El ida y vuelta de Reino Unido a los pedidos de colaboración de Estados Unidos en la guerra con Irán expone la debilidad de la Armada británica, con un gobierno de Londres que oscila entre el no querer y el no poder prestar asistencia en Medio Oriente debido a su escasez de recursos.

La disminución de las fuerzas navales británicas queda claro solo en su número. Por poner una referencia cercana en el tiempo, la Fuerza de Tareas británica desplegó dos portaaviones, ocho destructores y 16 fragatas. En la actualidad, la Real Armada británica (Royal Navy) cuenta con la misma cantidad de portaaviones, pero seis destructores y 11 fragatas, una reducción significativa atribuida a años de recortes presupuestarios y desinversión. En términos de personal, la disminución de capacidades también es notoria: mientras que en 1982 la Royal Navy superaba los 60.000 efectivos, hoy cuenta con alrededor de 17.100 marinos.
La respuesta de Reino Unido a la guerra en Irán expone la debilidad de la Armada británica
Ya comenzada la campaña de guerra en Irán, el presidente Trump habría solicitado al gobierno de Reino Unido que dispusiera algunos de los recursos en el teatro de operaciones. Puntualmente, el republicano solicitó la asistencia internacional para asegurar el paso de buques comerciales a través del estrecho de Ormuz, que la teocracia islámica bloquea para poner en jaque el comercio mundial de combustible y tener una baza en la negociación.
Desde el principio, el gobierno laborista de Keir Starmer mostró su negativa a participar directamente de un conflicto en el cual no habían sido consultados de antemano. Sin embargo, la denominada “relación especial” entre los dos países hizo que se ensayaran una serie de políticas de involucramiento indirecto, como la autorización del uso de bases conjuntas para contrarrestar amenazas de misiles iraníes y el despliegue del destructor HMS Dragon para custodiar los activos británicos en Chipre.

El mismo despliegue del HMS Dragon mostró las limitaciones navales británicas. A pesar de que el viaje al Mediterráneo oriental desde su base toma cerca de cinco días, el buque terminó demorando 13 días en llegar, luego de ser sometido a reparaciones en el Reino Unido y también el estrecho de Gibraltar. Otro de los activos que podrían desplegarse en Medio Oriente, el cazaminas HMS Middleton, debió ser remolcado en enero desde su base en Bahréin a las islas británicas debido a que “ya no está calificada para navegar”.
Pero el capítulo más espinoso fue el posible despliegue del HMS Prince of Wales, el único portaaviones actualmente operativo de la Royal Navy, en el Medio Oriente. Aunque el Ministerio de Defensa británico había puesto al buque en un estado de preparación reforzada, Downing Street dejó claro que no existía una decisión de despliegue, en un giro que llegó después de las burlas públicas de Donald Trump sobre una supuesta intención británica de sumarse a una guerra “ya ganada”. Días después, el 26 de marzo, el republicano calificó a los portaviones británicos como “juguetes”.

Indirectamente, el Reino Unido dio pie a estas aseveraciones al desligarse de su compromiso en las aguas de la OTAN este mes, debido a su escasez de recursos navales. En lo que fue calificado como una “vergüenza nacional”, Londres solicitó al gobierno de Alemania que llene el vacío de navíos para cumplir con las misiones de la alianza transatlántica en el océano Atlántico y el mar Báltico.
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