Perú fue a las urnas este domingo y pareció rendir homenaje a “La historia sin fin”, luego de que pasadas las 18 horas no hubo un boca de urna claro, más de 60 mil personas no pudieron emitir su voto y el Jurado Nacional de Elecciones informó que se extendería hasta el lunes por la tarde. Más de 27 millones de peruanos fueron habilitados para sufragar a presidente, vicepresidentes, senadores, diputados y representantes al Parlamento Andino. El menú de opciones fue amplio, más de 30 fórmulas presidenciales compitieron por un lugar en el Palacio de Pizarro.

Más allá del traspíe en la jornada electoral, los boca de urna llegaron luego de que se estirara la votación. De la mano de Ipsos y Datum, con información preliminar de la Oficina Nacional de Procesos Electorales (ONPE), Keiko Fujimori de Fuerza Popular ocuparía el primer lugar de esta primera vuelta, con más del 15% de los votos. En segundo lugar, quedaría Rafael López Aliaga de Renovación Popular con el 14% de los votos. Se espera que los resultados oficiales ronden estas cifras, lo que mostraría una primera vuelta reñida y donde ganó el hartazgo por la política.
Sin embargo, reducir la elección a una dinámica puramente doméstica es un error. Perú vota también en un contexto regional marcado por el reacomodamiento de fuerzas y el retorno de una lógica más competitiva en el hemisferio. La influencia de Estados Unidos, revitalizada bajo el liderazgo de Donald Trump, comienza a proyectarse sobre América Latina con una impronta más directa.
La posibilidad de un balotaje Fujimori-López Aliaga no solo consolida el giro hacia opciones de derecha, sino que también abre interrogantes sobre el grado de alineamiento que Perú podría adoptar en el tablero hemisférico.

El próximo escenario para Perú será completar el escrutinio definitivo y confirmar quiénes disputarán el balotaje previsto para el 7 de junio, en una elección que, por ahora, tiene a Keiko Fujimori y Rafael López Aliaga como principales protagonistas.
De mantenerse esta tendencia, el país andino no solo elegirá a su próximo presidente, sino que definirá el perfil ideológico de su conducción política en un contexto de creciente polarización y en el que los mandatarios no tienen el cargo asegurado. En los últimos 10 años, 8 presidentes pasaron por el sillón presidencial de Lima.
8 presidentes en 10 años: ¿qué explica esto?
Una explicación a la crisis peruana y los presidentes transitorios que apenas pisaron la alfombra roja al llegar al Palacio de Pizarro la da Christian Guma, abogado y profesor de la facultad de Derecho en la Universidad de Buenos Aires: “El rasgo más visible de la crisis política peruana es la inestabilidad presidencial crónica, pero su raíz es más estructural que coyuntural. El diseño institucional combina un presidencialismo formal con mecanismos de control parlamentario muy intensos, como la vacancia por “incapacidad moral permanente”, que, en la práctica, reducen la duración efectiva de los mandatos”, explicó a Escenario Mundial Guma.

Los datos preliminares del nuevo Congreso Bicameral confirman la lógica que expone Guma, donde ninguna fuerza política logra siquiera acercarse a una mayoría, con bancadas que apenas superan el 20% y una dispersión marcada entre múltiples partidos con representación reducida.
Este escenario no es una anomalía, sino la expresión concreta de un sistema político atomizado, donde la fragmentación electoral se traduce directamente en parálisis institucional. En una elección con más de 30 candidatos y una oferta partidaria sin precedentes, el resultado es un Congreso sin bloques dominantes ni capacidad clara de articulación.
Según el análisis que Guma ofrece a Escenario Mundial, “Esto se agrava por un sistema de partidos extremadamente fragmentado y débil, donde predominan organizaciones personalistas sin arraigo territorial ni disciplina interna. Como resultado, el Ejecutivo carece de mayorías estables en el Congreso, y el Congreso, a su vez, carece de incentivos para cooperar”.
Esta dinámica no es nueva, sino que se repitió de forma sistemática en los últimos años, consolidando un patrón de inestabilidad estructural. La evidencia muestra que el problema excede la caída de gobiernos y se instala en la incapacidad de sostener cualquier proyecto político en el tiempo, en un esquema donde la confrontación se vuelve la regla.
“El problema no es solo la caída de presidentes, sino la imposibilidad de construir gobernabilidad sostenida”, resume Guma. En ese marco, el Congreso operó bajo lógicas de corto plazo -como ocurrió durante la presidencia de Pedro Castillo, con múltiples intentos de vacancia- mientras que el Ejecutivo respondió con medidas de alto impacto institucional, como la disolución del Parlamento impulsada por Martín Vizcarra en 2019. El resultado es un círculo de conflicto permanente que impide estabilizar el sistema político.
En este contexto de fragmentación extrema y disputa por el rumbo del país, los perfiles de quienes se encaminan al balotaje adquieren un peso central. Más allá de los porcentajes ajustados y de un electorado disperso, la elección empieza a ordenarse en torno a liderazgos con trayectorias, discursos y estrategias bien diferenciadas dentro de un mismo espectro ideológico.
La posible segunda vuelta entre Keiko Fujimori y Rafael López Aliaga no solo enfrenta a dos figuras competitivas, sino también dos formas de interpretar el poder, la gobernabilidad y el lugar de Perú en un escenario regional tensionado por el avance del crimen organizado y la inestabilidad económica.
¿Quién es Keiko Fujimori?
Carga en su espalda una cruz, pero no de madera sino de historia dura como es su pasado. Keiko Fujimori se presenta por cuarta vez a las elecciones presidenciales de Perú, la derrota es su segundo nombre y el balotaje su segundo apellido, el ala familiar es lo más pesado en su familia por el pasado de su padre, el ex dictador Alberto Fujimori.

Igualmente, pese a las derrotas no deja de ser una figura central de la política peruana. Su candidatura combina continuidad ideológica del fujimorismo con un intento de renovación discursiva, en un país donde su apellido es sinónimo de autoritarismo. Su fortaleza radica en una base electoral sólida y en una estructura política con presencia territorial y legislativa.
Su propuesta busca equilibrar mercado y Estado, promueve la inversión privada y la estabilidad macroeconómica, pero con un rol activo del Estado en seguridad y programas sociales focalizados. Durante la campaña puso el foco en el combate a la delincuencia y en la necesidad de recuperar el orden institucional. Sin embargo, su figura genera rechazo en amplios sectores, en parte por el legado de su padre y por las causas judiciales que enfrentó en el pasado, en particular su prisión preventiva en el marco del escándalo de corrupción de Odebrecht, que impactó de lleno en la política peruana.
¿Quién es Rafael López Aliaga?
Rafael López Aliaga, actual alcalde de Lima, encarna una de las expresiones más duras de la derecha peruana en un contexto de fragmentación extrema. Empresario y líder de Renovación Popular, construyó su figura en base a un discurso confrontativo, anclado en valores religiosos, rechazo frontal a la izquierda y una narrativa de orden frente al caos político.

Su crecimiento se explica tanto por su perfil ideológico como por el vacío de representación que dejó una década marcada por la crisis institucional. Su propuesta combina una agenda económica liberal -reducción del Estado, baja de impuestos y promoción de la inversión privada- con una fuerte impronta conservadora en lo social.
En paralelo, plantea una política de “mano dura” en seguridad, uno de los temas centrales en una sociedad atravesada por el aumento del delito. En términos políticos, su estrategia fue clara al polarizar el escenario y construir un enemigo interno, “el comunismo”, como eje ordenador de su campaña.
En esa misma línea, su proyección política también empieza a insertarse en una lógica más amplia de articulación con el ecosistema conservador estadounidense. Como advierte Oliver Stuenkel, investigador del programa Democracia, Conflicto y Gobernanza del Carnegie Endowment for International Peace, en Perú ya se observa un fenómeno de “cortejo caudillista” en la competencia electoral, y señala a Aliaga como ejemplo, al buscar ganar visibilidad en Washington.
En el caso de López Aliaga, esto se tradujo en la organización en Lima de un acto en homenaje al activista estadounidense fallecido, Charlie Kirk, aliado de Donald Trump, en un intento por posicionarse dentro de esa órbita política. Según el análisis, más allá de la convocatoria, el objetivo era claro: utilizar ese gesto simbólico para proyectar su figura en el entramado político estadounidense y fortalecer su perfil internacional.
¿Qué pasa si gana Fujimori?
En el escenario que Fujimori gane el balotaje, su victoria implicaría un intento de restauración del orden político bajo una lógica más pragmática que ideológica. Buscaría estabilidad económica y gobernabilidad, aunque con alta resistencia social. En el plano regional, podría alinearse con Estados Unidos, pero con mayor margen de maniobra que López Aliaga, priorizando estabilidad sobre confrontación.
¿Qué pasa si gana López Aliaga?
Un eventual triunfo consolidaría un giro más ideológico hacia la derecha dura en Perú, con mayor alineamiento político con Estados Unidos en clave “seguridad + orden”. Podría profundizar la polarización interna y tensionar el vínculo con sectores progresistas de la región. En clave hemisférica, encajaría con la lógica de liderazgo afín a la órbita de Donald Trump.
De cara al próximo gobierno, el desafío no será únicamente administrar la economía o recuperar el orden, sino romper con una dinámica política que se ha vuelto estructural. El futuro presidente deberá navegar un Congreso fragmentado, con bloques volátiles y sin disciplina partidaria, mientras intenta sostener legitimidad frente a una ciudadanía cada vez más activa y desconfiada. Como advierte Guma, “sin cambios en esos incentivos (…) el riesgo no es solo ‘otro presidente corto’, sino la continuidad de un sistema que premia la desestabilización”. En ese escenario, la elección no resolverá la crisis, sino que pondrá a prueba si el próximo liderazgo es capaz -o no- de empezar a corregirla.
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