Brasil llega a las urnas con 158,7 millones de electores, pero detrás del empate que muestran los sondeos existen varios países electorales superpuestos. Lula da Silva y Flavio Bolsonaro se juegan a todo en las cinco principales regiones del país. El Nordeste, el gigantesco Sudeste, el avance evangélico, la desigualdad de ingresos, las metrópolis y el interior dibujan así las fronteras de una elección que no puede explicarse solamente en términos de izquierda y derecha.

Si Brasil fuera una elección puramente aritmética, habría dos números desde los cuales empezar: 41,78% y 27,42%. El primero es el porcentaje del electorado que vive en el Sudeste; el segundo, el que corresponde al Nordeste. Juntas, ambas regiones concentran cerca de siete de cada diez electores habilitados para votar el 4 de octubre. Pero la política brasileña no se explica solo por el tamaño. Lo que vuelve decisivo al mapa es que esos millones de votos están distribuidos entre territorios que responden de manera muy diferente a renta, religión, educación, urbanización y memoria política.
Brasil tiene 158.745.463 electores en 2026. São Paulo concentra 34,1 millones; Minas Gerais, 16,38 millones; Rio de Janeiro, 12,86 millones; Bahia, 11,32 millones; y Paraná, 8,61 millones. Esos cinco estados reúnen por sí solos el 52,45% de todo el padrón nacional. La primera clave de la elección está ahí: más de la mitad del voto potencial se encuentra concentrado en apenas cinco de las 27 unidades de la federación.
Sin embargo, tamaño y comportamiento electoral no son equivalentes. El Nordeste, con 43,5 millones de electores, fue durante las últimas dos décadas la principal base territorial del lulismo. El Sudeste, con 66,3 millones, contiene simultáneamente el mayor volumen de votos del país y algunas de sus divisiones más profundas. El Sur y el Centro-Oeste mostraron en 2022 las mayores ventajas de Jair Bolsonaro. El Norte quedó mucho más dividido.
Ese mapa todavía puede reconocerse en septiembre de 2026.
Datafolha registró el 21 de septiembre un empate técnico nacional: Lula aparecía con 39% en primera vuelta y Flávio Bolsonaro con 36%. Pero cuando el promedio nacional se abre por territorio, emergen países electorales diferentes. Una semana antes, el instituto había registrado a Lula con 53% frente a 25% de Flávio en el Nordeste. En el Sur, Flávio obtenía 40% y Lula 29%; en el Sudeste, 37% frente a 35%; y en Norte y Centro-Oeste agrupados, 40% frente a 32%. Las diferencias de los subgrupos deben leerse con márgenes de error mayores que los del total nacional, pero muestran la persistencia de una estructura territorial claramente diferenciada.
Otro relevamiento permite abrir todavía más ese mapa. Indexa/Broadcast encontró en septiembre una ventaja amplia de Lula en el Nordeste, de Flávio Bolsonaro en Sur y Centro-Oeste, y diferencias mucho menores en Norte y Sudeste. La fotografía regional no predice el resultado, pero muestra que el empate nacional esconde cinco competencias muy diferentes.
La primera frontera en Brasil nació antes de Bolsonaro
La fractura territorial contemporánea comenzó a consolidarse mucho antes de 2018.
El politólogo brasileño, André Vítor Singer, identifica las elecciones de 2006 como un punto de inflexión. Singer observó entonces un realineamiento mediante el cual Lula fortaleció su apoyo entre sectores de menores ingresos mientras perdía adhesión relativa en franjas de clase media. Paralelamente, los estudios de geografía electoral detectaron una expansión del voto lulista hacia municipios más pobres y menos poblados, especialmente en el Norte y Nordeste. Aquí existe una asociación relevante entre la participación del programa Bolsa Família en la renta local y el cambio en la votación municipal.
Ese cambio ayuda a explicar por qué el Nordeste terminó convertido en el gran reservorio electoral del PT. No es simplemente una afinidad regional. Sobre ese territorio se superponen ingresos más bajos, políticas redistributivas, características demográficas y una trayectoria política construida durante dos décadas.

En una elección tan estrecha, las ventajas regionales se compensaron entre sí. El resultado nacional no fue la expresión de un país electoralmente uniforme, sino el saldo de diferencias territoriales muy grandes. Esa lógica vuelve a importar en 2026 porque los principales sondeos publicados en septiembre continúan mostrando una disputa nacional muy cerrada. Quaest, por ejemplo, midió el 21 de septiembre 42% para Flávio Bolsonaro y 41% para Lula en una eventual segunda vuelta, dentro del margen de error. BTG/Nexus registró 46% para Lula y 45% para Flávio.
Cuando el promedio nacional se comprime, el margen obtenido en cada territorio adquiere tanta importancia como el territorio ganado.
Esa lógica obliga a mirar el mapa electoral en términos de volumen y no únicamente de color político. El Sudeste reúne 66,3 millones de electores; el Nordeste, 43,5 millones. Entre ambos concentran casi siete de cada diez votos potenciales del país. Por eso, una variación de pocos puntos en São Paulo, Minas Gerais o Bahia puede traducirse en cientos de miles de votos, mientras una ventaja porcentualmente mayor en estados menos poblados tiene un impacto absoluto diferente.
Nordeste: la gran ventaja territorial de Lula y el desafío de sostenerla
El Nordeste concentra el 27,42% del padrón brasileño y reúne algunos de los mayores distritos electorales del país: Bahia tiene 11,3 millones de electores, Pernambuco 7,2 millones y Ceará casi siete millones. Por escala, no es simplemente un bastión histórico del lulismo; es una región capaz de producir una diferencia nacional de millones de votos. Esa dimensión vuelve central una pregunta para 2026: no solo si Lula seguirá ganando allí, sino por cuánto.
Los sondeos más recientes muestran que la distancia sigue siendo amplia. Datafolha registró entre el 22 y el 23 de septiembre un 55% de intención de voto para Lula frente a 25% para Flávio Bolsonaro en el Nordeste, con un margen regional de cuatro puntos. Una semana antes, Indexa/Broadcast había medido 57% para Lula y 30% para Flávio en un eventual segundo turno. Los institutos utilizan metodologías diferentes y sus porcentajes no son directamente intercambiables, pero ambos coinciden en mostrar al Nordeste como la región donde el presidente conserva su ventaja territorial más amplia.
La magnitud de esa diferencia resulta especialmente relevante en una elección nacional cerrada. En 2022, el Nordeste fue decisivo para compensar las ventajas obtenidas por Jair Bolsonaro en el Sur, Centro-Oeste y Sudeste. La lógica de 2026 vuelve a colocar a la región en ese lugar: cuanto mayor sea la distancia obtenida por Lula allí, mayor será la presión sobre Flávio Bolsonaro para compensarla en territorios donde su candidatura muestra mejores resultados.
La fortaleza del lulismo en el Nordeste tiene raíces sociales y políticas que preceden largamente a la actual campaña. Desde la elección de 2006, la literatura sobre comportamiento electoral brasileño identificó una creciente asociación entre Lula, los segmentos de menor ingreso y municipios del Norte y Nordeste beneficiados por políticas redistributivas. Esa relación no convierte al voto nordestino en una respuesta automática a programas sociales, pero ayuda a explicar por qué el realineamiento electoral del lulismo adquirió allí una profundidad territorial que no se reprodujo de igual manera en otras regiones.

A esa estructura histórica se superpone ahora una transformación religiosa. El Nordeste continúa siendo la región más católica de Brasil: según el Censo 2022, el 63,9% de la población de diez años o más se identifica como católica y el 22,5% como evangélica. Pero la expansión evangélica introduce una variable política que hace dos décadas tenía mucho menos peso. En el conjunto nacional, Datafolha registró en su medición más reciente 45% para Lula frente a 33% para Flávio Bolsonaro entre los católicos, mientras entre los evangélicos la relación se invertía: 47% para Flávio y 27% para Lula.
La región enfrenta así una suerte de dificultad a largo plazo. Lula conserva allí su principal ventaja electoral, pero parte de la composición social sobre la que se construyó esa hegemonía está cambiando. El crecimiento de iglesias evangélicas, las transformaciones urbanas y generacionales y la expansión de nuevas agendas conservadoras no han eliminado la ventaja del PT, pero sí introducen una disputa dentro de un territorio que durante años fue leído como políticamente estable. De cara a octubre, el Nordeste sigue siendo el principal reservorio electoral de Lula; la incógnita es cuán amplia será finalmente esa diferencia y cuánto podrá reducirla Flávio Bolsonaro.
Norte: una región competitiva partida entre dos geografías políticas
El Norte representa apenas algo más del 8% del padrón nacional, con alrededor de 13,1 millones de electores, pero su peso político no puede medirse únicamente por volumen. Fue la región cuyo electorado más creció proporcionalmente desde 2022 y, a diferencia del Nordeste, no presenta una orientación política homogénea. En 2026 vuelve a aparecer como uno de los territorios donde la competencia entre Lula y Flávio Bolsonaro es más estrecha.
Indexa/Broadcast registró en septiembre 44% para Lula y 41% para Flávio Bolsonaro en un eventual segundo turno. La diferencia está muy lejos de las observadas en Nordeste, Sur o Centro-Oeste y muestra una región prácticamente dividida. Datafolha, en su última medición, agrupó Norte y Centro-Oeste y encontró 41% para Flávio frente a 33% para Lula; por tratarse de un agregado regional y de una submuestra con margen de error más amplio, ese dato no permite aislar el comportamiento específico del Norte. El relevamiento de Indexa ofrece, en ese sentido, una fotografía más útil para observar la competencia regional, aunque tampoco debe interpretarse como una proyección del resultado.
Cuando se baja del nivel regional al estadual, la división se vuelve todavía más clara. Sondeos recientes muestran a Lula liderando en Pará, el estado más poblado del Norte, mientras Flávio Bolsonaro obtiene mejores resultados en estados como Acre, Rondônia y Roraima. Esa distribución reproduce parcialmente una fractura ya visible en 2022 y desmonta la idea de un “Norte” políticamente uniforme.
La heterogeneidad tiene raíces económicas, demográficas y religiosas. Pará y Amazonas concentran grandes centros urbanos amazónicos, economías vinculadas a servicios, minería, industria y administración pública; Rondônia, Acre y Roraima presentan otras combinaciones entre expansión agropecuaria, fronteras económicas y ciudades de menor escala. El avance del agronegocio sobre algunos corredores amazónicos convive además con territorios indígenas, economías extractivas y redes urbanas muy diferentes entre sí. Hablar del Norte como un solo espacio electoral oculta precisamente esas fracturas internas.

La religión agrega otra capa. El Norte tiene la mayor proporción de población evangélica entre las cinco regiones brasileñas: 36,8% según el Censo 2022, frente a 50,5% de católicos. Es un dato especialmente relevante porque el electorado evangélico aparece hoy como uno de los segmentos donde Flávio Bolsonaro obtiene sus mayores ventajas nacionales. Sin embargo, esa asociación tampoco es suficiente para explicar toda la región: Pará, donde Lula aparece mejor posicionado, también tiene una fuerte presencia evangélica. La variable religiosa influye, pero interactúa con renta, estructura productiva, urbanización, trayectoria partidaria y políticas públicas.
Por eso, el Norte funciona como un laboratorio particularmente útil para comprender la elección brasileña. Allí las grandes divisiones nacionales aparecen dentro de una misma región: estados amazónicos donde Lula conserva mayor capacidad electoral conviven con otros donde el bolsonarismo tiene una implantación más fuerte. El resultado regional surge de esa tensión.
Así, mientras el Nordeste representa el territorio de mayor ventaja para Lula, el Norte es otra cosa: un espacio de competencia real, internamente fragmentado y atravesado por una de las transformaciones religiosas y económicas más intensas del país. Allí no alcanza con preguntar quién lidera la región. Hay que mirar qué ocurre estado por estado y entender por qué Pará, Amazonas, Rondônia, Acre o Roraima pueden responder de manera distinta frente a una misma elección presidencial.
Sur y Centro-Oeste: dos territorios favorables a Flávio Bolsonaro
El Sur y el Centro-Oeste aparecen hoy como dos de los territorios donde Flávio Bolsonaro muestra mayor fortaleza, pero agruparlos bajo una misma etiqueta conservadora oculta diferencias importantes. El Sur reúne el 14,4% del electorado nacional y tiene en Paraná —con 8,6 millones de votantes— al quinto mayor distrito electoral del país. El Centro-Oeste representa un peso menor, 7,56% del padrón, pero combina cuatro espacios con perfiles propios: Goiás, Mato Grosso, Mato Grosso do Sul y el Distrito Federal.
Los últimos sondeos confirman que en ambas regiones Flávio parte con ventaja. Datafolha registró entre el 22 y el 23 de septiembre 47% para Flávio Bolsonaro y 31% para Lula en el Sur, aunque el margen de error regional es de seis puntos. Indexa/Broadcast, en otro relevamiento de septiembre, había encontrado una diferencia todavía mayor: 56% para Flávio y 31% para Lula en un eventual segundo turno. En el Centro-Oeste, ese mismo estudio ubicó a Flávio con 51% frente a 31% del presidente. Las metodologías y muestras son diferentes y los porcentajes no deben compararse mecánicamente, pero ambos relevamientos muestran una dirección consistente: son dos de los espacios donde el candidato del PL encuentra sus mejores condiciones electorales.
Eso no significa, sin embargo, que la explicación sea idéntica. En el Sur existe una estructura política construida sobre estados altamente urbanizados, cadenas industriales, agricultura familiar, agroindustria y tradiciones partidarias distintas entre Paraná, Santa Catarina y Rio Grande do Sul. El desempeño agregado favorable al bolsonarismo no elimina esas diferencias internas. Rio Grande do Sul, por ejemplo, ha presentado históricamente un escenario más competitivo que Santa Catarina, mientras Paraná combina grandes áreas metropolitanas con regiones interiores estrechamente vinculadas al agro.

El Centro-Oeste presenta otra configuración. Allí, el peso del agronegocio es mucho más estructural, sobre todo en Mato Grosso y Mato Grosso do Sul, donde el crecimiento de la frontera agrícola transformó población, renta, infraestructura y representación política durante las últimas décadas. Goiás suma una extensa red de ciudades medias y una economía más diversificada, mientras el Distrito Federal introduce un electorado urbano asociado a administración pública, servicios y altos niveles relativos de ingreso.
Esa composición ayuda a entender por qué renta, actividad económica y preferencias políticas tienden a superponerse parcialmente. Datafolha muestra actualmente que Flávio Bolsonaro mejora su desempeño a medida que aumenta el ingreso familiar: en el último relevamiento nacional, Lula conserva una ventaja entre hogares de hasta dos salarios mínimos, mientras Flávio pasa al frente en las franjas superiores. No se trata de afirmar que el agronegocio o una determinada renta “produzcan” automáticamente un voto, sino de observar que varios de los segmentos donde Flávio registra mejores números tienen una presencia significativa en partes del Sur y, especialmente, del Centro-Oeste.
La religión refuerza esa estructura. El Centro-Oeste tiene una de las mayores proporciones de población evangélica del país, y el electorado evangélico constituye hoy uno de los segmentos más favorables a Flávio Bolsonaro. Datafolha registra una ventaja clara del candidato del PL entre evangélicos, mientras Lula conserva mejores resultados entre católicos. Esa brecha no explica por sí sola el comportamiento regional, pero añade otra capa a territorios donde renta, estructura productiva y conservadurismo religioso tienden a coincidir con mayor frecuencia que en otras partes del país.
Por eso, el desafío para Lula en estas regiones no consiste necesariamente en revertir completamente la correlación de fuerzas. En una elección nacional estrecha, también importa reducir la diferencia. Si Flávio logra repetir ventajas amplias en el Sur y Centro-Oeste, puede compensar parte de la distancia que Lula construye en el Nordeste. Si el presidente consigue estrechar esos márgenes, obliga a su rival a buscar más votos en el Sudeste. La relevancia de ambas regiones está, entonces, menos en decidir solas la elección que en el volumen de ventaja que cada candidatura logra extraer de ellas.
Sudeste: el territorio donde unos pocos puntos pueden convertirse en millones de votos
El Sudeste concentra el núcleo más pesado de la elección brasileña. Allí viven 66,3 millones de electores, el 41,78% del padrón nacional. São Paulo aporta más de 34 millones; Minas Gerais, 16,38 millones; Rio de Janeiro, 12,86 millones; y Espírito Santo completa una región que por sí sola reúne más votantes que cualquier otra combinación territorial del país.
A diferencia del Nordeste, el Sur o el Centro-Oeste, el Sudeste no presenta hoy una ventaja regional amplia para ninguna de las dos principales candidaturas. El último Datafolha ubica a Flávio Bolsonaro con 37% y a Lula con 35%, un empate técnico dentro del margen de tres puntos. Esa cercanía es políticamente significativa porque una variación mínima en una región de semejante tamaño puede traducirse en cientos de miles o incluso millones de votos.
El Sudeste tampoco es un único mercado electoral. En septiembre, Datafolha encontró a Flávio con 47% frente a 42% de Lula en São Paulo en un eventual segundo turno; en Rio de Janeiro la diferencia era mayor, 49% contra 41%. Minas Gerais, en cambio, aparecía virtualmente partido en dos: Lula 46%, Flávio 45%, dentro del empate técnico.
Esos tres estados plantean problemas electorales distintos. Rio de Janeiro ofrece a Flávio un terreno particularmente favorable por su propia trayectoria política, su base estadual y el peso histórico del bolsonarismo. Minas Gerais presenta el escenario inverso: no porque sea favorable a Lula, sino porque vuelve a funcionar como uno de los grandes espacios competitivos del país. São Paulo queda entre ambos: Flávio aparece por delante a escala estadual, pero el volumen y la diversidad interna del estado impiden leer ese resultado como un bloque uniforme.

São Paulo merece una atención especial porque uno de cada cinco electores brasileños vota allí. En un escenario nacional estrecho, no hace falta que un candidato gane el estado por una diferencia enorme para producir un efecto decisivo: unos pocos puntos representan una masa de votos que sería difícil compensar en distritos pequeños. Por eso, el interrogante paulista no se reduce a quién termina primero, sino a qué margen logra construir.
La división metropolitana-interior agrega complejidad. El último Datafolha nacional muestra que Lula obtiene 42% frente a 33% de Flávio en capitales y demás municipios de regiones metropolitanas, mientras en el interior ambos aparecen con 38%. Es un dato nacional y no exclusivamente paulista, pero ayuda a interpretar una fractura que São Paulo ha exhibido durante varias elecciones: Lula suele encontrar condiciones relativamente mejores en la capital y la Grande São Paulo, mientras el bolsonarismo obtiene un rendimiento superior en amplias zonas interiores.
Esa diferencia no debe confundirse con una oposición simple entre ciudad y campo. El interior paulista está compuesto por algunas de las ciudades medias más ricas y urbanizadas del país, corredores industriales, polos universitarios y regiones vinculadas al agronegocio. Lo que cambia no es solamente el grado de urbanización, sino la combinación de ingreso, ocupación, estructura económica, religión y trayectoria política de cada territorio.
Minas Gerais, por su parte, muestra con mayor nitidez cómo esas variables pueden producir equilibrio. El estado combina Belo Horizonte y su región metropolitana, polos industriales, zonas agrícolas, municipios pequeños y un norte con características socioeconómicas más próximas al Nordeste. Esa diversidad ayuda a explicar por qué el resultado presidencial mineiro ha acompañado históricamente al nacional y por qué, en septiembre de 2026, Lula y Flávio vuelven a aparecer prácticamente empatados.
El peso del Sudeste reside precisamente en esa combinación de escala y fragmentación. Lula no necesita transformar São Paulo o Rio de Janeiro en bastiones propios para mejorar sustancialmente su desempeño nacional: reducir allí la distancia puede valer tanto como ampliar su ventaja en regiones favorables. Para Flávio Bolsonaro ocurre lo contrario: una ventaja sólida en São Paulo y Rio puede compensar una derrota amplia en el Nordeste, pero una elección demasiado equilibrada en Minas y un avance de Lula en las grandes áreas metropolitanas reducirían ese colchón.
Por eso, si el Nordeste es la región donde Lula necesita acumular votos y el Sur y Centro-Oeste son territorios donde Flávio busca construir ventaja, el Sudeste es el lugar donde ambos necesitan administrar los márgenes. Allí no hay un único comportamiento electoral que explicar. Hay 66 millones de electores distribuidos entre tres de los cuatro mayores distritos del país y, con ellos, suficiente volumen como para que una diferencia aparentemente pequeña altere el resultado nacional.
Minas Gerais: cuando las fronteras de Brasil caben dentro de un estado
Si São Paulo importa por volumen, Minas Gerais resulta especialmente interesante por composición.
Es el segundo mayor distrito electoral del país, con 16,38 millones de electores. Desde 1989 hasta 2022, todos los presidentes electos también ganaron Minas Gerais. Esa coincidencia histórica no transforma al estado en un predictor del futuro, pero su heterogeneidad ayuda a explicar por qué sus resultados nacionales y estaduales han coincidido tantas veces.
Minas contiene polos industriales, agronegocio, grandes centros urbanos, municipios pequeños y una extensa franja norte con características socioeconómicas próximas al Nordeste. De sus 853 municipios, 249 forman parte del área de actuación de la Sudene; esas zonas del norte, Jequitinhonha y Vale do Mucuri han mostrado desde 2006 patrones electorales semejantes a los nordestinos.

Es, literalmente, un territorio donde dos geografías electorales brasileñas se encuentran. Por eso la importancia de Minas no depende únicamente de sus 16 millones de votantes. Radica también en que dentro de sus fronteras aparecen muchas de las variables que atraviesan la elección nacional.
La fotografía de 2026 vuelve a colocar a Minas en esa posición de equilibrio. Datafolha registró en septiembre un escenario de segunda vuelta prácticamente empatado en el estado: 46% para Lula y 45% para Flávio Bolsonaro. La diferencia se encontraba dentro del margen de error, pero el desglose social mostraba que el empate general contenía electorados muy diferentes. Lula obtenía mejores resultados entre mayores de 60 años, electores con menor escolaridad, hogares de hasta dos salarios mínimos y católicos; Flávio Bolsonaro mejoraba entre quienes tenían educación superior, hogares de renta más elevada y evangélicos.
El mapa invisible: renta, educación, religión y género
Debajo del mapa de estados y regiones aparece una segunda geografía que no tiene fronteras administrativas. En ella, las diferencias de ingreso, educación y religión producen separaciones electorales tan pronunciadas como algunas divisiones territoriales.
La renta ofrece uno de los contrastes más claros. En septiembre, Datafolha encontraba a Lula con 47% entre quienes vivían en hogares de hasta dos salarios mínimos, frente a 27% de Flávio Bolsonaro. Entre quienes recibían de dos a cinco salarios, la relación se invertía: 42% para Flávio y 31% para Lula. En los hogares de más de cinco salarios mínimos, Flávio alcanzaba 47% y Lula 27%.
La escolaridad acompaña parcialmente esa estructura. Lula registraba 52% entre electores con educación fundamental, frente a 24% de Flávio. Entre quienes tenían educación media, Flávio alcanzaba 40% contra 35%; y entre quienes habían llegado al nivel superior, 37% frente a 30%. Educación e ingreso no son variables equivalentes, pero ambas muestran que la competencia política brasileña conserva una fuerte dimensión socioeconómica.
Hay además una continuidad que conecta directamente la elección actual con el proceso político iniciado hace dos décadas. Entre quienes reciben Bolsa Família o viven con un beneficiario, Datafolha registraba 53% para Lula y 28% para Flávio. Entre quienes no tenían relación con el programa, la diferencia prácticamente desaparecía: 36% para Lula y 37% para Flávio.
En cuanto a la religión, se introduce una división todavía más profunda. Datafolha registraba 46% para Lula frente a 29% de Flávio Bolsonaro entre católicos. Entre los evangélicos, el sentido se invertía casi simétricamente: 50% para Flávio y 22% para Lula. La distancia convierte a la pertenencia religiosa en uno de los clivajes más visibles de la elección de 2026.

Pero esa frontera religiosa también tiene geografía. Según el Censo 2022, el Nordeste continúa siendo la región más católica del país, mientras el Norte concentra la mayor proporción evangélica. El crecimiento de las iglesias evangélicas, especialmente pentecostales, introduce así una transformación demográfica en territorios donde durante décadas predominaron estructuras religiosas diferentes. Religión y territorio dejan de ser variables independientes: se superponen y pueden modificar gradualmente el equilibrio electoral de determinadas regiones.
Mientras que La composición del padrón añade otro cambio menos visible. Entre 2022 y 2026, los electores de 60 años o más pasaron de 32,9 millones a 37,5 millones y ahora representan 23,6% del total. Al mismo tiempo, el peso relativo del segmento de 21 a 34 años cayó del 28,01% al 25,85%. Brasil no solo llega a esta elección con una geografía política distinta: también lo hace con un electorado más envejecido.
Ese cambio no permite asociar automáticamente edad con una candidatura, pero sí modifica el peso relativo de los grupos que participan de la elección. Datafolha registraba en septiembre una ventaja de Lula entre los mayores de 60 años, otro ejemplo de cómo una transformación demográfica puede adquirir relevancia política cuando la competencia nacional es estrecha.
Las mujeres constituyen además el 52,84% del padrón, cerca de 84 millones de electoras. Su mayoría numérica no constituye en sí misma una orientación política, pero hace que cualquier diferencia persistente por género tenga impacto sobre el resultado agregado.
Cinco regiones, varios Brasil
En una elección competitiva, esas diferencias pueden compensarse unas con otras. La ventaja que una candidatura construye en el Nordeste puede encontrar respuesta en el Sur o el Centro-Oeste; una diferencia relativamente pequeña en São Paulo puede representar cientos de miles de votos; y un estado como Minas Gerais puede volver a quedar dividido casi exactamente por la mitad.
Pero el resultado tampoco puede reducirse a una suma de regiones. Dentro de ellas se superponen otros límites: renta, religión, escolaridad, edad y tipo de urbanización. Un elector evangélico del Nordeste, un productor rural del Centro-Oeste y un trabajador de la periferia paulista pertenecen simultáneamente a varias de esas categorías. Esa intersección es la que vuelve al mapa electoral brasileño mucho más complejo que una simple división entre izquierda y derecha.
La pregunta “¿dónde se define Brasil?” tiene entonces una respuesta menos geográfica de lo que parece. Se define en los grandes bastiones, pero también en la capacidad de cada candidatura para penetrar en los territorios sociales del adversario y reducir allí sus pérdidas
Brasil vota en un único día y elige un único presidente, pero lo hace desde territorios sociales, económicos, religiosos y demográficos profundamente diferentes.
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