Después del 14 de junio, la guerra puede contarse desde Puerto Argentino, desde los partes militares, desde las alturas que rodean la capital de las Islas Malvinas o desde el momento en que cesaron los combates. Pero la memoria argentina vuelve, una y otra vez, a Darwin. Allí, entre cruces blancas, viento y silencio, descansan combatientes argentinos caídos durante la guerra de 1982. Y allí también, a 44 años del conflicto, una misa permitió cerrar el recorrido de Escenario Mundial desde otro lugar: no desde el mapa de la batalla, sino desde la oración, el homenaje y la memoria.

El Cementerio Argentino de Darwin no es un punto más dentro de las islas. Está a 88 kilómetros de Puerto Argentino y fue reconocido como Lugar Histórico Nacional. Allí se levantó el Monumento a los Caídos en Malvinas e Islas del Atlántico Sur, en el lugar donde descansan restos de combatientes argentinos. Para quienes llegan desde el continente, el ingreso al cementerio suele imponer un cambio de tono: el viaje deja de ser recorrido y pasa a ser encuentro.
Durante la cobertura en las Islas Malvinas, Escenario Mundial recorrió los espacios donde la guerra se desplegó sobre el terreno: San Carlos, Darwin y Pradera del Ganso, Puerto Argentino, Monte Kent, Longdon, Harriet, Dos Hermanas, Wireless Ridge, Tumbledown y Sapper Hill. Pero en Darwin el registro cambia. Allí no se mira solamente dónde ocurrió la guerra, sino a quiénes dejó. Las alturas, las posiciones y los caminos llevan finalmente a un lugar donde cada cruz recuerda que la historia tiene nombres, familias y ausencias.

La misa fue celebrada por el padre Rubén Larzábal, sacerdote desde hace casi 23 años y actualmente párroco en Sierra Grande, Río Negro. Antes había cumplido misiones en Italia, Ecuador y San Rafael. Para él, viajar hacia las Islas Malvinas no era una idea reciente. “Era un sueño que tenía desde seminarista”, contó. Ese sueño tenía un punto muy concreto: celebrar una misa en el Cementerio Argentino de Darwin.
Lo que encontró en las islas, según su propio testimonio, superó ampliamente sus expectativas.

“Lo que se siente estar acá, con la casi presencia de los soldados”, explicó, fue una de las primeras impresiones que le dejó el viaje. Para él, esa presencia no apareció de manera abstracta. La sintió al ver restos de objetos usados durante la guerra, al caminar los lugares donde estuvieron los soldados y, sobre todo, al llegar al cementerio. Allí lo conmovieron especialmente las tumbas con la inscripción “Soldado argentino solo conocido por Dios”.

Darwin tiene esa fuerza. El silencio, el viento y la repetición de las cruces construyen una escena difícil de narrar sin bajar la voz. En ese lugar, la misa no fue solo un rito religioso. Fue también una forma de nombrar, de acompañar y de sostener la memoria de quienes no volvieron. Para el padre Rubén, celebrar allí significó unir su vocación sacerdotal con una dimensión profunda de la causa Malvinas.
Su lectura parte de la fe que muchos combatientes sostuvieron durante la guerra. En la entrevista recordó el testimonio de Hilario Rodríguez, veterano del crucero ARA General Belgrano, quien al hablar de la balsa después del hundimiento había dicho que, cuando ya no quedaba nada, “era solo Dios”. Esa frase quedó resonando en el padre Rubén. Para él, situaciones extremas como la guerra permiten hablar de una espiritualidad propia de Malvinas: una fe atravesada por el miedo, el frío, la intemperie, la espera y la posibilidad concreta de morir.
“Podemos tranquilamente hablar de una espiritualidad de Malvinas”, afirmó. No como una fórmula vacía, sino como una forma de entender cómo muchos soldados atravesaron una situación límite. En la guerra, dijo, hubo momentos en los que no quedaba mucho más que confiar, esperar y sostenerse en la fe. Esa lectura no borra el sufrimiento ni simplifica lo vivido; intenta mostrar una dimensión íntima que acompañó a muchos combatientes.

La misa en Darwin tuvo además una resonancia histórica particular. Durante el viaje, el grupo había visto imágenes de una misa celebrada el 25 de mayo de 1982 en el mismo lugar. Volver a celebrar allí, 44 años después, produjo en el sacerdote una sensación difícil de separar del tiempo. “En Dios no hay tiempo”, dijo. Por eso sintió que, de algún modo, aquella celebración actual se unía con la memoria de los soldados que habían estado allí durante la guerra.
El padre Rubén habló de una experiencia que superó lo que había imaginado. Quería celebrar una misa en Darwin, pero la celebración sumó otros elementos: la presencia de veteranos, de amigos, de peregrinos y la posibilidad de transmitirla por YouTube. Para él, ese conjunto hizo que el momento fuera “increíble”. No era solamente cumplir un deseo personal. Era poder rezar en el cementerio, junto a otros argentinos, por los caídos, por los veteranos y por quienes todavía llevan Malvinas en la memoria.

El lugar también le permitió dimensionar la guerra desde el cuerpo. En la entrevista, el padre Rubén contó que estar en las islas permite comprender mejor lo que muchas veces se dice desde lejos. Mencionó el clima, la humedad, el frío, la ropa insuficiente y la imagen de una suela de zapatilla Flecha en el terreno. Esa escena le sirvió para pensar en soldados que permanecieron 50, 55 o 60 días en condiciones muy difíciles, mojados, expuestos y sin la posibilidad de volver a un lugar cómodo al terminar la jornada.
“Nosotros visitábamos un rato, veníamos, comíamos tranquilos, jugábamos al truco, nos podíamos bañar. Era muy fácil lo nuestro. Ellos no tenían esa posibilidad”, reflexionó. El recorrido actual permite acercarse, pero no igualar la experiencia. Permite ver, tocar el terreno, sentir el clima y comprender un poco mejor; no reemplaza lo que vivieron quienes estuvieron allí durante la guerra.
Ante la pregunta sobre cómo le gustaría que se recuerde la guerra de Malvinas, el padre Rubén fue directo. Dijo que le gustaría que se diga la verdad, que se conozca lo que ocurrió y que se deje de lado lo que muchas veces distorsiona la memoria de la guerra. Para él, es necesario recordar a los combatientes caídos y a quienes volvieron como lo que son: héroes de la patria. También habló de quienes dieron la vida por la patria y, desde su mirada religiosa, también por Dios.

El padre Rubén pidió “malvinizar”, o más bien lograr por fin una verdadera conciencia sobre lo que significó Malvinas.
La misa en Darwin condensó todo eso. Fue un momento de oración, pero también de memoria nacional. En un mismo lugar estaban las cruces, los nombres, las tumbas aún marcadas por la inscripción “solo conocido por Dios”, los veteranos que volvieron, los peregrinos que viajaron hacia las islas y quienes siguieron la celebración a la distancia. En Darwin, la memoria no aparece como una idea general: aparece ordenada en filas, nombres, fechas y silencios.

El padre Rubén cerró su testimonio con una palabra que se repitió varias veces: agradecimiento.
Cuando se le pidió un mensaje final, eligió una frase simple: “Recen por Malvinas”. También pidió que se rece para que pueda conocerse la verdad y que quienes puedan viajar hacia las islas lo hagan, porque vale la pena. No lo dijo como una invitación turística, sino como una invitación a comprender. Malvinas se entiende de otra manera cuando se camina su terreno, cuando se escucha a los veteranos y cuando se llega a Darwin.
La cobertura de Malvinas a 44 años no podía cerrar solo con el final de la guerra. Tenía que pasar también por Darwin. Porque allí la historia deja de medirse en avances, repliegues o posiciones, y se vuelve memoria concreta de quienes dieron su vida. En ese cementerio, la Argentina no solo recuerda una guerra: honra a sus caídos, acompaña a sus veteranos y sostiene una causa que sigue abierta.
Desde Escenario Mundial, Darwin queda como cierre humano de este recorrido por las Islas Malvinas. Después de los caminos, los montes, las posiciones y Puerto Argentino, el cementerio devuelve la pregunta esencial: cómo recordar a quienes estuvieron allí, cómo transmitir esa memoria y cómo sostener, con respeto y firmeza, el vínculo argentino con las islas.
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