La declaración del presidente ruso Vladimir Putin tras la celebración en Moscú del Día de la Victoria el pasado 9 de mayo, afirmando que la “guerra en Ucrania está llegando a su fin” abrió diversas expectativas sobre el futuro inmediato del conflicto en Ucrania y la posibilidad de un nuevo enfoque que Rusia y Europa estarían adoptando en sus hasta ahora tensas relaciones.

Previo a esta declaración, EEUU informó sobre su intercesión ante el presidente ucraniano Volodímir Zelenski para que aceptara una tregua propuesta por Moscú con intercambio de prisioneros incluido. Diversas informaciones especulaban con la posibilidad de que Ucrania atacaría con drones la capital rusa durante el desfile militar. En algunas ciudades rusas, principalmente aquellas próximas al frente bélico, este desfile fue suspendido. Contrario a ocasiones anteriores, el bajo perfil marcó el desfile en Moscú.
No obstante, las tensiones ruso-europeas no han dejado de manifestarse. El pasado 23 de mayo, y tras advertir con anterioridad, el Kremlin lanzó contra Kiev una de sus mayores ofensivas de drones y misiles balísticos, Oreshnik, oficialmente en respuesta a un ataque ucraniano contra una residencia de estudiantes en Lugansk.

En Rusia interpretaron este ataque como un mensaje del Kremlin a Europa por su apoyo a Ucrania y como factor condicionante ante las expectativas occidentales de llevar el conflicto hacia territorio ruso. Días después se registró en la ciudad rumana de Galati, muy próxima a Moldavia y Ucrania, un ataque de un dron contra un edificio. Mientras los medios europeos acusaron a Rusia, Putin argumentó la tesis de un presunto accidente por el desvío de un dron ucraniano.
Los que apuestan por la negociación
La inesperada declaración de Putin generó en la Unión Europea (UE) una mezcla de desconfianza y reacciones divergentes, principalmente ante las expectativas de negociación con Moscú.
Entre los que han manifestado su disposición a retomar el diálogo con Putin están el presidente francés Emmanuel Macron y la primera ministra italiana Giorgia Meloni. En febrero pasado, Emmanuel Bonne, principal consejero diplomático del presidente Macron, viajó a Moscú con la finalidad de mantener conversaciones con altos responsables rusos para reactivar canales de diálogo. Otras fuentes especulan que la UE está estudiando mecanismos de mediación con Putin, incluyendo figuras como los excancilleres alemanes Gerhard Schröeder y Ángela Merkel, así como el expresidente del Banco Central Europeo, Mario Draghi.

La reciente derrota electoral de un aliado de Putin como el ex primer ministro húngaro Viktor Orbán ha contribuido a generar cierto clima de distensión entre Bruselas y Moscú. Rusia aún cuenta con aliados internos en la UE y la OTAN, como es el caso del presidente eslovaco Robert Fico (presente en el desfile en Moscú) Así mismo, las recientes elecciones legislativas búlgaras otorgaron la victoria al prorruso y euroescéptico Rumen Radev. Toda vez, la reciente caída del gobierno en Rumanía, miembro de la OTAN y la UE, es interpretada en el Kremlin como una crisis política eventualmente favorable a sus intereses.
Otros escenarios que podrían influir en la posibilidad de este diálogo ruso-europeo son las consecuencias, principalmente en Europa, de la crisis energética derivada de la guerra entre EEUU e Irán, así como cierta sensación de hartazgo ante el estancamiento del frente bélico ucraniano.
Las opciones reaccionarias
El mayor rechazo a la negociación con Rusia se encuentra en los países bálticos y Polonia, quienes se ven a sí mismos como el próximo objetivo bélico del Kremlin. En el seno de la UE, esta posición reaccionaria es igualmente liderada por la representante de Política Exterior y de Seguridad, la estonia Kaja Kallas, de conocida intransigencia hacia Moscú.
Atenazada por la crisis transatlántica con Trump y la posibilidad de que Washington y Moscú estén negociando una salida al conflicto ruso-ucraniano, Kallas ha sido enfática al rechazar las propuestas rusas de mediación. Tras el reciente ataque con Oreshnik en Kiev, Kallas anunció nuevas medidas contra Rusia. Otros organismos como el Grupo de los Siete (G7) apuestan igualmente por una mayor presión hacia Moscú.
Otros factores de fricción en las relaciones ruso-europeas han sido el desvío de drones sobrevolando el espacio aéreo en Letonia, hecho que implicó la caída del gobierno de ese país. Como en el caso anteriormente mencionado del dron impactado en Rumanía, Europa y Rusia se han enzarzado en un cruce de acusaciones.

Deben igualmente destacarse las declaraciones realizadas por el ministro de Exteriores lituano, Kęstutis Budrys de pedirle a la OTAN apoderarse del enclave ruso de Kaliningrado o las advertencias del comisario europeo de Defensa, el también lituano Andrius Kubilius, sobre presuntos preparativos de Putin para atacar la OTAN. Otro factor discordante ha sido el anuncio de Washington de enviar 5.000 soldados estadounidenses a Polonia. Con anterioridad, la administración de Donald Trump había ordenado la retirada de otros 4.000 efectivos de Alemania.
Utilizando como argumento la “amenaza rusa”, Polonia destinará el 4,8% de su PIB a defensa, el índice más alto dentro de la OTAN. Gran Bretaña está igualmente avanzando en nuevos acuerdos de seguridad con Polonia mientras en Alemania se afianzan mecanismos de defensa dentro de la población civil.
El repentino giro de Putin aparentemente hacia la negociación provoca disyuntivas en Europa ante la posibilidad de que Moscú y Washington estén negociando una salida al conflicto ucraniano y ante el hecho de que Rusia esté retomando la iniciativa diplomática mientras mantiene la ofensiva militar.
Mientras Washington toma distancia, Bruselas se convierte en la principal baza de apoyo militar para Kiev toda vez la OTAN calcula la posibilidad de reorganizarse como una alianza netamente “europea” y menos dependiente de EEUU, tal y como explicó el secretario general de la OTAN, Mark Rutte. No obstante, el plan de Rutte de aumentar en un 0,25% del PIB la ayuda a Ucrania ha encontrado resistencias internas en miembros clave como Reino Unido, España, Italia, Canadá y Francia.
Así mismo, la UE comienza a mover fichas dentro de las esferas de influencia rusas. Con la presencia de Zelensky, los líderes europeos se reunieron a principios de mayo en Armenia con la intención de apoyar al primer ministro Nikol Pashinián en su orientación geopolítica europeísta y de distanciamiento con Rusia de cara a las decisivas elecciones parlamentarias armenias a celebrarse el próximo 7 de junio. Estos comicios generan interés por el estratégico equilibrio de poder entre Rusia y Occidente en el Cáucaso Sur.
La reacción rusa no se hizo esperar. Putin advirtió a Pashinián de la “incompatibilidad” de iniciar un proceso de adhesión con la UE toda vez Armenia forma parte de la Unión Económica Euroasiática (UEE), entidad de integración impulsada por Moscú. El primer ministro armenio respondió anunciando su negativa a asistir a la cumbre de la UEE del pasado 28 de mayo en Astaná (Kazajstán)
Equilibrios internos en el Kremlin ante un nuevo momento político
En las últimas semanas han sido prolíficas las publicaciones en medios occidentales sobre presuntas “luchas intestinas” entre diversas elites en el Kremlin así como un aparente malestar político y ciudadano por el “estancamiento” del conflicto en Ucrania, el clima de permanente tensión ruso-occidental y sus consecuencias para la economía rusa. A estas informaciones deben agregarse análisis sugestivos en think tanks europeos sobre cómo eventualmente derrotar a Putin en Ucrania y provocar un cambio de régimen en Moscú.
Este matriz informativo ha aumentado tras el reciente ataque ruso a Kiev. En Europa interpretan esta acción como un síntoma de presunta debilidad de poder para Putin. Toda vez, en Rusia se analiza este momento como una redefinición de iniciativas por parte del Kremlin para llevar la batuta ante cualquier salida, tanto militar como diplomática, en Ucrania.

Estas informaciones sobre luchas intestinas en el Kremlin y malestar social se enfocan en observar un eventual escenario post-Putin. Según datos del Centro Levada, un 47% de los rusos afirman haber experimentado un “aumento significativo” en niveles de ansiedad y estrés por lo que sucede en el frente ucraniano y sus consecuencias en territorio ruso. Las restricciones al uso de Internet habrían acelerado un aparente clima de nerviosismo en las elites rusas.
Medios ucranianos también dan cobertura a estas informaciones de luchas de poder intestinas en el Kremlin entre grupos tecnócratas, las elites oligarcas, las familias políticas, el servicio de seguridad FSB y otros sectores que buscan ejercer influencia en las decisiones de Putin. Estas luchas intestinas podrían intensificarse ante perspectivas de recesión económica, vaivenes en cuanto a la negociación sobre el conflicto en Ucrania e, incluso, en lo relativo a la eficacia de la estrategia militar de Moscú de apostar por la “guerra de desgaste”, con mayor lentitud pero seguridad.
Por otro lado, tomando en cuenta los intrigantes juegos políticos dentro del Kremlin, Putin podría estar aprovechando este contexto de aparentes divisiones internas para ejercer de árbitro y factor de equilibrio, dando curso al manejo de la disuasión como herramienta estratégica para afianzar su poder. Además del control mediático y político destaca la capacidad de Putin para “internalizar” la política exterior como un elemento estratégico en clave política interna.
Para las elites rusas resulta determinante el tener influencia en el círculo de poder de Putin en la perspectiva de seguir manteniendo la confianza del presidente ruso a fin de evitar un escenario de caída en desgracia ante los ojos del presidente ruso.

A grandes rasgos, el contexto político ruso no anuncia expectativa alguna de etapa post-Putin ni de crisis en la estructura de poder en el Kremlin que implique un cambio de régimen. En noviembre próximo se realizarán elecciones parlamentarias para renovar la Duma Estatal. La hegemonía del oficialista partido Rusia Unida está garantizada pero nuevos movimientos políticos, entre ellos algunos ex combatientes en Ucrania, presionan por legalizar su participación y eventualmente alcanzar ciertas cuotas de poder parlamentario.
No se deben descartar otros actores como los movimientos ultranacionalistas molestos con el poder de las elites en el Kremlin y con el desempeño de Putin en la guerra de Ucrania. Su capacidad decisiva en la política rusa es incierta ya que hasta ahora solían estar enrolados en el heterogéneo movimiento “putinista”.
Tempestades prebélicas con Ucrania de trasfondo
Volviendo al conflicto ucraniano, el Kremlin maneja diversos escenarios militares estratégicos como el puerto de Odesa, que le permitirá prácticamente asegurar el control del litoral ucraniano en el Mar Negro y un espacio estratégico de conexión hacia Transnistria, un “Estado-tapón” prorruso dentro de Moldavia. Fuentes ucranianas informan que las fuerzas de ese país estarían construyendo defensas antitanques en Odesa en preparación para un eventual ataque masivo ruso.
Tras aprobar el Kremlin medidas de agilización para otorgar la nacionalidad rusa a los habitantes de Transnistria, la Duma Estatal aprobó una ley que autoriza a sus Fuerzas Armadas a “proteger a ciudadanos rusos en el exterior” que hayan sido sometidos a arrestos e investigaciones judiciales. Una medida que muy probablemente tendrá mayor impacto en Europa en un momento de guerra híbrida, desinformación y presiones hacia la diáspora rusa.
Putin y las elites rusas calculan que ampliar las ganancias militares en Ucrania reforzaría notoriamente la posición de Moscú a la hora de impulsar una negociación bajo sus condiciones. No obstante, según el Institute of War y fuentes ucranianas, Rusia no sólo exageraría sus ganancias territoriales en Ucrania sino que minimiza las bajas que sufre. A pesar de sus problemas de reclutamiento de efectivos Ucrania, contando con el apoyo de la OTAN, ha logrado moderadamente fortalecer su capacidad de resistencia.

Mientras Ucrania se esfuerza en resistir, Europa se ve persuadida a avanzar en materia de disuasión y militarización ante la posibilidad de un conflicto armado contra Rusia. Ante esta situación, Moscú se ha apresurado a ensayar su nuevo misil intercontinental balístico Sarmat, en un ejercicio propagandístico orientado a mostrar a Europa su superioridad militar estratégica.
El representante ruso ante la OSCE, Dmitry Polyansky, advirtió al Consejo de Seguridad de la Federación rusa que “Europa se está encaminando hacia un conflicto bélico directo con Rusia” a un “ritmo vertiginoso” y que múltiples países europeos “ya han perdido su estatus de neutralidad o mediación” por su apoyo a Ucrania.
Polyansky relató que el territorio europeo es un “campo de pruebas para el adiestramiento de milicianos, un centro logístico masivo de armamento” y una plataforma activa para el “lanzamiento de drones de combate contra Rusia” coordinando con Ucrania ataques directos contra objetivos dentro de la Federación Rusa.
Así mismo, un aliado de Putin como el presidente bielorruso Aleksandr Lukashenko anunció una preventiva “movilización selectiva” de sus Fuerzas Armadas. Esto provocó respuestas por parte de Ucrania, que acusó a Bielorrusia de presuntamente planear una invasión militar a este país.
Con este clima de tintes prebélicos entre Rusia y Europa mientras se negocia una salida al conflicto ucraniano, la interrogante se enfoca en esclarecer si Rusia y Europa se preparan para una confrontación armada aparentemente inevitable o, más bien, estamos ante una nueva “guerra fría” con “paz caliente”.












