En las horas más críticas de la escalada entre Estados Unidos e Irán, cuando el plazo fijado por la Casa Blanca amenazaba con derivar en un ataque sin precedentes, un actor inesperado volvió al centro de la escena. Pakistán y su intervención han permitido abrir una ventana de nogiciación y evitar, al menos temporalmente, una escalada mayor.

Sin embargo, detrás de esa mediación no hay un gesto altruista, sino una jugada estratégica con implicancias de largo plazo. La pregunta clave entonces no es solo cómo Pakistán logró mediar, sino qué obtiene a cambio.
Una mediación en el momento límite
Con el estrecho de Ormuz paralizado, tensiones militares en aumento y advertencias directas desde Washington, el margen para evitar una escalada era mínimo. En ese contexto, el primer ministro paquistaní Shehbaz Sharif, intervino directamente como canal de comunicación entre las partes. Su propuesta consistió en un alto al fuego temporal que permitiera descomprimir la situación y abrir una instancia de negociación. Esta iniciativa ofreció a Estados Unidos una salida diplomática sin pérdida de prestigio, y a Irán una pausa sin concesiones inmediatas.
Cabe recordar que la capacidad de Pakistán para asumir este rol no es casual. Más bien, responde a una combinación de factores geopolíticos acumulados durante décadas.

Por un lado, mantiene una relación funcional con Irán, pese a tensiones recurrentes. Ambos países comparten una extensa frontera en la región del Baluchistán y sostienen vínculos económicos informales clave, especialmente en materia energética. Para Pakistán, el acceso a combustible iraní representa un componente crítico de su economía; para Irán, una vía de escape frente a las sanciones internacionales.
Por otro lado, Islamabad conserva canales abiertos con Washington, construidos desde su rol como socio estratégico en la “guerra contra el terrorismo”. Durante los años noventa, enfrentó sanciones internacionales por su programa nuclear y quedó prácticamente aislado. Sin embargo, tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, se convirtió rápidamente en un socio central de Washington en Afganistán.

Ese giro le permitió recibir miles de millones de dólares en asistencia y recuperar relevancia internacional. Pero la relación fue fluctuante ya que en 2018, la administración Trump suspendió la ayuda, acusando a Pakistán de falta de cooperación.
Ahora, en un contexto donde otros mediadores tradicionales —como Omán, Qatar o Suiza— perdieron capacidad de interlocución o neutralidad, Pakistán emergió como una de las pocas opciones viables.
Un antecedente reciente
El rol de Pakistán como interlocutor en momentos de crisis ya había aparecido el año pasado, durante la escalada con India en la región de Cachemira. En ese episodio, Islamabad aseguró haber mantenido contactos directos con el entorno de Donald Trump para evitar una escalada mayor. La versión paquistaní buscaba instalar la idea de acceso directo a la Casa Blanca y de capacidad de influencia en situaciones críticas.
India, sin embargo, rechazó esa narrativa y negó cualquier tipo de mediación externa, en línea con su histórica negativa a internacionalizar el conflicto.

Qué gana Islamabad
Lejos de tratarse de una mediación desinteresada, Pakistán busca capitalizar su rol en términos políticos y estratégicos. El principal objetivo no sería financiero, sino diplomático consiguiendo ampliar su margen de maniobra internacional. En particular, Pakistán parece apuntar a obtener mayor tolerancia por parte de Estados Unidos en tres frentes claves que son su relación con China, sus vínculos económicos y energéticos con Irán y su posicionamiento frente a la India.
En términos prácticos, esto implica negociar menor presión internacional y mayor flexibilidad para definir su política exterior. En esa lógica, Pakistán no actúa tanto como un aliado tradicional, sino como un actor que ofrece capacidades concretas en momentos críticos y espera una contraprestación.

La mediación paquistaní no resuelve las tensiones estructurales entre Irán y Estados Unidos, pero sí introduce un factor de contención en el corto plazo. El interrogante ahora es si Islamabad logrará traducir este rol en beneficios concretos y sostenibles, o si su influencia quedará limitada a intervenciones puntuales en momentos de crisis.
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