El 5 de febrero de 2026 vence el New START, el último marco verificable que todavía ordenaba la relación nuclear entre Estados Unidos y Rusia. No es el instante en que el mundo “descubre” el riesgo nuclear, sino el momento en que se vuelve más visible una realidad previa: la estabilidad estratégica venía sosteniéndose menos por arquitectura institucional y más por capacidades, disuasión y cálculo político.

Hay dos formas de contar el final del New START
La primera, la más repetida, dice que al vencer el tratado vuelve la carrera armamentística y el peligro se dispara. Es una narrativa cómoda porque pone el problema en una fecha, ofrece un antes y un después y permite imaginar que la seguridad dependía de un documento.
La segunda es menos dramática y más precisa: no empieza algo nuevo, se blanquea algo que ya venía ocurriendo. El debate público suele tratar a los tratados como si fueran el freno principal, cuando en la práctica las potencias se limitan por una combinación bastante más concreta: capacidad industrial, costos, supervivencia del segundo golpe y un mínimo de transparencia que evita planificar, por reflejo, contra el peor caso.
Eso es lo que se pierde cuando el último acuerdo cae. No se pierde la disuasión, se pierde una parte de la señalización y, con ella, una porción de previsibilidad.
Un tratado debilitado que todavía ordenaba expectativas
El New START fijaba tres techos claros sobre fuerzas estratégicas: 1.550 ojivas estratégicas desplegadas, 700 vectores desplegados (misiles balísticos intercontinentales, misiles balísticos lanzados desde submarinos y bombarderos pesados) y 800 entre desplegados y no desplegados. El “contador” importaba, pero lo más valioso era la rutina.
El control de armas no funciona por confianza; funciona por información. Intercambio de datos, notificaciones, reglas de conducta, mecanismos técnicos y, cuando se puede, inspecciones. Todo ese entramado no elimina el conflicto, pero reduce la niebla. Con menos niebla, baja la tentación de atribuir intención ofensiva a cualquier movimiento del otro.
En los últimos años esa red se fue desgastando. Hubo interrupciones por la pandemia y, sobre todo, el vínculo político se rompió con la guerra en Ucrania. Rusia anunció la suspensión de su participación y el esquema de verificación quedó erosionado. Aun así, incluso debilitado, el acuerdo seguía cumpliendo una función silenciosa: mantenía viva la expectativa de que existe un techo, de que cruzarlo tiene costo y de que hay un lenguaje común mínimo para administrar la competencia.
Cuando esa expectativa desaparece, el sistema no queda “liberado”. Queda más expuesto a decisiones defensivas que, vistas desde enfrente, se leen como ofensivas.

Lo que cambia sin New START: menos señales y más planificación preventiva
Sin un marco verificable, el incentivo natural de los planificadores es cubrirse ante el peor escenario. Si los datos se vuelven incompletos, se asume que el rival puede estar expandiendo o ajustando postura. Si se asume eso, la respuesta más probable es prepararse. Y esa preparación, a su vez, se convierte en evidencia para el otro. La lógica es circular y, por eso, efectiva para empujar una dinámica de carrera aun sin que nadie la anuncie.
Por eso el control de armas tenía un valor que rara vez se dice en voz alta: no era un antídoto moral, era un antídoto contra la incertidumbre. En el mundo nuclear, la incertidumbre no es un estado de ánimo; es un multiplicador de riesgo.

La discusión pública se obsesiona con el número de ojivas porque es lo que se puede contar y titular. Sin embargo, lo que empuja inestabilidad hoy no es únicamente el volumen, sino la calidad y las opciones que cada potencia construye.
Modernizar significa mejorar supervivencia y credibilidad del segundo golpe, reforzar mando y control, incrementar capacidad de penetración y ajustar sistemas de alerta. Todo eso puede hacerse sin un salto inmediato en el número de ojivas desplegadas, pero aun así puede acortar tiempos de decisión y aumentar el margen de error. En paralelo, el propio marco del New START dejaba afuera piezas relevantes del tablero contemporáneo, como buena parte de las armas no estratégicas y otras discusiones asociadas a tecnologías emergentes y defensas, de modo que el “contador” ya no alcanzaba para describir el riesgo real.
China y el triángulo estratégico que envejece el guion bilateral
Durante décadas, la estabilidad nuclear fue esencialmente bilateral. Incluso con otros Estados nucleares, el centro de gravedad se ubicaba entre Washington y Moscú. Esa descripción ya no alcanza.
China está expandiendo y modernizando su arsenal. Estimaciones ampliamente citadas la ubican en torno a 600 ojivas y con crecimiento sostenido, acompañado por inversión en infraestructura que sugiere planificación de largo plazo.
La consecuencia no es que China “arruina” el control de armas. La consecuencia es más incómoda: China vuelve insuficiente el control de armas tal como se lo pensó en el mundo posterior a la Guerra Fría. Estados Unidos y Rusia ya no miden su posición solo entre ellos; también miran su posición relativa en un triángulo donde cada movimiento se interpreta con doble lente. En ese contexto, incluso si nadie quiere una carrera abierta, todos tienen incentivos a evitar quedar detrás.

Proliferación vertical y horizontal: la señal del vacío
El fin del último acuerdo verificable entre las dos mayores potencias nucleares manda una señal que va más allá de su relación bilateral. No significa que mañana vaya a aparecer un nuevo Estado nuclear por efecto dominó, pero sí altera el clima.
En términos de proliferación vertical, crece el peso de la modernización como respuesta a incertidumbre. Cuando no se sabe con claridad qué hace el otro, la presión por ampliar opciones aumenta y se vuelve más difícil sostener límites por hábito.
En términos de proliferación horizontal, el mensaje de fondo es que las reglas son condicionales. Ese mensaje puede empujar estrategias de latencia, coberturas tecnológicas y ambigüedades políticas. En un campo donde la credibilidad y la percepción pesan tanto como el número, la latencia ya es una forma de política.

Tres escenarios razonables para lo que viene
El escenario más probable es una carrera contenida: no necesariamente un salto masivo de números, pero sí modernización acelerada con menos transparencia y más sospecha. La disuasión se sostiene, pero el costo es convivir con más niebla.
Un escenario posible es una carrera más abierta, con uso del llamado “potencial de carga” sobre plataformas existentes, ajustes de postura y despliegues que buscan señalizar. El motor, como casi siempre, no sería ideológico, sino burocrático: cada revisión estratégica agrega capas de “prudencia” que se traducen en más capacidad.
El escenario más peligroso no requiere una decisión de guerra. Bastaría con una crisis convencional que toque nervios nucleares, una mala interpretación, un incidente técnico, una falsa alarma o un episodio cibernético que degrade información. Con menos canales y menos datos compartidos, el margen para corregir errores se achica.
Conviene decirlo sin eufemismos: la destrucción mutua es una condición estructural. Mientras ambos mantengan capacidad de segundo golpe, el costo de una guerra total sigue siendo inaceptable. Esa base, sin embargo, no garantiza estabilidad por sí sola. Puede impedir que la catástrofe sea elegida como plan, pero no impide que se la alcance por accidente.
El 5 de febrero no es un botón que convierte al mundo en un infierno. Es, más bien, una confirmación: el orden nuclear ya no se sostenía principalmente por instituciones, sino por disuasión, capacidades y cálculo político.
La pregunta no es si Estados Unidos y Rusia “quieren” una carrera. La pregunta es si aceptan que la incertidumbre se vuelva doctrina, porque cuando cada potencia planifica por peor caso, moderniza para no quedar atrás y reduce canales para no dar señales. En ese mundo, el peligro real es creer que el equilibrio se administra solo.
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