La rivalidad entre Washington y Pekín no se juega solamente entre Washington y Pekín. Para países como Japón, adaptarse al nuevo escenario internacional y aumentar su propia seguridad puede significar una amenaza para los actores. A comienzos de septiembre, una reunión de representantes de partidos políticos japoneses con el Partido Comunista Chino trajo la oportunidad de recomponer una relación bilateral deteriorada. Sin embargo, se terminó confirmando la distancia entre ambos países. Según Asia Times, la delegación japonesa buscaba la reconciliación, frente a una insistencia china de que Japón debía modificar su postura sobre Taiwán. La presión china, lejos de conseguir que Japón retroceda, parece estar produciendo una mayor cooperación militar japonesa con la región, y una aceleración de su estrategia de defensa.

Este episodio se entiende dentro de una dinámica más compleja. La emergencia china en el plano global como potencia en ascenso, y la rivalidad que genera con Estados Unidos como potencia predominante, activa una interpretación desde la lógica de la trampa de Tucídides. Graham Allison, politólogo estadounidense, sostiene que la misma historia advierte el aumento de las posibilidades de conflicto cuando una potencia emergente disputa el liderazgo de una potencia establecida, y para evitarlo, ambas partes deben llevar a cabo dolorosas y enormes concesiones. El conflicto, sin embargo, no se ahoga entre las dos superpotencias, sino que atrapa en esta dinámica a otros actores intermedios.
Japón es uno de los mejores ejemplos. Durante décadas, Tokio construyó su seguridad sobre su alianza con Estados Unidos, alojando bases navales y aéreas, y sobre una cultura pacifista posguerra. El artículo 9 de su Constitución, además, limitó el uso de la fuerza militar como instrumento de política estatal, que quedó delegada a Estados Unidos para poder concentrarse en el crecimiento económico. Ese modelo comenzó a cambiar frente a un entorno regional cada vez más incierto.
La primera presión viene desde China, su ascenso y su traducción en amenazas concretas. La memoria de una historia de violencia extrema, disputas territoriales y la cuestión de Taiwán marcaron la percepción japonesa de amenazas regionales latentes. Pekín, puede analizarse, adopta una postura hostil frente a Japón, e intenta aislarlo diplomáticamente cerrando las vías tradicionales de comunicación entre ambos Estados. A su vez, en su Libro Blanco de Defensa de 2026, Japón volvió a identificar a China como su principal desafío estratégico y advirtió sobre un deterioro del entorno de seguridad en el Indo-Pacífico.
En segundo lugar, se da la erosión de la confianza en la alianza con Estados Unidos. Lejos de generar certezas, la era Trump complejiza el escenario, con llamados constantes a mayor autonomía e independencia, y frenos a la economía japonesa exportadora ya estancada. Al cuestionar abiertamente el valor de los aliados que no contribuyen suficientemente a su propia defensa, se siembran dudas sobre la disposición estadounidense a intervenir en caso de un conflicto regional. Por eso mismo, fortalecer sus propias capacidades es una necesidad cada vez más presente para Japón.
El resultado es un Japón mucho más asertivo. En los últimos años, Tokio reinterpretó las restricciones impuestas por su Constitución sobre la legítima defensa colectiva y flexibilizó las reglas para exportar armamento. El 31 de agosto, el Ministerio de Defensa japonés anunció que buscará reforzar drásticamente su capacidad de disuasión y respuesta, incluyendo la producción masiva de drones, el desarrollo de misiles hipersónicos lanzados desde submarinos y sistemas de combate apoyados en inteligencia artificial. Pero este fortalecimiento puede interpretarse por China como una amenaza y alimentar la desconfianza que Tokio busca evitar. La escalada de capacidades de un actor puede convertirse, desde la perspectiva del otro, en una razón para hacer exactamente lo mismo.

Los acontecimientos de los últimos meses parecen reforzar esa dinámica. La presión económica y diplomática china sobre Japón, incluidas restricciones comerciales, reducción del turismo y controles sobre determinados productos, no consiguió que Tokio retirara su posición sobre Taiwán. En cambio, Japón profundizó sus ejercicios militares con Filipinas, Australia, India e Indonesia, diversificó sus cadenas de suministro y avanzó en la cooperación para producir armamento con otros socios. De este modo, Japón se rearma contra China con una industria que, de a poco, deja de depender de ella para sobrevivir.
La interdependencia dada hoy permite comprender que el reposicionamiento japonés es un proceso incompleto y contradictorio, más cercano al pragmatismo forzado que a una gran estrategia coherente. Tokio necesita a Washington para su seguridad, pero también depende económicamente de Pekín. Necesita fortalecer sus capacidades defensivas, pero hacerlo puede aumentar las tensiones con el país que considera su principal desafío. Y necesita mayor autonomía estratégica, pero todavía depende de alianzas externas para sostenerla.
Por eso, quizás la pregunta más interesante de la trampa de Tucídides no sea solamente si Estados Unidos y China terminarán enfrentándose. También deberíamos preguntarnos qué ocurre con los países que quedan en el medio. Japón no eligió el ascenso de China, ni la competencia entre Washington y Pekín, ni la incertidumbre sobre el futuro del orden internacional. Sin embargo, está obligado a adaptarse a ellos. Y cuanto más intenta prepararse para un conflicto que quiere evitar, más puede contribuir, paradójicamente, a construir el escenario del que busca protegerse.
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