La Decisión Final de Inversión (FID) adoptada por las compañías Rockhopper Exploration y Navitas Petroleum para el desarrollo del yacimiento Sea Lion, en la Cuenca Malvinas Norte, reactivó con fuerza la reacción diplomática de la Argentina y volvió a poner en primer plano el impacto estratégico que podría tener una producción petrolera offshore sostenida durante décadas en un área marítima bajo disputa de soberanía. Desde Buenos Aires, el anuncio fue calificado como unilateral e ilegítimo, mientras que desde Londres y las islas se lo presenta como el paso definitivo para convertir a Malvinas en un nuevo polo energético del Atlántico Sur.

El proyecto, ubicado a unos 220 kilómetros al norte de las Islas Malvinas, prevé la perforación de 23 pozos y la explotación de aproximadamente 315 millones de barriles de petróleo recuperable a lo largo de un horizonte productivo de 30 a 35 años, con inicio de producción estimado para 2028. De concretarse según lo planificado, Sea Lion se convertiría en el mayor desarrollo petrolero offshore del Atlántico Sur fuera de Brasil, con implicancias económicas y geopolíticas de largo plazo.
Producción proyectada y perfil del desarrollo
Los planes presentados por Navitas contemplan un desarrollo por fases, diseñado para administrar riesgos técnicos y financieros. La Fase 1, ya sancionada con la FID, apunta a recuperar alrededor de 170 millones de barriles, con un pico de producción cercano a los 50.000 barriles diarios, apoyado en 11 pozos y un sistema centralizado en un FPSO (Floating Production Storage and Offloading) reacondicionado. Una Fase 2, prevista algunos años después del primer petróleo, permitiría sumar otros 144 millones de barriles y extender la meseta productiva mediante la perforación de 12 pozos adicionales.
Las proyecciones de producción muestran un rápido ascenso desde el inicio de operaciones, con un pico sostenido durante la década de 2030 y un declive gradual a partir de mediados de los años 2040, manteniendo volúmenes comercialmente relevantes hasta comienzos de la década de 2050. El crudo de Sea Lion es de bajo contenido de azufre (0,2%) y 28–29° API, lo que mejora su atractivo comercial y reduce costos de refinación.

Uno de los factores decisivos para destrabar un proyecto que llevaba 15 años en suspenso fue el cambio en el perfil del operador. Navitas Petroleum, una compañía israelí especializada en desarrollos offshore de largo ciclo, tomó el control del activo con una participación del 65%, desplazando a actores más expuestos a la presión de los mercados financieros. El esquema de financiamiento prevé una inversión cercana a los 2.100 millones de dólares, con unos 1.800 millones hasta primer petróleo, absorbidos en gran medida por Navitas, que incluso cubrió los costos previos de Rockhopper para mantener el proyecto con vida.
Este modelo replica experiencias previas de la compañía en Leviathan (Israel) y Shenandoah (Golfo de México), donde asumió riesgos elevados en etapas tempranas para luego consolidar activos productivos. En el caso de Sea Lion, sin embargo, la apuesta es más profunda: Navitas no solo de-riesga el proyecto, sino que se perfila como operador central durante buena parte de su vida útil.
| Año | Producción (miles de barriles diarios) |
|---|---|
| 2028 | 12000 |
| 2029 | 48000 |
| 2030 | 50000 |
| 2031 | 50000 |
| 2032 | 53000 |
| 2033 | 55000 |
| 2034 | 55000 |
| 2035 | 55000 |
| 2036 | 54000 |
| 2037 | 51000 |
| 2038 | 48000 |
| 2039 | 46000 |
| 2040 | 43000 |
| 2041 | 41000 |
| 2042 | 39000 |
| 2043 | 37000 |
| 2044 | 34000 |
| 2045 | 32000 |
| 2046 | 30000 |
| 2047 | 28000 |
| 2048 | 26000 |
| 2049 | 24000 |
| 2050 | 23000 |
| 2051 | 22000 |
| 2052 | 21000 |
Reacción argentina y disputa de soberanía
El avance hacia la fase productiva provocó una respuesta inmediata de la Cancillería argentina, que reiteró su “más enérgico rechazo” al proyecto, al considerarlo una violación de las resoluciones 2065 y 31/49 de la Asamblea General de la ONU, así como de las leyes argentinas 26.659 y 26.915, que regulan la actividad hidrocarburífera en la plataforma continental. Para Buenos Aires, la explotación de Sea Lion constituye un intento de consolidar hechos consumados en un territorio cuya soberanía sigue siendo objeto de negociación pendiente.
Aunque la Argentina carece de herramientas directas para frenar el proyecto en términos operativos, su estrategia apunta a elevar el costo político y diplomático, restringir apoyos logísticos y mantener el tema en los foros internacionales. En este marco, el desarrollo petrolero se superpone con un contexto de mayor actividad militar británica en el Atlántico Sur, que refuerza la lectura estratégica del avance energético.

Más allá del caso Sea Lion, el proyecto podría reconfigurar la percepción del potencial offshore en la región, habilitando futuras iniciativas como el yacimiento Darwin, con estimaciones de hasta 460 millones de barriles equivalentes, hoy aún no desarrollables por costos y profundidad. Para el Reino Unido y la administración local de las islas, el petróleo aparece como un vector clave para sostener autonomía económica y presencia permanente.
Para la Argentina, en cambio, Sea Lion refuerza la preocupación por una articulación entre recursos naturales, infraestructura energética y despliegue militar, en un espacio marítimo considerado estratégico. El contraste con la exploración offshore argentina —marcada por resultados dispares como el pozo Argerich-1— profundiza el debate sobre modelos de desarrollo, inversión y soberanía en el Atlántico Sur.
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