Rusia y el gobierno talibán de Afganistán firmaron un acuerdo de cooperación técnico-militar, en un nuevo paso dentro del acelerado acercamiento entre Moscú y Kabul. El documento fue suscripto durante el Foro Internacional de Seguridad celebrado en la región de Moscú, tras una reunión entre el secretario del Consejo de Seguridad ruso, Serguéi Shoigú, y el ministro de Defensa talibán, Mohammad Yaqoob Mujahid.

Si bien los detalles concretos del acuerdo no fueron difundidos, su sola firma marca un salto cualitativo en la relación. Hasta ahora, el vínculo entre Rusia y el Talibán venía avanzando en los planos diplomático, económico y de seguridad regional. Con este entendimiento, Moscú incorpora formalmente una dimensión militar y técnico-militar a una relación que, hasta hace muy poco, era políticamente impensable por la historia compartida entre ambos actores.
Yaqoob sostuvo tras el encuentro que la interacción con Rusia es importante para Kabul y remarcó que Afganistán y Rusia mantienen “relaciones históricas” que ahora buscan expandir. Shoigú, por su parte, volvió a reclamar que los países occidentales descongelen los activos afganos y asuman la responsabilidad por dos décadas de presencia militar en Afganistán.
El acuerdo llega apenas un año después de que Rusia retirara al Talibán de su lista de organizaciones terroristas, donde figuraba desde 2003. Ese paso abrió la puerta a la normalización formal del vínculo. Meses más tarde, Moscú se convirtió en el primer país del mundo en reconocer oficialmente al gobierno talibán en Afganistán, una decisión que dejó en evidencia su voluntad de ocupar el vacío diplomático dejado por Occidente.
El giro ruso tiene varias capas. En primer lugar, responde a una necesidad de seguridad regional. Moscú considera que Afganistán es una pieza clave para contener amenazas yihadistas, narcotráfico y redes transnacionales que pueden proyectarse hacia Asia Central, una región que Rusia sigue considerando parte de su espacio estratégico. En ese marco, el Talibán aparece para el Kremlin como un actor incómodo, pero útil: controla Kabul y buena parte del territorio afgano, y puede operar como dique frente al Estado Islámico del Khorasán.

En segundo lugar, el acuerdo refleja la búsqueda rusa de socios alternativos en medio de su confrontación con Occidente. Desde la invasión a Ucrania, Moscú profundizó vínculos con actores sancionados, regímenes aislados o gobiernos dispuestos a construir circuitos diplomáticos y económicos por fuera del eje occidental. La relación con el Talibán encaja dentro de esa lógica: Rusia se presenta como potencia capaz de dialogar con actores que Washington y Bruselas mantienen a distancia.
El trasfondo histórico vuelve el movimiento aún más significativo. La Unión Soviética invadió Afganistán en 1979 y pasó una década combatiendo contra los muyahidines, parte de cuyas redes terminarían vinculadas al surgimiento posterior del Talibán. Durante años, Moscú miró a Afganistán como una herida estratégica y como fuente de amenaza islamista. Hoy, en cambio, el Kremlin busca transformar esa relación en una asociación pragmática.
La cooperación técnico-militar puede incluir desde formación, intercambio de información y asistencia en seguridad hasta eventuales suministros, mantenimiento, equipamiento o transferencia de capacidades. Sin embargo, la ausencia de detalles obliga a mantener cautela: por ahora, no está claro si el acuerdo contempla armamento, entrenamiento, inteligencia, asistencia fronteriza o mecanismos de coordinación contra grupos terroristas.

Para el Talibán, el acuerdo es una victoria política. Kabul obtiene una nueva señal de legitimación internacional y refuerza su narrativa de que el aislamiento impuesto por Occidente empieza a romperse. Además, el vínculo con Rusia le permite diversificar apoyos, reducir dependencia de socios regionales inmediatos y mostrarse como interlocutor válido en foros de seguridad.
Para Moscú, el beneficio es doble. Por un lado, gana influencia sobre Afganistán y refuerza su papel en Asia Central. Por otro, utiliza el acercamiento al Talibán como mensaje político contra Occidente: mientras Estados Unidos y Europa condicionan el reconocimiento por derechos humanos y trato a las mujeres, Rusia prioriza seguridad, pragmatismo y presencia geopolítica.
El problema es que esa normalización ocurre mientras el régimen talibán sigue bajo fuerte cuestionamiento internacional por la situación de las mujeres, la represión política y las restricciones a derechos básicos. Naciones Unidas y organizaciones de derechos humanos vienen denunciando un deterioro profundo de las condiciones de vida bajo el gobierno talibán, especialmente para mujeres y niñas. Esa dimensión no desaparece por el acuerdo militar: al contrario, vuelve más polémico el respaldo ruso.
La firma también puede incomodar a otros actores regionales. China, Irán, Pakistán, India y las repúblicas de Asia Central mantienen sus propios canales con Kabul, pero no todos dieron el paso del reconocimiento formal ni de una cooperación militar abierta. Rusia, al adelantarse, intenta posicionarse como socio prioritario del Talibán en seguridad, aunque eso también puede abrir competencia diplomática con otras potencias interesadas en Afganistán.
En términos estratégicos, el acuerdo confirma que Afganistán vuelve a entrar en el tablero de grandes potencias, pero bajo reglas distintas. Ya no se trata de una ocupación occidental ni de una guerra contrainsurgente liderada por Estados Unidos. Se trata de un régimen talibán que busca reconocimiento y de una Rusia que, aislada de Occidente, está dispuesta a convertir viejos enemigos en socios tácticos.
De esta manera, la cooperación militar entre Moscú y Kabul marca una nueva fase en la normalización del Talibán. Rusia no solo lo reconoce como gobierno: ahora avanza hacia una relación de seguridad y defensa. El mensaje es claro: para el Kremlin, Afganistán ya no es únicamente un problema heredado del pasado soviético, sino una pieza útil en su estrategia regional y en su disputa global con Occidente.
Te puede interesar: India critica el bombardeo de Pakistán sobre un centro de rehabilitación en Afganistán donde murieron al menos cien civiles













