El avance vertiginoso de la inteligencia artificial ha desencadenado una carrera global por el control de la infraestructura física que sostiene los algoritmos: los mega centros de datos. En este escenario, las regiones periféricas han dejado de ser meros puntos en el mapa para convertirse en activos estratégicos capaces de ofrecer los recursos críticos que los centros tecnológicos tradicionales ya no pueden garantizar. Esta competencia sitúa a la Patagonia argentina y a Australia en polos opuestos de una misma disputa por atraer inversiones multimillonarias de gigantes como OpenAI, Amazon y Microsoft.

Argentina ha entrado en la contienda con el proyecto denominado “Stargate Argentina”, una iniciativa que busca aprovechar el potencial único del país en energías renovables para alimentar infraestructuras de IA a escala global. Sin embargo, es imperativo mantener el rigor respecto al estado actual de esta alianza: OpenAI y la empresa Sur Energy han firmado una Carta de Intención (LOI) únicamente para explorar el desarrollo de un centro de datos a gran escala.
No se trata de una obra definitivamente adjudicada ni de un proyecto cuya construcción se haya iniciado, sino de una fase exploratoria de viabilidad técnica y energética. Para respaldar estas posibles inversiones, el gobierno argentino ha impulsado marcos legales como el “Súper RIGI”, que propone beneficios fiscales significativos y estabilidad regulatoria por 30 años para proyectos tecnológicos que superen los 1.000 millones de dólares.
Como contrapunto a la propuesta argentina, Australia representa el auge de la inversión ya consolidada, pero enfrentada a límites concretos en el consumo de recursos naturales. En ciudades como Sídney, las autoridades han aprobado múltiples proyectos de centros de datos sin exigir planes medibles de reducción del consumo de agua, lo que ha generado una creciente preocupación social. Se estima que para el año 2035 estas instalaciones podrían acaparar hasta una cuarta parte del suministro de agua de la ciudad, obligando a los residentes a competir por el recurso en periodos de sequía.

A diferencia del modelo proyectado en la Patagonia, donde el clima frío natural podría facilitar el enfriamiento de los servidores sin depender exclusivamente del agua, Australia se ve obligada a preparar límites más estrictos para asegurar que su crecimiento tecnológico no comprometa la sostenibilidad urbana.
La ubicación geográfica y la infraestructura invisible de los cables submarinos de fibra óptica son factores que también definen la competitividad de estas regiones. Dado que más del 99% del tráfico intercontinental circula por estas redes, la capacidad de una región para ofrecer latencia ultrabaja y conectividad dedicada es determinante para la rentabilidad de cualquier modelo de IA.

Mientras que la Patagonia ofrece el gancho de una refrigeración más eficiente por su clima y el acceso a suelo disponible, Australia ya forma parte de una densa malla de cables que enlazan Oceanía con Asia y América. No obstante, la saturación de las redes eléctricas en los centros tradicionales está desplazando la mirada hacia estos nuevos destinos donde la soberanía de los datos y la velocidad regulatoria para aprobar infraestructuras serán más decisivas que la proximidad física a los usuarios finales.
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