Los principales sistemas de defensa aérea de origen ruso desplegados por Venezuela no estaban conectados a radares ni completamente operativos cuando fuerzas estadounidenses ejecutaron la operación que derivó en la captura de Nicolás Maduro. El episodio expuso fallas estructurales de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana y debilitó la proyección estratégica de Rusia en América Latina. Los avanzados sistemas antiaéreos S-300 y Buk-M2 adquiridos por Venezuela a Rusia no cumplieron ningún rol efectivo durante la ofensiva aérea lanzada por Estados Unidos sobre Caracas y otros puntos estratégicos del país.

De acuerdo con funcionarios estadounidenses y un análisis de imágenes satelitales, videos y material abierto, gran parte del equipamiento ni siquiera estaba integrado a los radares al momento del ataque, dejando el espacio aéreo venezolano prácticamente desprotegido. La operación militar, denominada Absolute Resolve, se desarrolló con una rapidez que tomó por sorpresa a la cúpula militar venezolana. Helicópteros y aeronaves estadounidenses ingresaron al espacio aéreo sin enfrentar una resistencia significativa, lo que facilitó la captura del entonces presidente Nicolás Maduro y la neutralización de múltiples instalaciones militares clave. Según reveló The New York Times, varios componentes de los sistemas Buk permanecían almacenados en depósitos y no en posiciones de despliegue operativo.

La compra de estos sistemas había sido presentada durante años como uno de los pilares de la alianza estratégica entre Venezuela y Rusia. En 2009, el entonces presidente Hugo Chávez anunció la adquisición de los S-300 como un elemento disuasivo frente a una eventual agresión de Estados Unidos, en un contexto de creciente confrontación política con Washington. Sin embargo, más de una década después, la incapacidad para mantener, integrar y operar estos sistemas quedó en evidencia.
Fuentes militares estadounidenses indicaron que la combinación de corrupción, problemas logísticos crónicos y el impacto de las sanciones internacionales deterioró de forma sostenida la preparación de las defensas aéreas venezolanas. La falta de repuestos, personal técnico capacitado y mantenimiento regular redujo la operatividad real de sistemas que, en el papel, figuraban entre los más sofisticados de la región.

Un golpe a la influencia rusa en el hemisferio occidental
El desempeño de los sistemas antiaéreos también dejó expuesta la limitada capacidad de Rusia para sostener su proyección militar en América Latina. Analistas citados por medios internacionales señalaron que los entrenadores y técnicos rusos, responsables de garantizar la operatividad de estos equipos, habrían reducido su presencia en Venezuela en los últimos años. La guerra en Ucrania absorbió recursos críticos de Moscú y restringió su margen para mantener activos sistemas complejos lejos de su territorio.
Incluso, exfuncionarios estadounidenses sugieren que Rusia pudo haber tolerado deliberadamente el deterioro del equipamiento para evitar una escalada directa con Washington. El derribo de una aeronave estadounidense por parte de un sistema ruso en Venezuela habría tenido un fuerte impacto político y estratégico, ampliando el conflicto más allá de Europa del Este.

Las imágenes posteriores al ataque confirmaron la destrucción de al menos dos sistemas Buk-M2E, un radar de control asociado y vehículos blindados de origen chino desplegados en áreas como Fuerte Tiuna, Higuerote y la base aérea de La Carlota. En varios casos, los lanzadores fueron alcanzados mientras permanecían en depósitos, lo que refuerza la evaluación de que la defensa aérea no estaba en alerta ni correctamente desplegada.
La situación se agravó con la neutralización de radares de origen chino, lo que dejó aún más aislados a los sistemas rusos. Sin detección temprana ni coordinación efectiva, los S-300 y Buk quedaron virtualmente inutilizados. Aunque algunos sistemas estratégicos, como los S-300V y los cazas Su-30 de la Aviación Militar Bolivariana, no habrían sido destruidos, su rol durante la operación fue marginal.

HANDOUT – Fuerza Armada Nacional Bolivariana
El impacto político fue inmediato. La caída del gobierno de Maduro y el inicio de una relación condicionada entre el nuevo liderazgo venezolano y Estados Unidos representaron un retroceso significativo para la presencia rusa en la región. Durante los últimos 15 años, Moscú había utilizado la venta de armamento como una herramienta central para recuperar influencia en América Latina tras el colapso soviético, con Venezuela como socio clave.
Las declaraciones posteriores de funcionarios rusos reforzaron esta lectura. El canciller Serguéi Lavrov dejó en claro que la relación con Caracas no es comparable con alianzas estratégicas prioritarias como la que mantiene Rusia con Bielorrusia, marcando límites explícitos al compromiso militar en el hemisferio occidental.
Mientras Washington presiona al gobierno venezolano para expulsar asesores militares de Rusia, China, Irán y Cuba, la fragilidad de la defensa aérea local abre interrogantes sobre la capacidad del país para sostener su soberanía militar sin apoyo externo efectivo. Al mismo tiempo, deja planteado hasta qué punto las alianzas armamentísticas pueden traducirse en poder real cuando no existen las condiciones políticas, económicas y técnicas para sostenerlas en el tiempo.
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