El próximo 30 de mayo se llevará a cabo una cumbre de Jefes de Estados sudamericanos convocados por el presidente Lula da Silva para un “retiro” en Brasilia. Puede que la misma funcione para llegar, a través del diálogo, a visiones en común sobre el futuro de América del Sur o anuncios para promover la integración regional, así como también de un diálogo básico entre jefes de estado. De igual forma sigue siendo una buena noticia, considerando que durante el mandato de Bolsonaro Brasil se retiró en gran medida de su región, una en donde aún existen ciertas tensiones. 

Pese a que reiniciar el diálogo sea fructífero para América Latina, tanto los invitados como el anfitrión enfrentan problemas tanto internos como externos, algunos hasta luchan por sobrevivir, tal y como expresó Oliver Stuenkel: “Cuando el presidente Luiz Inácio reciba a los jefes de Estado sudamericanos  su primer desafío será animar a los participantes. En Ecuador, el asediado presidente Guillermo Lasso ni siquiera se presentará a la reelección en tres meses. El líder saliente de Paraguay, Mario Abdo, es profundamente impopular. Luis Arce de Bolivia y el saliente Alberto Fernández de Argentina parecen impotentes para revertir el colapso de sus respectivas economías. El presidente de Uruguay, Luis Lacalle Pou, está luchando contra el aumento de la delincuencia y los escándalos de corrupción, Gabriel Boric, de Chile, y Gustavo Petro, de Colombia, están gravemente debilitados, y Dina Boluarte, de Perú, corre el riesgo de ser procesada penalmente una vez que pierda su inmunidad presidencial por su papel en la represión estatal contra los manifestantes. Bastante paradójicamente, entre los invitados a la cumbre, el dictador de Venezuela, Nicolás Maduro, quien recientemente completó una década en el poder, puede ser el menos preocupado por la agitación política o la gobernabilidad”

Fuente: CNN

Al analizar de cerca la situación individual de cada uno de los Jefes de Estado de la región y también la colectiva, el panorama se divide entre aquellos que buscan la reelección, aquellos otros que buscan sobrevivir a su mandato actual y por último quienes se preocupan por la consolidación de América Latina como un bloque regional importante. Pero queda claro que no todos los presidentes están ahora enfocados en impulsar a la región como un actor fundamental en el sistema internacional, y se debe a que casi todos los países de Sudamérica enfrentan problemas mayores a nivel interno que afectan su condicionamiento exterior. 

En este contexto, Lula como anfitrión que busca impulsar esta idea regional, tendrá que lidiar con muchas otras cuestiones además de dirigir la cumbre, como los lazos problemáticos entre Perú y Bolivia, la presencia de Nicolás Maduro en tal evento y las disidencias con otros líderes, o la necesidad de simplemente impulsar el diálogo y no ahondar en los problemas ya existentes. 

Asimismo, las próximas elecciones de la región y la emergencia de corrientes de extrema derecha son otro de los tópicos que Lula busca conversar en la reunión, más allá de su deseo de discutir una integración más profunda en áreas como infraestructura, salud y defensa. Puntualmente, un posible cambio de rumbo ideológico de sus principales socios de la región, como Argentina, podrían afectar los planes del mandatario brasileño e incluso aumentar las diferencias entre los países de la región. 

En este sentido, los analistas creen que esta reunión que Lula promovió puede ser una oportunidad para que el mandatario “guie” los debates ya existentes de una forma institucionalizada y democrática, y que se consolide como un regreso al diálogo permanente entre los líderes de Sudamérica. 

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Redacción
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