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Inicio Regiones América Latina

Por qué Cuba no admite una transición pragmática al estilo venezolano

Nicolas Salvoni Por Nicolas Salvoni
11/06/2026
en América Latina, Cuba, Opinión
Tiempo de lectura:6 minutos de lectura
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Miguel Díaz-Canel

Miguel Díaz-Canel promete una "guerra asimétrica" si Estados Unidos invade Cuba / Créditos: X - Miguel Díaz-Canel

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La crisis energética cubana, el colapso de su red eléctrica, la apertura de conversaciones con Washington y las versiones sobre presiones estadounidenses para apartar a Miguel Díaz-Canel reabren una pregunta de fondo sobre el futuro político de la isla. Frente a un cuadro de deterioro material y desgaste del régimen, la referencia venezolana aparece casi por inercia como marco interpretativo. El paralelo, sin embargo, es engañoso. Cuba atraviesa una crisis severa y Washington endureció su presión, pero existe una serie de diferencias estructurales que convierten al caso cubano en una excepción dentro de la política hemisférica de Estados Unidos y la distancian de Venezuela.

Trump Cuba
Trump ha expresado su voluntad de lograr un cambio político en Cuba / Créditos: archivo

La primera diferencia es la más evidente: Venezuela fue, y sigue siendo, un problema atravesado por una lógica material. El petróleo explica una parte decisiva del cálculo; no por casualidad, tras el cambio político en Caracas, Washington emitió una licencia amplia para permitir transacciones con PDVSA con el objetivo explícito de atraer inversión, aumentar producción y estabilizar la oferta energética. Cuba, en cambio, no ofrece una recompensa material comparable: su valor reside en la proximidad geográfica, en su carga simbólica y en el lugar singular que ocupa dentro de la política doméstica estadounidense.

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Esa dimensión doméstica constituye la segunda diferencia. Cuba moviliza memoria histórica, exilio, identidad política y actores específicos del sistema estadounidense con una intensidad que Venezuela nunca alcanzó. En ese marco debe leerse el peso de Marco Rubio, quien en marzo sostuvo que las últimas reformas económicas cubanas no son suficientes y que el problema remite al propio núcleo de poder en La Habana. Mientras Venezuela pudo ser tratada en determinados momentos con criterios transaccionales, Cuba continúa siendo, para parte del establishment estadounidense, un símbolo pendiente de resolución más allá del incentivo material inmediato.

A esto se suma la rigidez institucional del conflicto. La ley Helms-Burton sancionada en 1996 codificó el embargo dentro de una arquitectura legal orientada a respaldar primero un “gobierno de transición” y luego un “gobierno democráticamente elegido”. El texto prevé asistencia a un gobierno transicional y establece criterios concretos para considerar que una transición está teniendo lugar, entre ellos la legalización de la actividad política, la liberación de presos políticos, la disolución de los órganos de seguridad y el compromiso con elecciones libres en un plazo no mayor a dieciocho meses. De este modo, la política estadounidense hacia Cuba se encuentra  condicionada por la institucionalización previa del conflicto, lo que pone límites al accionar del poder ejecutivo. 

La cuarta diferencia es la arquitectura de poder de cada régimen. El cubano conserva una densidad estatal, una capilaridad burocrática y una tradición de disciplinamiento social más centralizada que la venezolana. Donde Venezuela derivó en una gobernabilidad híbrida —con fragmentación entre aparato estatal, redes clientelares, servicios de seguridad, actores armados y zonas de autonomía irregular—, Cuba responde a una lógica más cerrada y vertical. Eso no la vuelve invulnerable, pero presionar a un régimen centralizado no es lo mismo que operar sobre un sistema fragmentado y poroso: difieren tanto el tipo de presión aplicable como el desenlace posible.

Tampoco debe asumirse que una eventual ruptura derivaría en una democratización inmediata. El orden democrático venezolano se degradó progresivamente, pero su población políticamente activa conserva memoria del ejercicio democrático; en Cuba eso no ocurre desde la revolución, lo que constituye un peldaño adicional en el camino. Una caída del régimen exigiría primero una etapa de reordenamiento jurídico e institucional: control del aparato coercitivo, redefinición de las reglas económicas, reconstrucción administrativa, apertura condicionada al capital y estabilización mínima del funcionamiento estatal. Recién después podría comenzar una transición política estructurada.

La propia Helms-Burton anticipa algo similar al distinguir entre “gobierno de transición” y “gobierno democráticamente elegido”. Entre ambos momentos podrían surgir vacíos de liderazgo y disputas con actores que conserven poder residual del régimen, por lo que la etapa de reconstrucción podría no ser ni rápida ni fácil para la población.

Si Cuba no justifica, en términos de valor material inmediato, un esfuerzo equivalente al venezolano, sí presenta una ventaja relativa en otro plano: su capital humano. La isla mantiene indicadores educativos relativamente robustos frente a la media regional, incluso en medio del deterioro económico y de una fatiga social acumulada que vuelve poco probable una reacción ciudadana intensa en defensa del régimen. Si bien esa herencia educativa no garantiza una transición exitosa per se, podría facilitar una reconversión más rápida si existieran reglas estables, inversión, asistencia técnica y acceso a financiamiento. Para matizar la expectativa al respecto de esto último es pertinente mencionar que el capital humano cubano convive con el envejecimiento demográfico y la fuga de población. Así, si bien la educación y el escaso nivel de resistencia esperable podría facilitar la transición, eso no sustituye al capital, al marco jurídico ni a la confianza que deben ser construidos. 

protesta en Cuba
Trump dice que va a “hacer algo” con Cuba y el secretario de Estado advierte que un acuerdo diplomático con el actual gobierno es poco probable / Créditos: archivo

 De las diferencias hasta aquí planteadas se desprende una hipótesis prospectiva. Entre la no intervención y la invasión total hay una gama amplia de opciones, desde acciones sobre infraestructura crítica hasta golpes de precisión sobre nodos militares o de inteligencia y operaciones limitadas orientadas a quebrar la cohesión del mando. La experiencia reciente en Irán mostró que la lógica de neutralización de liderazgos puede reaparecer como instrumento de presión, por lo que excluirla de antemano sería poco prudente. La diferencia central con Venezuela es que no bastaría con destituir a Díaz-Canel y negociar con las segundas líneas: un cambio de régimen “de raíz” es condición necesaria —jurídica y política— para avanzar en los términos que Washington requiere. Si el objetivo estadounidense es precipitar ese cambio, la alternativa es el patrocinio o eventual imposición de una figura que administre la isla; un liderazgo transicional respaldado desde Washington tendría ventaja operativa, pero arrastraría desde el primer día un serio problema de legitimidad puertas adentro.

Para concluir, la eventual crisis terminal del régimen cubano, si es que este escenario tiene lugar en lo inmediato, deberá entenderse como una secuencia compleja orientada al desplazamiento del núcleo gobernante, junto con el respaldo de una autoridad de transición con ciertos niveles mínimos de aceptación y a una fase de reorganización jurídica e institucional antes de cualquier apertura democrática sustantiva. Todo esto, modelado bajo las características previstas por Helms-Burton. E incluso si ese proceso llegara a concretarse, la cuestión de fondo seguiría abierta: la viabilidad del orden posterior dependerá de la legitimidad y de la arquitectura política con las que se intente construir su reemplazo.

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Etiquetas: CubaEstados UnidosMiguel Díaz Canel
Nicolas Salvoni

Nicolas Salvoni

Redactor colaborador en Escenario Mundial. Magíster en Estudios Internacionales por UCEMA y Licenciado en Economía por la Universidad Nacional de Quilmes. Docente universitario de grado y posgrado, sus áreas de interés incluyen economía política internacional, defensa y seguridad sudamericana, integración regional y cooperación económica.

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