realice.  Anabella Busso señala, en este mismo ciclo, que un país como Argentina no puede tener una inserción exitosa en el mundo de forma unilateral. El gran desafío frente al que nos encontramos es cómo reconstruir el andamiaje regional que nos permita pararnos frente al reacomodamiento de poder global como un actor regional. Esto no quiere decir que sea indispensable, aunque yo lo considero necesario, la reconstrucción de instituciones regionales como la Unasur; pero si lo es, al menos recrear, foros de coordinación de políticas. Lo que no nos puede pasar como argentinos y como latinoamericanos es avanzar hacia un esquema de alianzas cruzadas convirtiéndonos en peones de una disputa de poder global que muy probablemente se mida a través del enfrentamiento de estados proxys.

A su vez, estamos frente a un vacío de poder regional, y eso es un problema. Actualmente tenemos un Brasil que abandonó el rol de liderazgo consensuado que Lula había logrado construir muy arduamente en el equilibrio de una región con un ethos anti hegemónico muy fuerte; y que Brasil le dé la espalda a los procesos regionales trae aparejado un enorme problema de estabilidad en la región. Sin coordinar una estrategia con el vecino de más peso gravitacional en nuestro vecindario es muy difícil que Argentina pueda articular políticas regionales, especialmente en un contexto adverso tanto en términos regionales como mundiales, sin olvidar, además, que la relación bilateral Argentina/Brasil ha sido, históricamente, la comuna vertebral de la integración sudamericana.

A lo cual me parece importante agregar que ya no alcanza solo con el Mercosur. Somos un continente bi oceánico y sin embargo hemos desarrollado estrategias de vinculación con el mundo desde cada orilla dándonos la espalda. Si queremos refundar el regionalismo latinoamericano (y lo necesitamos) es fundamental un proyecto de integración que incorpore a Chile como un actor protagónico. Algo tenía de visionaria la Estrategia del ABC ideada por Perón sin la cual aún un Mercosur sin la parálisis actual se muestra insuficiente.

El gran desafío frente al que nos encontramos es cómo reconstruir el andamiaje regional que nos permita pararnos frente al reacomodamiento de poder global como un actor regional.

Saliendo de los ejes tradicionales de política exterior argentina (Brasil, EE.UU., China o la UE), ¿en qué otros espacios geográficos existen oportunidades para nuestro país?

Julieta Zelicovich, también en este ciclo, habla del no alineamiento activo. ¿De qué otra forma concretarlo si nos es a través de ampliar el margen de maniobra con alianzas diversificadas, atreviéndonos a salir de los “socios tradicionales” y buscar oportunidades en el resto del mundo? Un resto del mundo que necesite lo que Argentina produce, donde podamos tener una inserción competitiva de nuestros productos y ampliar horizontes. Y no me refiero solo a productos agroalimentarios. Nuestro país cuenta con el desarrollo de capacidades de alto nivel en nichos específicos y competitivos vinculados a nuestra calidad científica, como la industria satelital y de telecomunicaciones, una variedad fabulosa de startups y “unicornios” tecnológicos, la energía nuclear, la biotecnología etc.

Los mapas están cambiando. No solo el mapa del comercio mundial que ya nos acostumbramos a ver concentrado en el Asia-pacifico, sino los mapas a futuro. Pensemos por ejemplo en el gran impulso que está teniendo la transición energética: en unos años el mapa de recursos naturales estratégicos que hoy conocemos va a ser obsoleto. Tenemos que ser capaces de adelantarnos a esos escenarios, o al menos prever su posibilidad de ocurrencia y buscar los socios específicos para cada tema. 

Por otro lado, desde una evaluación geopolítica clásica la transición del eje global, tanto comercial y económico como, por tanto, de seguridad y geopolítico, del Occidente Atlántico al Asia Pacifico trajo aparejado una pérdida de trascendencia relativa para nuestra región del mundo. Si bien la importancia del atlántico sur occidental de cara a la Antártida, que se vislumbra como uno de esos espacios administrados internacionalmente donde la pugna de poder se hace cada vez más visible,  continuará aumentando, por lo demás nuestro país se halla geográficamente alejado de los polos de poder e innovación global. Esta realidad geopolítica puede ser evaluada de forma negativa, por encarecer nuestras exportaciones por ejemplo, o positiva en tanto y en cuento es posible evitar algunas de las tensiones globales y conseguir un poco de “aire” a fin de reconstruir nuestras propias capacidades.

Yendo al ámbito de la participación internacional en foros y organismos internacionales, ¿qué desafíos y oportunidades se pueden marcar del rol de la Argentina en estos espacios multilaterales?

Si consideramos que la conflictividad y la competencia de poder suele ser la norma y no la excepción en la historia de la humanidad, en lugar de asombrarnos frente a la debacle del multilateralismo deberíamos preguntarnos que lo sostuvo de forma tan eficiente y duradera. Lo que caracterizó al mundo desde la segunda mitad del siglo XX en adelante, y especialmente después de la caída del muro de Berlín, fue un orden mundial que generaba incentivos a la coordinación de políticas, interdependencia compleja mediante,  mayormente vinculados al crecimiento económico y la expansión de los mercados. Se diseñó un sistema apalancado por normas e instituciones que lo legitimaban y generaban ámbitos de resolución pacífica de controversias. No era un mundo sin conflictividad pero se hizo todo lo necesario para que esa conflictividad estuviera gestionada institucionalmente.

Este tipo de sistema internacional brindó oportunidades a los Estados medianos con buena muñeca diplomática, como resultamos ser nosotros. Argentina mantiene un desempeño destacado en los foros internacionales y en las organizaciones multilaterales, tanto por el prestigio de nuestros profesionales como por la profesionalidad de nuestro cuerpo diplomático. En este marco Argentina tiene muchos ejemplos de participación exitosa en las organizaciones internacionales, sin ir más lejos y retomando el ejemplo acerca de la implementación de una política exterior feminista, es destacable la candidatura de la argentina Marisa Herrera para presidir la CEDAW (Comité para la Eliminación de la Discriminación contra la mujer). 

Sin embargo, no podemos darnos el lujo de olvidar que las instituciones internacionales funcionan en tanto y en cuanto los Estados que las componen mantengan su confianza en ellas y sus intereses converjan. El S. XXI se inició con una lenta pero constante decadencia de los incentivos a la coordinación de políticas y la pandemia global no hace más que ponerlo al descubierto.

El Papa Francisco, en la encíclica Fratelli Tutti subraya que la reforma del sistema ONU resulta esencial para devolverle legitimidad y que vuelva a actuar como un espacio que fomente fraternidad universal y especialmente que mantenga el compromiso de todos nosotros con el cuidado de la casa común, tenemos el desafío de acompañar esta propuesta coordinado desde el sur global y de sostener el multilateralismo como herramienta de gobernanza global.

Considerando que la academia es un asesor natural de la gestión, ¿qué propuestas se le podrían hacer a la misma en el marco de continuar, modificar o agregar alguna medida con respecto a la Política Exterior del país?

En Argentina somos prolíficos en espacios académicos y de promoción del pensamiento en general. Sin embargo, no son tanto los espacios que buscan hacer confluir la reflexión y la investigación profunda de los temas, como lo haría un think tank, con la evaluación de propuestas de intervención en el territorio y en la política pública, tanto exterior como doméstica. Quienes formamos parte de este tipo de espacios intentamos generar puentes entre las usinas de pensamiento y las universidades con los espacios de toma de definiciones sabiendo que es una articulación donde tenemos todo por ganar y que este tipo de práctica es una contribución a la construcción de los consensos necesarios para definir políticas de largo plazo y una estrategia nacional integral, al igual que plantea este ciclo de entrevistas.

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