Una prolongación de la guerra con Irán puede desencadenar una crisis sin precedentes en el suministro energético global, con efectos que alcanzan a todas las economías, aunque en distinta medida. En este contexto, el aumento de los precios del petróleo y el gas se traduciría en inflación e inestabilidad financiera, afectando con mayor intensidad a los países más dependientes de importaciones energéticas y con menor capacidad de respuesta económica.

Entre las economías desarrolladas del G7, Europa aparece particularmente vulnerable. En primer lugar, Alemania, con una fuerte base industrial exportadora, enfrenta mayores riesgos a causa del encarecimiento de la energía y a su exposición a una eventual recesión global. A su vez, Italia comparte esa sensibilidad por el peso del sector manufacturero y la elevada participación del petróleo y el gas en su consumo energético. También, el Reino Unido por su parte, depende en gran medida del gas para generar electricidad, lo que acelera la transmisión del aumento energético hacia la inflación y podría mantener altos los costos de endeudamiento en un contexto de presión fiscal y aumento del desempleo.
Siguiendo la lista de países que podrían verse afectados, Japón se ubica dentro de los más expuestos como consecuencia de su alta dependencia energética externa lo que lo coloca en la línea de impacto ante cualquier interrupción del suministro. El encarecimiento del combustible se suma a presiones inflacionarias que ya existen, derivadas de la debilidad de su moneda y de la dependencia a materias primas importadas.
El impacto en las economías emergentes
Paralelamente, entre las economías emergentes, India y Turquía destacan por su vulnerabilidad. India importa cerca del 90 % de su crudo y una gran proporción atraviesa rutas energéticas sensibles, lo que ya afecta sus previsiones de crecimiento y la estabilidad de su moneda. A su vez, Turquía, además de su proximidad geográfica al conflicto, enfrenta tensiones inflacionarias que obligaron a su banco central a frenar recortes de tasas y utilizar reservas para sostener su divisa.

En concreto, el impacto más severo podría recaer en economías frágiles como Sri Lanka, Pakistán y Egipto. Estos países enfrentan aumentos del costo energético junto con restricciones fiscales y vulnerabilidades estructurales. Medidas como racionamientos de combustible, cierres institucionales o recortes del gasto público muestran cómo una crisis energética global puede traducirse en tensiones económicas y sociales internas. En conjunto, el escenario confirma que una guerra prolongada con Irán afectaría a todo el sistema económico internacional, pero castigaría con mayor fuerza a las economías más dependientes de la energía importada y con menor margen para absorber shocks externos.













