La República Islámica de Irán atraviesa actualmente un escenario de creciente tensión multidimensional que amalgama una profunda crisis de legitimidad doméstica, una escalada en las advertencias internacionales y un impacto directo en la estabilidad de los mercados energéticos globales. Este fenómeno no puede entenderse de forma aislada, ya que la interacción entre las manifestaciones ciudadanas contra el régimen, la presión diplomática encabezada por Estados Unidos y la volatilidad del precio del petróleo configura una reestructuración de las expectativas sobre el suministro y el orden geopolítico global. En este contexto, la magnitud de la crisis interna adquiere una gravedad sin precedentes, reflejada en los balances de víctimas y detenciones registrados recientemente.

Según datos de la Agencia de Noticias de Activistas de Derechos Humanos (HRANA), con sede en Estados Unidos, se estima que al menos 2.403 manifestantes han fallecido desde el inicio de las protestas a finales de diciembre, incluyendo a 12 menores de edad, mientras que la cifra de arrestos supera los 18.000. No obstante, estas estadísticas podrían ser conservadoras debido a las severas restricciones informativas y al corte de los servicios de internet implementados por el Estado iraní.
Dinámicas de la crisis interna y la respuesta del Estado
La dimensión interna de la crisis revela una sociedad profundamente fracturada, donde la capital, Teherán, se ha convertido en el epicentro de una resistencia civil persistente. Testimonios recogidos bajo condiciones de anonimato describen una ciudad marcada por un silencio inquietante durante el día que es interrumpido abruptamente por la noche con la reanudación de las movilizaciones. Este patrón de protesta sugiere una coordinación táctica, donde los ciudadanos regresan de sus jornadas laborales para unirse a las manifestaciones, a menudo asistiendo solos para facilitar la huida ante la respuesta de las autoridades. A pesar de que las manifestaciones registraron su mayor intensidad durante el jueves y viernes pasados con una participación diversa en términos sociales y generacionales, el escenario del sábado derivó en niveles de violencia extrema que forzaron a un repliegue parcial de la ciudadanía. La gravedad de la situación se evidencia además en el colapso de las infraestructuras críticas, con centros hospitalarios operando al límite de su capacidad y cementerios que han comenzado a rechazar nuevos ingresos debido a la falta de espacio físico.

Desde una perspectiva analítica, el doctor en Relaciones Internacionales Said Chaya, sostiene que el estallido actual es una continuidad estructural de las manifestaciones iniciadas en 2022 tras la muerte de Mahsa Amini, respondiendo a factores internos acumulados desde 2021. El Estado iraní ha mantenido inalterables sus tácticas de control, fundamentadas en la represión directa en las calles y la interrupción de las comunicaciones con el exterior. Sin embargo, el contexto presente se diferencia del de años anteriores por un deterioro económico y político más agudo, donde el aumento del desempleo y la inflación han fragilizado la estabilidad del establishment. En este marco, la figura del presidente Masoud Pezeshkian, de perfil reformista, intenta evitar una ruptura total del sistema, aunque sus gestos de disenso frente al estamento clerical subrayan las grietas internas del poder. Es crucial comprender que este movimiento, liderado inicialmente por mujeres, no posee una naturaleza antirreligiosa per se, sino que se dirige contra la estructura del establishment religioso y sus restricciones, ampliando su base de reclamos hacia demandas políticas y económicas condicionadas por el régimen de sanciones internacionales.
Estados Unidos entre la coerción económica y la disuasión estratégica
En el plano internacional, el gobierno de los Estados Unidos, encabezado por el presidente Donald Trump, ha intensificado el monitoreo de la situación, evaluando un espectro de opciones que incluye alternativas militares. La administración estadounidense ha emitido advertencias recurrentes sobre las “consecuencias severas” que acarrearía la continuidad de la represión letal contra los manifestantes. A pesar de la retórica confrontativa, se han reportado intentos de comunicación bilateral; mientras el canciller Abbas Araghchi indica que Teherán está dispuesto a dialogar bajo criterios de respeto mutuo, el Ministerio de Relaciones Exteriores iraní confirma que los canales de comunicación con el enviado especial estadounidense Steve Witkoff permanecen activos. No obstante, la estrategia de Washington se ha endurecido mediante el anuncio de un arancel del 25% con efecto inmediato para los países que mantengan negocios con Irán, lo que constituye un ejercicio de diplomacia económica coercitiva destinado a aislar financieramente al país.

Esta presión económica se complementa con señales militares y una coordinación estrecha con aliados regionales como el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu. La respuesta de Teherán, personificada en el líder supremo Ali Jamenei, ha consistido en el rechazo sistemático de las advertencias de Washington, instando a los políticos estadounidenses a concentrarse en sus asuntos internos y atribuyendo las protestas a complots externos. La tensión se ve agravada por la preocupación sobre la seguridad jurídica de los detenidos, destacando el caso de Erfan Soltani, cuya posible ejecución ha sido denunciada por el Departamento de Estado. Mientras Washington cuestiona la falta de garantías judiciales en los procesos masivos, las autoridades iraníes defienden la severidad de sus medidas legales calificando a los manifestantes como terroristas, una divergencia narrativa que cierra las puertas a una resolución diplomática de corto plazo.
Impacto en el mercado energético y el factor determinante de China
El tercer frente de esta crisis se manifiesta en la economía global, específicamente en los precios internacionales del petróleo, que han registrado subas superiores al 2% ante la perspectiva de interrupciones en las exportaciones iraníes. El mercado ha incorporado una prima de riesgo geopolítico que otorga mayor peso a la inestabilidad de Irán que a las expectativas de un incremento en el suministro proveniente de Venezuela. Irán, como uno de los principales productores de la OPEP con una aportación de 3,3 millones de barriles diarios, es una pieza clave para la oferta global. Las declaraciones del mandatario estadounidense sobre posibles medidas adicionales y la implementación de aranceles han generado una preocupación tangible sobre una eventual reducción de la oferta, llevando los precios del crudo Brent y el West Texas Intermediate a alcanzar máximos no vistos en meses. Esta tensión se refleja técnicamente en el aumento de la prima del Brent frente al crudo de referencia Dubai, evidenciando que los disturbios internos en Irán han añadido varios dólares por barril al costo de la energía a nivel mundial.

Resulta indispensable integrar en este análisis el rol de China como el eslabón sistémico que permite la supervivencia económica del régimen iraní. En la actualidad, China actúa como el destino de aproximadamente el 90% de las exportaciones de crudo de Irán, operando en gran medida a través de la denominada “flota en la sombra”, la cual permite evadir los mecanismos de rastreo convencionales de sanciones. Al imponer un arancel del 25% a quienes comercien con Teherán, la administración Trump no solo presiona a Irán, sino que desafía directamente la arquitectura comercial de Pekín. Este movimiento transforma una crisis regional en un conflicto geoeconómico global, donde la efectividad de la política estadounidense dependerá de la disposición de China para buscar fuentes alternativas o, por el contrario, asumir el costo de un desafío frontal a las sanciones de Washington. Por tanto, la estabilidad del mercado energético no depende únicamente de lo que ocurra en las calles de Teherán, sino de la triangulación de poder entre la resistencia interna iraní, la capacidad punitiva de Estados Unidos y la necesidad energética de las potencias asiáticas, factores que continuarán influyendo en la dinámica de los precios y en la reconfiguración del mapa geopolítico actual.
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