A cuatro años del inicio de la invasión de Rusia a gran escala sobre Ucrania en febrero de 2022, la guerra redefinió el equilibrio de seguridad europeo y también impactó en la política exterior de otras regiones, como América Latina. Puntualmente en Argentina y Brasil, las dos mayores economías de la región, los gobiernos adoptaron estrategias divergentes que reflejan visiones distintas del orden internacional, el multilateralismo y su relación con las potencias globales.

En este sentido, Brasil mantuvo desde el comienzo una postura de autonomía estratégica. Durante el gobierno de Jair Bolsonaro, el país declaró su “neutralidad” argumentando la necesidad de proteger intereses económicos —especialmente la dependencia de fertilizantes rusos— y evitar consecuencias internas del conflicto. Sin embargo, con el regreso de Luiz Inácio Lula da Silva al poder en 2023, la diplomacia brasileña evolucionó hacia un rol más activo como potencial mediador, promoviendo negociaciones de paz y cuestionando la estrategia militar tanto de Moscú como de Kyiv.
El vínculo de Brasil y Ucrania atravesó momentos de tensión
Esa estrategia se expresó en la iniciativa conjunta con China de un plan de seis puntos para una solución política del conflicto, que incluía una conferencia internacional aceptada por ambas partes, aumento de la asistencia humanitaria y medidas para evitar escaladas nucleares. No obstante, Ucrania criticó la propuesta por no exigir la retirada de tropas rusas ni abordar la integridad territorial del país. El presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, llegó inclusive a declarar en una entrevista con el medio brasileño Metrópoles que esperaba de Lula una postura “más enérgica” y sugirió que Brasil mostraba una inclinación favorable a Rusia.

Lo cierto es que las tensiones diplomáticas reflejan una diferencia estructural, Brasil busca posicionarse como actor global autónomo, especialmente dentro del bloque BRICS, mientras que Ucrania prioriza apoyos que impliquen presión directa sobre Moscú. La participación de Lula en eventos junto al presidente ruso Vladimir Putin y los contactos bilaterales entre ambos gobiernos reforzaron la percepción, en Kyiv y en Occidente, de una diplomacia brasileña equidistante.
Argentina es un aliado de Trump, y por ende, de Ucrania
Argentina, en cambio, experimentó un giro más pronunciado. Bajo el gobierno de Javier Milei, Buenos Aires adoptó un alineamiento político explícito con Ucrania y con las posiciones occidentales en foros internacionales, bajo la idea de alinear totalmente la política exterior del país a Estados Unidos. El mandatario argentino anunció su intención de visitar Kiev y expresó apoyo directo al presidente Zelenski, lo que marcó una diferencia significativa respecto de la tradicional política exterior argentina más equilibrada entre potencias.

Ese acercamiento también se manifestó en el plano bilateral. Ucrania solicitó asistencia militar y logística a Argentina, incluyendo el préstamo de un hospital de campaña, mientras ambos países avanzaron en conversaciones sobre cooperación económica y participación de empresas argentinas en la futura reconstrucción posguerra. Este vínculo también tiene un componente indirecto, tecnologías agrícolas desarrolladas en Argentina –como las silobolsas– fueron utilizadas para mitigar la pérdida de infraestructura de almacenamiento ucraniana tras ataques rusos, contribuyendo a la seguridad alimentaria global.
¿La guerra Rusia-Ucrania reconfiguró los liderazgos en América Latina?
En perspectiva regional, la guerra Rusia-Ucrania también reconfiguró liderazgos en América Latina. Brasil intentó capitalizar su rol mediador para consolidar influencia global y reforzar su aspiración histórica de mayor protagonismo internacional, mientras Argentina buscó reposicionarse como aliado confiable de Occidente. Estas diferencias reflejan tradiciones diplomáticas distintas, autonomía y multipolaridad en el caso brasileño, alineamiento estratégico en el argentino.

Cuatro años después del inicio del conflicto, la guerra en Ucrania sigue lejos de una resolución definitiva, pero su impacto ya es evidente en la región. Las posiciones diferentes de Argentina y Brasil muestran que el conflicto no solo divide a Europa, sino que también actúa como catalizador de debates sobre cómo orientar la política exterior en momento de conflictos, la distribución de poder global, justicia internacional y el papel de los países latinoamericanos en el sistema internacional.
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