El 14 y 15 de mayo, tras la histórica cumbre entre el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y su par chino, Xi Jinping, se creía que una nueva era podía haber comenzado en lo que respectaba a los vínculos entre Washington y Pekín. Pero, menos de una semana después de ese encuentro, el líder chino dejó en claro que siguen siendo competidores: recibió al mandatario ruso Vladimir Putin en la capital china.

Según el líder ruso, las relaciones entre Rusia y China están en un nivel sin precedentes e invitó a Xi a visitar Rusia el próximo año (cabe recordar que, tras su encuentro, Trump invitó a Xi a visitar EE.UU. en septiembre de este año). Pero, más allá de las formalidades, Pekín y Moscú dejaron en claro su alianza al condenar los planes de construcción del escudo antimisiles Golden Dome de Trump y la política nuclear “irresponsable” de Washington.
Un comunicado conjunto de Xi y Putin afirmó que el plan de Trump para un sistema interceptor de misiles terrestre y espacial suponía una amenaza para la estabilidad estratégica global. También criticó a Estados Unidos por la expiración del tratado New START que restringía el tamaño de los arsenales nucleares estadounidenses y rusos (caducó en febrero luego de que Trump no respondiera a la propuesta de Moscú de ampliar los límites un año).
Además, Xi y Putin, que se han reunido más de 40 veces, subrayaron la estrecha relación entre Rusia y China que sellaron en 2022 con la firma de un tratado de asociación estratégica, menos de tres semanas antes de la invasión a gran escala de Ucrania por parte de Moscú. China es, por amplia diferencia, el mayor socio comercial de Rusia, con alrededor de US$ 240.000 millones en comercio, y China es el mayor comprador de crudo ruso. Por su parte, Rusia es el quinto mayor socio comercial de China, después de Estados Unidos, Japón, Corea y Vietnam.
¿Un mundo multipolar?
Durante el siglo XX, los vínculos entre China y Rusia (la URSS en ese momento) estuvieron marcados por la tensión: desde el cisma sino-soviético hasta algunos conflictos territoriales provocaron que la alianza comunista se rompiera y, para sorpresa de todos, Pekín se terminó acercando a Washington tras la histórica visita de Richard Nixon a principios de la década de los 70.

Pero, tras el fin del bipolarismo, y la consolidación de Estados Unidos como único hegemón, la potencia norteamericana generó, a través de su política exterior, un restablecimiento de las relaciones sino-rusas. Así, pese a que Moscú y Pekín podrían ser competidores en Asia, sus economías complementarias y la amenaza que EE.UU. representa para ambos (por Taiwán y Ucrania), ha generado un nuevo histórico vínculo que provoca que Washington se enfrente a dos frentes en simultáneo.
Es cierto que, al analizar variables como PIB o población, EE.UU. y China le sacan amplia diferencia al resto de los países, incluida la propia Rusia. Sin embargo, el poderío militar de esta última (incluido su arsenal nuclear, el más grande del mundo) es lo que le permite, prácticamente, sentarse en la misma mesa que Washington y Pekín.
Por su parte, Trump parece haberse percatado de que su país se enfrenta a un desafío sin precedentes y por ello ha intentado mejorar los vínculos de EE.UU. con ambos actores (desde que llegó al poder en enero de 2025, mantuvo una cumbre con Putin – algo que no sucedía desde 2021 – y se convirtió en el primer presidente de EE.UU. en visitar China desde 2017).
Pero, aunque parezca una paradoja, tanto para Putin como para Xi la democracia estadounidense no es confiable, ya que, teniendo en cuenta que Trump no puede ir en busca de la reelección, dentro de unos años un nuevo líder llegará a la Casa Blanca y podría, de una día para el otro, revertir cualquier decisión de Trump. Por ello, más allá de ver con buenos ojos el acercamiento del líder republicano, ninguno se fía de Washington y, lejos de ceder ante la presión norteamericana, continúan afianzando su “asociación sin límites”.
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