El 24 de febrero dejó de ser una fecha en el calendario para convertirse en una frontera del tiempo. Fue el día que dividió mi vida, como la de millones de ucranianos, en un antes y un después. Cuatro años de guerra a gran escala, y más de una década de agresión, ya no son únicamente una secuencia de acontecimientos militares. Son un proceso que ha reconfigurado la arquitectura de seguridad europea, ha obligado a repensar el alcance de las alianzas, ha cuestionado “las garantías” y ha puesto a prueba la credibilidad del orden internacional basado en normas. La invasión rusa desafió la soberanía de Ucrania, expuso las tensiones estructurales del sistema global y aceleró una transición hacia un mundo más fragmentado y competitivo.

En este sentido, Ucrania dejó de ser un objeto de análisis periférico para convertirse en un actor que hoy en día participa directamente en la agenda internacional. Además las decisiones que se toman en Kyiv repercuten en debates sobre defensa en Europa, en políticas energéticas, en la resiliencia de las democracias y en la manera en que el mundo interpreta el concepto de seguridad. La guerra ha demostrado que la estabilidad internacional es un equilibrio frágil que requiere compromiso político sostenido.
Sin embargo, toda lectura geopolítica corre el riesgo de volverse abstracta si no se ancla en la experiencia humana. La guerra no es solo un mapa con líneas de frente, es la sensación concreta de despertar en un mundo distinto, donde la normalidad se redefine cada día. Es aprender a vivir con la incertidumbre sin renunciar al futuro. Es descubrir que la resiliencia es una práctica cotidiana.
No miren a Ucrania únicamente como una víctima. Sí, somos víctimas de una agresión ilegal rusa, un hecho jurídico y moral incuestionable. Pero no somos una sociedad definida por la victimización. En estos años, Ucrania ha demostrado una capacidad excepcional de autoorganización, innovación social y adaptación institucional. Desde la digitalización acelerada de servicios públicos hasta nuevas formas de cooperación entre el Estado, el sector privado y la sociedad civil, el país se ha convertido en un laboratorio de resiliencia en tiempo real.

Es comprensible que el mundo se canse de empatizar: la atención internacional es un recurso limitado y la fatiga es parte de la dinámica política global. Pero Ucrania no es solo una historia de sufrimiento, también es una fuente de aprendizaje. Hay innumerables historias de creatividad bajo presión, de comunidades que reconstruyen, de empresas que reinventan, de ciudadanos que redefinen lo posible. Inspirarse en Ucrania no significa romantizar la guerra, sino reconocer la capacidad humana de sostener valores incluso en condiciones extremas.
La lucha ucraniana se inscribe en un contexto global más amplio: el debate sobre si el siglo XXI estará regido por la lógica de la fuerza o por la primacía del derecho. Lo que está en juego no es únicamente el futuro territorial de un país, sino la vigencia de principios que afectan a todas las regiones, incluida América Latina, donde la memoria histórica recuerda el costo de la inestabilidad y de las esferas de influencia.
A más de diez años del inicio de la guerra, también es momento de reconocer algunas lecciones. La primera es que los conflictos no resueltos no desaparecen, se transforman y, con frecuencia, se agravan. La segunda es que la disuasión débil invita a la escalada, mientras que la ambigüedad estratégica puede ser interpretada como falta de voluntad política. La tercera es que la resiliencia social y la capacidad de una sociedad de mantenerse funcional bajo presión extrema son los componentes tan cruciales de la seguridad como el poder militar. Y la cuarta, quizá la más universal, es que la defensa de las normas internacionales depende menos de su existencia formal y más de la disposición real de los Estados a sostenerlas.

Cuatro años después, Ucrania sigue pagando un precio altísimo. Pero también está produciendo una experiencia política y social que trasciende sus fronteras. La resiliencia no significa ausencia de dolor o cansancio, sino la decisión colectiva de seguir adelante y de preservar la dignidad como núcleo de la vida pública.
El 24 de febrero es un día de duelo y memoria. Pero también es un recordatorio de que, incluso en los momentos más oscuros, una sociedad puede no solo resistir, sino redefinir su lugar en el mundo. Ucrania hoy no es solo un frente de guerra: es una historia en desarrollo sobre la capacidad de un país y de las personas que lo habitan, de transformar la tragedia en responsabilidad, y la responsabilidad en futuro.
Te puede interesar: A 4 años de la guerra Rusia-Ucrania – Cómo fue la posición de Argentina y Brasil ante la guerra














