La última gran ofensiva aérea rusa contra Kiev volvió a mostrar una de las dinámicas más duras de la guerra en Ucrania: ataques combinados con drones, misiles y saturación de defensas aéreas, pero también una presión psicológica constante sobre la población civil. Desde la capital ucraniana, Alina Rohach, analista internacional y miembro del Transatlantic Dialogue Center, describió a Escenario Mundial la magnitud de una noche que, según sus palabras, fue “una de las más intensas que hemos vivido en Kyiv desde el inicio de la invasión a gran escala”.

Rohach vive en un piso 15. Esa noche tenía la ventana abierta cuando comenzaron los primeros sonidos sobre la ciudad. Al principio, explicó, escuchó un zumbido extraño. Después entendió que no se trataba de un dron aislado. “Durante estos años nos acostumbramos a oír cómo los drones iraníes Shahed atraviesan Kyiv uno por uno, en intervalos reconocibles. Pero aquella noche no era un sonido aislado. Era literalmente como un enjambre de abejas gigantes sobrevolando el edificio”, relató.
El ataque del 24 de mayo fue uno de los mayores golpes combinados contra Kiev y su región en lo que va de la guerra. De acuerdo con la Fuerza Aérea ucraniana, Rusia lanzó 90 misiles y 600 drones de distintos tipos contra Ucrania, con Kiev como dirección principal del ataque. Las defensas ucranianas reportaron haber derribado o neutralizado 604 objetivos aéreos, incluidos 55 misiles y 549 drones.
Para Rohach, incluso sin recurrir a un análisis técnico, la lógica del ataque era visible desde la experiencia cotidiana de cualquier civil ucraniano. “No hace falta ser analista militar para entender lo que estaba ocurriendo”, afirmó. Según su lectura, Rusia buscó saturar las defensas antiaéreas mediante grandes cantidades de drones lanzados de manera simultánea, para luego introducir misiles balísticos en un momento de máxima presión operativa y agotamiento psicológico.

“Y eso fue exactamente lo que ocurrió”, sostuvo. Después de las oleadas de drones llegaron los misiles balísticos. Rohach describió explosiones extremadamente fuertes y una sensación de proximidad difícil de medir desde un departamento en altura: “El edificio literalmente temblaba. Hubo momentos en los que parecía imposible distinguir si la explosión había ocurrido lejos o a pocos metros”.
Durante la noche, miles de personas buscaron refugio en estaciones de metro, estacionamientos subterráneos y otros espacios protegidos. Para la analista, esa imagen sintetiza la continuidad de una guerra que, tras más de cuatro años de invasión a gran escala, sigue penetrando en la vida cotidiana de la población civil. “En el cuarto año de esta guerra a gran escala, los refugios subterráneos siguen llenándose de familias, niños y ancianos que solo buscan sobrevivir hasta el amanecer”, señaló.
Las autoridades de Kiev informaron que el ataque dejó dos personas muertas y 86 heridas en la capital. También reportaron daños en todos los distritos de la ciudad, incluyendo viviendas, edificios privados, instalaciones no residenciales, oficinas, depósitos, construcciones comerciales y garajes. Entre los puntos afectados estuvieron además espacios educativos, un mercado y centros comerciales.
Rohach subrayó precisamente ese punto: el impacto no se limita a objetivos militares o infraestructura crítica. “Una vez más, vemos el mismo patrón: numerosos objetivos civiles resultaron dañados. Un centro comercial entero y un mercado quedaron completamente destruidos por el fuego”, indicó. Para ella, estos ataques no buscan únicamente destruir infraestructura, sino mantener a millones de personas bajo un estado de ansiedad permanente.

La dimensión psicológica del ataque ocupa un lugar central en su análisis. Las imágenes de incendios y edificios dañados suelen capturar la atención inmediata, pero el efecto más persistente es menos visible. Rohach habló de “agotamiento emocional acumulado, insomnio crónico y una sensación permanente de vulnerabilidad”. Esa carga, explicó, se incorpora a la rutina de una sociedad que sigue funcionando entre alarmas aéreas, refugios y reconstrucciones parciales.
“Después de cuatro años, la guerra ya no se vive como una excepción temporal. Se convierte en el contexto permanente de la vida”, dijo. En Kiev, las personas continúan trabajando, estudiando, abriendo negocios, sosteniendo cafés y planificando el futuro, mientras incorporan de manera automática dónde queda el refugio más cercano o cuánto tiempo puede tardar un misil balístico en llegar.
Esa normalización parcial de la guerra es, para Rohach, uno de los riesgos más profundos. No solo dentro de Ucrania, sino también en la percepción internacional. “El mundo exterior a veces se acostumbra a las cifras y a los titulares, pero para quienes vivimos aquí, cada ataque sigue siendo profundamente real”, explicó. En su visión, cada noche de bombardeos recuerda que la guerra “no está congelada, no está contenida y no pertenece al pasado”.
La Presidencia ucraniana también viene insistiendo en esa lectura. Tras los últimos ataques, Volodímir Zelenski afirmó que Rusia prepara nuevas ofensivas masivas y volvió a reclamar más defensa aérea a sus aliados. Kiev sostiene que la campaña rusa combina drones, misiles y presión psicológica para quebrar la resistencia civil y poner al límite la capacidad defensiva del país.
Moscú, por su parte, afirmó que los ataques del 24 de mayo apuntaron contra instalaciones militares, aeródromos y empresas del complejo industrial de defensa ucraniano. Sin embargo, los daños reportados en Kiev alcanzaron edificios residenciales, escuelas, comercios, instalaciones urbanas y espacios civiles.
Pese al cansancio, Rohach remarcó que la sociedad ucraniana sigue resistiendo. No desde una imagen idealizada, sino desde una convivencia diaria con el miedo. “La resiliencia ucraniana no nace de la ausencia de dolor, sino de la decisión colectiva de seguir viviendo a pesar de él”, concluyó.
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