Como consecuencia de la actual guerra en Medio Oriente, los Estados del Golfo comienza a revaluar su futuro tras lo que podría considerar una “traición” de Estados Unidos a sus garantías de seguridad. Aunque hasta ahora la guerra ha causado bajas limitadas y daños materiales en Baréin, Kuwait, Omán, Catar, Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos, sus efectos políticos y económicos en la región son significativos.

Los vínculos de estos países con Irán nunca fueron buenos, aunque la realidad es que, en los últimos años, el enfoque de los estados del Golfo hacia Teherán se había cohesionado y moderado. A partir de 2019, después de que el país persa demostrara su capacidad y disposición para atacar barcos frente a la costa emiratí y las instalaciones petroleras en Arabia Saudí, Abu Dabi y Riad buscaron un acercamiento con Teherán.
El compromiso de los estados del Golfo con Irán a partir de 2020 estuvo impulsado en gran medida por el reconocimiento de que no podían cambiar la naturaleza de la República Islámica, pero quizás podrían convivir con ellos. Y la estrategia parecía haber dado frutos en junio del año pasado, cuando Irán no atacó a los estados del Golfo durante la Guerra de los 12 Días.
Pero ahora la situación es muy diferente: Irán ha cumplido sus amenazas de larga data, lanzando misiles y drones contra los estados del Golfo desde el 28 de febrero, atacando no solo bases estadounidenses sino también infraestructuras civiles y energéticas, afectando la imagen de estos países como “regiones seguras” pese a estar ubicados en uno de los lugares más peligrosos del mundo.

¿Un cambio de postura?
Más allá de cómo termine la guerra, la realidad es que todos los estados del Golfo se replantearán sus vínculos con Estados Unidos, su supuesto garante de seguridad y aliado colectivo más cercano, cuyo presidente Donald Trump comenzó esta guerra plenamente consciente de que los países de la región se oponían a ella. Así, aunque los equipos de defensa fabricado en Estados Unidos ha funcionado excepcionalmente bien (las intercepciones de misiles y drones iraníes superan el 90%), esto es un pequeño consuelo para el hecho de que los estados del Golfo preferían que el conflicto nunca hubiesa iniciado.

La realidad es que, al vincular tan estrechamente su seguridad con la de Estados Unidos, estos actores no pueden romper de un día para el otro sus vínculos con Washington. Sin embargo, la actual situación conducirá a un mayor reequilibrio, que a medio plazo será perjudicial para los intereses regionales de Estados Unidos. Sin dudas, quien podría sacar ventaja de la actual situación es China, cuyo enfoque mesurado de las relaciones regionales contrasta fuertemente con la imprevisibilidad de Trump y su relación excesivamente estrecha con Israel.
Por otra parte, potencias europeas como el Reino Unido y Francia han desempeñado un papel activo en la defensa del espacio aéreo del Golfo y, en términos generales, han actuado con habilidad y un alto grado de éxito. Por ello, no debería sorprender que se construyan compromisos duraderos que tranquilicen a los Estados del Golfo.
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