La XVII Conferencia de Ministros de Defensa de las Américas, realizada en Cusco, marcó un giro estratégico en la política de seguridad de EE.UU. hacia América Latina desde el final de la Guerra Fría. Ante representantes de más de treinta países, el subsecretario de Guerra para Política estadounidense, Elbridge Colby, presentó el denominado “Corolario de Trump a la Doctrina Monroe”, una estrategia que vuelve a situar al hemisferio occidental como prioridad para la seguridad nacional de Washington y que articula la lucha contra el narcoterrorismo, la protección de infraestructura crítica y la competencia geopolítica con China como ejes de una misma agenda.

En este sentido, el planteo refleja un cambio de prioridades dentro de la segunda administración de Donald Trump. Colby sostuvo que durante décadas EE.UU. concentró recursos militares y políticos en escenarios como Medio Oriente, Europa y el Indo-Pacífico, mientras relegaba a América Latina a un plano secundario. Esa lógica, afirmó, dejó de responder al contexto actual. Bajo un enfoque de “realismo flexible”, Washington considera ahora que amenazas como el narcotráfico, la inmigración irregular, el crimen organizado transnacional y la competencia entre grandes potencias afectan de manera directa la seguridad del territorio estadounidense, por lo que el hemisferio vuelve a convertirse en el primer círculo de defensa del país.
Detener el avance militar de China en la región, es una prioridad para EE.UU.
Uno de los aspectos más claves del discurso fue la reinterpretación de la Doctrina Monroe. Colby buscó diferenciar el denominado “Donroe Doctrine” de la tradición intervencionista que históricamente muchos gobiernos latinoamericanos asociaron con esa política. Según el funcionario, el objetivo no consiste en generar dependencia ni subordinación, sino en fortalecer a los Estados de la región para que puedan enfrentar amenazas comunes. Sin embargo, la iniciativa incorpora la condición de impedir que actores extrahemisféricos desarrollen capacidades militares, tecnológicas o controlen infraestructura considerada estratégica en el continente, una referencia que –aunque no siempre fue explícita– apunta principalmente al avance de China en puertos, telecomunicaciones, minerales críticos y redes logísticas latinoamericanas.
La seguridad regional aparece así estrechamente vinculada con la competencia geopolítica global. En los últimos años, el gigante asiático amplió su presencia mediante inversiones en infraestructura, energía, minería, puertos y telecomunicaciones, además de consolidarse como el principal socio comercial de varios países sudamericanos. Diversos centros de análisis estadounidenses sostienen que esa expansión económica también posee implicancias estratégicas por el potencial uso dual de determinadas infraestructuras.

Otro eje central fue el narcoterrorismo. La administración Trump propone un empleo más activo de las capacidades militares estadounidenses dentro de un esquema interagencial que combine inteligencia, cooperación policial y apoyo a las fuerzas de seguridad de los países socios. Colby aclaró que Estados Unidos no pretende reemplazar a los gobiernos latinoamericanos, más bien actuar como un “multiplicador de fuerza” mediante entrenamiento, asistencia, intercambio de inteligencia y capacidades tecnológicas, mientras las operaciones permanecen bajo conducción nacional. Paralelamente, Washington instó a los gobiernos de la región a incrementar sus presupuestos de defensa, argumentando que varios países destinan menos del 1% de su PBI a un sector que enfrenta amenazas cada vez más complejas.
Desafíos y oportunidades para América Latina
La conferencia también dejó en evidencia que la agenda estadounidense encuentra puntos de convergencia con preocupaciones compartidas por otros gobiernos del continente. La Declaración de Cusco, suscripta al cierre del encuentro por 33 países, reafirmó la cooperación en materia de ciberdefensa, protección de infraestructura crítica, combate al crimen organizado transnacional, asistencia humanitaria y respuesta ante desastres. No obstante, el discurso de Washington introduce como componente adicional la creciente rivalidad entre potencias pasa a formar parte explícita de la agenda de defensa hemisférica, desplazando el foco exclusivamente regional que predominó en ediciones anteriores de la conferencia.

Para América Latina, el nuevo enfoque abre oportunidades y desafíos simultáneamente. Una mayor cooperación militar con EE.UU. puede traducirse en acceso a entrenamiento, inteligencia, equipamiento y capacidades tecnológicas frente al crimen organizado. Sin embargo, también obliga a los gobiernos a equilibrar sus vínculos con China, hoy un socio económico indispensable para numerosos países de la región. Esa tensión entre seguridad y autonomía estratégica probablemente se convierta en uno de los principales debates de la política hemisférica durante los próximos años.
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