Hace algunos años, tras la invasión de Rusia a Ucrania, las fuerzas aliadas de la OTAN comenzaron a ensayar escenarios en los que aún se asumían como de superioridad tecnológica y logística indiscutible. Sin embargo, en paralelo, se veía a soldados ucranianos improvisar con drones comerciales y actualizaciones de software escritas un par de horas antes, lo que dejaba en evidencia que el futuro campo de batalla sería muy diferente respecto a lo que la OTAN pensaba.

La realidad es que, durante décadas, tras el fin de la Guerra Fría, Europa trató la guerra convencional a gran escala como un vestigio del pasado. El gasto en defensa disminuyó, las industrias militares se contrajeron y el enfoque de la OTAN se desplazó hacia la gestión de crisis y las operaciones expedicionarias.
Pero la notable resistencia de Ucrania ha obligado a la OTAN a enfrentarse a una nueva realidad: Cada etapa de la guerra ha desafiado suposiciones largamente arraigadas, desde la defensa de Kiev y la importancia de la resiliencia social, hasta el auge de la guerra con drones, la guerra electrónica y el papel decisivo de la capacidad industrial de defensa.
Por ello, mejor tarde que nunca: la OTAN no solo ya está tomando nota, sino que está actuando al respecto: el secretario general Mark Rutte ha cambiado deliberadamente la conversación del solo gasto en defensa hacia la producción, la innovación, la resiliencia y la implementación. La decisión refleja una comprensión fundamental de que la disuasión en el siglo XXI depende no solo de cuánto gasten las democracias, sino también de la rapidez con la que pueden producir, innovar, adaptarse y mantener su capacidad militar.
Además, la relación transatlántica también está evolucionando: Estados Unidos sigue siendo indispensable para la seguridad europea, pero cada vez espera más que Europa asuma una mayor responsabilidad dentro del marco de la OTAN. Esto no debe interpretarse como un desinterés estadounidense, sino que refleja el reconocimiento de que una Europa más fuerte es esencial para una OTAN más fuerte.
Por último, a medida que ha crecido la confianza en Ucrania, la aprobación bipartidista de la Ley de Apoyo a Kiev en Estados Unidos refleja una creciente comprensión en el país norteamericano de que apoyar a Ucrania no consiste únicamente en ayudar a un país a resistir la agresión; sino es una inversión en la seguridad futura de la comunidad euroatlántica. Ucrania, en pocas palabras, es un estado tapón fundamental para contener el avance de Moscú.
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