La política exterior de Argentina viene experimentando un giro bajo la presidencia de Javier Milei, redefiniendo las prioridades diplomáticas y marcando una ruptura con la tradición regional. Una de las características de este movimiento es el alineamiento explícito del Gobierno argentino a Estados Unidos, puntualmente a Donald Trump, puesto en evidencia con el respaldo a la operación militar estadounidense en Venezuela, que culminó con la captura de Nicolás Maduro

En este sentido, la reacción fue inmediata y personal. Milei celebró públicamente el operativo estadounidense y lo enmarcó en una narrativa ideológica que atraviesa su vínculo con Donald Trump. Más allá del contenido del mensaje, el gesto tuvo un peso político concreto que muestra cómo Argentina abandonó el lenguaje prudente de la diplomacia regional para adoptar una lógica de alineamiento directo con Washington, aun a costa de tensionar y distanciarse con sus vecinos.
En un paralelismo, la postura Argentina contrastó con la de Brasil, México, Chile, Colombia, Uruguay y Paraguay, que expresaron reparos -con distintos matices- por las implicancias de la intervención sobre el derecho internacional y la soberanía estatal. La decisión argentina profundizó así una distancia que no parece circunstancial, sino parte de una estrategia deliberada de diferenciación regional.
Pero el giro no se limita al caso venezolano, a lo largo de todo el 2025, la política exterior del gobierno de Milei combinó algunas continuidades -como el reclamo de soberanía sobre las Islas Malvinas- con rupturas explícitas, entre ellas la crítica al Mercosur, el cuestionamiento al funcionamiento de la ONU y la búsqueda de acuerdos bilaterales por fuera de los esquemas tradicionales de integración.

Recientemente, el Gobierno argentino dejó abierta la posibilidad de brindar apoyo militar a Estados Unidos en Venezuela. En declaraciones a CNN Español, el presidente Milei afirmó que está “de acuerdo con que EE.UU. avance” y que, en caso de que Washington solicite asistencia, “el apoyo de Argentina lo van a tener”. Consultado sobre si ese respaldo podría incluir el envío de tropas, Milei señaló que será evaluado “cuando nos hagan los pedidos” y que, si el país puede responderlos, lo hará.
En este marco, el alineamiento con Estados Unidos e Israel se consolidó como uno de los ejes centrales de la inserción internacional argentina. El respaldo político de Washington, la expectativa de un acuerdo comercial y el apoyo financiero y diplomático aparecen como activos clave para el Gobierno, especialmente en un contexto de reformas económicas profundas y necesidad de legitimidad externa.
El alineamiento de Milei con EE.UU. ya tiene un antecedente en el país
Esta receta, vieja y conocida en nuestro país, remite inevitablemente al antecedente del Gobierno de Carlos Menem, cuando Argentina priorizó su relación con Estados Unidos como vía de reinserción internacional y estabilidad interna. Al igual que entonces, el alineamiento es presentado como una herramienta para obtener previsibilidad y respaldo.

Ante este panorama, uno de los costos más visibles es el aislamiento relativo de Argentina dentro de América Latina. La pérdida de consensos regionales y el debilitamiento de los espacios multilaterales que dejan al país más expuesto a dinámicas de poder asimétricas, donde las decisiones estratégicas dependen en gran medida del respaldo del actor dominante.
¿Cuáles son los desafíos del Gobierno argentino frente a esta decisión?
También resulta evidente que el vínculo con Estados Unidos aparece fuertemente condicionado a afinidades políticas y resultados coyunturales. Las señales de apoyo explícito están acompañadas por advertencias sobre la continuidad de políticas “adecuadas”, lo que introduce un elemento de vulnerabilidad y dependencia que puede afectar la estabilidad futura.
En definitiva, Argentina gana respaldo inmediato, acceso a financiamiento y visibilidad internacional, pero paga el costo de una mayor dependencia externa, una autonomía reducida y un distanciamiento de su entorno regional. El desafío para la política exterior de Milei será transformar ese alineamiento en beneficios sostenibles sin comprometer la capacidad del país para decidir su propio rumbo en un escenario internacional cada vez más incierto.
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