Por: Carolina Gaviria Salazar
Una investigación reciente del SRC realizada con expertos de distintos países de la región ofrece una respuesta reveladora. Entre los referentes históricos más importantes para comprender la identidad latinoamericana aparecen las Islas Malvinas, la Conquista y el Canal de Panamá. A primera vista, la selección parece extraña: un conflicto territorial del siglo XX, un proceso iniciado hace más de quinientos años y una obra de infraestructura convertida en símbolo geopolítico. Sin embargo, observados en conjunto, estos tres elementos cuentan una historia común: No hablan únicamente del pasado, hablan de poder.

La memoria colectiva nunca es una simple acumulación de recuerdos. Como planteó el historiador Pierre Nora, las sociedades conservan ciertos acontecimientos porque estos se convierten en “lugares de memoria”: espacios físicos o simbólicos donde una comunidad deposita preguntas fundamentales sobre sí misma. Lo que una sociedad recuerda dice tanto sobre su presente como sobre su historia.
Y en el caso latinoamericano, los resultados sugieren que seguimos organizando buena parte de nuestra identidad alrededor de tres grandes preocupaciones: la soberanía, la experiencia colonial y la relación con actores externos.
Los casos de análisis
No es casualidad que las Islas Malvinas continúen ocupando un lugar central en el imaginario regional. Más allá de la disputa territorial entre Argentina y el Reino Unido, el archipiélago se ha convertido en un símbolo más amplio: la idea de una soberanía incompleta y de una región que aún debate los límites de su autonomía frente a potencias externas.
La persistencia de Malvinas en la memoria latinoamericana demuestra que ciertos conflictos sobreviven porque representan algo más grande que el territorio que disputan. Algo similar ocurre con el Canal de Panamá. Aunque suele analizarse desde la economía o el comercio internacional, para muchos latinoamericanos su significado excede la ingeniería y la logística.
El canal concentra debates históricos sobre control estratégico, influencia extranjera y capacidad de decisión sobre recursos considerados fundamentales para la región. Incluso hoy, cuando las tensiones entre Estados Unidos y China reconfiguran el tablero geopolítico global, Panamá sigue apareciendo como un espacio donde se cruzan intereses internacionales y aspiraciones de soberanía regional.

La presencia de la Conquista entre los principales referentes históricos resulta igualmente significativa. Más de cinco siglos después, el proceso colonizador continúa funcionando como una clave interpretativa para comprender desigualdades, estructuras de poder y tensiones culturales contemporáneas. No se trata únicamente de recordar un hecho histórico. Se trata de reconocer que muchas de las preguntas que siguen atravesando a América Latina —quién tiene acceso al poder, quién define las narrativas nacionales, qué culturas son visibles y cuáles permanecen marginadas— encuentran parte de sus respuestas en aquel proceso fundacional.
En este punto resulta inevitable recordar las reflexiones de Aníbal Quijano sobre la “colonialidad del poder”. Para el sociólogo peruano, la independencia política no eliminó necesariamente las jerarquías construidas durante la colonia. Muchas de ellas permanecieron transformadas en estructuras económicas, sociales y culturales que continúan moldeando la región. Quizás por eso la Conquista sigue apareciendo en el centro de las discusiones sobre identidad latinoamericana: porque sus consecuencias no pertenecen exclusivamente al pasado.
La investigación también revela otro aspecto interesante. Cuando los expertos fueron consultados sobre la preservación de la memoria de los pueblos originarios, el principal referente fue el Tahuantinsuyo o Imperio Inca. El dato sugiere que las memorias indígenas están ocupando un lugar cada vez más visible dentro de las narrativas regionales.

Frente a visiones históricas centradas exclusivamente en la experiencia colonial o republicana, emerge una reivindicación de historias anteriores a la llegada europea y de formas alternativas de comprender el territorio, la comunidad y el poder.
Todo esto ocurre en un contexto donde América Latina enfrenta desafíos que, en teoría, deberían desplazar la mirada hacia el futuro: inteligencia artificial, transición energética, crisis climática, reconfiguración geopolítica y transformación del trabajo. Sin embargo, los resultados muestran que la región sigue buscando respuestas en símbolos históricos vinculados a la soberanía, la dependencia y la identidad cultural.
Lejos de ser una señal de inmovilidad, esto puede interpretarse como una evidencia de que la memoria cumple una función política fundamental. Como ha señalado la socióloga Elizabeth Jelin, las sociedades no recuerdan para conservar el pasado intacto; recuerdan para interpretar el presente y proyectar el futuro.
Quizás esa sea la principal enseñanza de esta investigación. Las heridas que persisten en la memoria latinoamericana no sobreviven por nostalgia. Permanecen porque siguen ofreciendo claves para comprender debates que aún no hemos terminado de resolver. La memoria, después de todo, no es un archivo. Es una forma de mirar el mundo.
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