- Javier Milei volvió a decir en Nueva York que Irán es “nuestro enemigo” y ratificó su alineamiento con Estados Unidos e Israel en plena guerra en Medio Oriente.
- No hubo una declaración formal de guerra ni una decisión del Congreso que convierta a la Argentina en beligerante, pero sí un posicionamiento político cada vez más explícito de la Casa Rosada.
- El Gobierno ya venía sosteniendo esa línea desde 2025, cuando Milei había definido públicamente a Irán como “un enemigo de Argentina” al vincularlo con los atentados contra la Embajada de Israel y la AMIA.

Javier Milei volvió a endurecer este lunes la posición argentina frente a Irán al afirmar en la Universidad Yeshiva de Nueva York que el régimen iraní es “nuestro enemigo” y al reiterar su apoyo a Estados Unidos e Israel en plena guerra en Medio Oriente. La frase no convierte por sí sola a la Argentina en un actor militar del conflicto, pero sí confirma algo más importante para leer el momento: la Casa Rosada decidió abandonar cualquier ambigüedad y colocarse políticamente del lado de la coalición que enfrenta a Teherán.
La pregunta importa porque en la política exterior argentina hay una diferencia decisiva entre alineamiento político y participación efectiva en una guerra. Hasta ahora, no existe ninguna señal de que la Argentina haya entrado formalmente en el conflicto como beligerante, ni hay anuncios de despliegues, apoyo militar directo o decisiones institucionales que impliquen un involucramiento operativo.
Pero eso no significa que el país haya quedado al margen. Cuando el Presidente de la Nación define a Irán como enemigo y habla en primera persona de un bloque que “va a ganar la guerra”, la posición argentina deja de ser solo una simpatía diplomática y pasa a ser una toma de partido explícita.
Ya en junio de 2025 había afirmado que “Irán es un enemigo de Argentina” y había atado esa definición a una lectura histórica muy precisa: la responsabilidad iraní en los atentados contra la Embajada de Israel en 1992 y la AMIA en 1994. Ese encuadre volvió a aparecer en su discurso reciente y es el que le permite presentar su alineamiento actual no como una adhesión externa a la agenda de Washington o Jerusalén, sino como una prolongación de agravios que la Argentina arrastra desde hace décadas.

Ese es el primer punto que ordena la discusión. La Argentina no está bombardeando Irán, no movilizó Fuerzas Armadas al teatro de operaciones y no declaró el estado de guerra. Pero su Presidente sí eligió hablar del conflicto como si existiera una comunidad de destino entre Buenos Aires, Washington y Jerusalén. Ahí está el cambio de fondo. Durante décadas, incluso en momentos de fuerte cercanía con Estados Unidos o Israel, la diplomacia argentina procuró mantener alguna distancia formal respecto de guerras extrahemisféricas. Milei rompió con esa tradición y convirtió esa ruptura en una bandera.
Alineamiento político, no beligerancia formal
Desde el punto de vista jurídico e institucional, la Argentina sigue sin ser un actor militar del conflicto. La Constitución reserva al Congreso decisiones centrales en materia de guerra y paz, y hasta ahora no hubo ningún paso en esa dirección. Tampoco se conocen compromisos públicos de asistencia militar directa a las operaciones estadounidenses o israelíes contra Irán. En ese plano, hablar de una Argentina “en guerra” sería incorrecto.
Milei viene construyendo un alineamiento cada vez más cerrado con Israel y con la administración de Donald Trump, y ese alineamiento ya no se expresa solo en gestos simbólicos o viajes presidenciales. También se traduce en lenguaje de confrontación, en definiciones sobre enemigos y en la decisión de inscribir a la Argentina dentro de un campo geopolítico muy específico. Esa toma de partido tiene consecuencias, incluso sin intervención militar directa.

La primera consecuencia es diplomática. Cuando el jefe de Estado argentino define a Irán como enemigo en medio de una guerra abierta, reduce todavía más el margen para cualquier postura de mediación, prudencia o neutralidad. La segunda es estratégica: expone al país a quedar mencionado o leído dentro de la constelación de apoyos políticos de Estados Unidos e Israel. Y la tercera es interna, porque desplaza una discusión que antes estaba en el plano de la política exterior hacia un terreno más sensible, donde aparece la pregunta sobre si el Presidente está hablando a título personal, ideológico o en nombre del Estado argentino.
Ya en 2025 sus declaraciones sobre Irán habían generado cuestionamientos de la oposición y advertencias sobre los riesgos de transformar una afinidad ideológica en una doctrina exterior sin matices. Ahora, con una guerra abierta y con la administración Trump empujando una lógica de bloques, esa discusión reaparece con más peso.
Te puede interesar: Qué implica para la Argentina la adhesión de Milei al “Shield of the Americas” de Donald Trump










