China inicia 2026 con una hoja de ruta clara: consolidar su dominio marítimo regional y ampliar su capacidad de operar lejos de sus costas, en un contexto de competencia estratégica directa con Estados Unidos. Tras un 2025 marcado por hitos en construcción naval y despliegues de largo alcance, analistas coinciden en que la Armada china entró en una nueva fase de maduración operativa. El punto de partida es contundente. Beijing ya cuenta con la mayor armada del mundo por número de cascos, y su modernización no se limita a sumar buques, sino a integrar aviación embarcada, misiles, logística y mando conjunto como parte de una estrategia de poder marítimo sostenido.

El Fujian y el salto cualitativo de los portaaviones chinos
La incorporación del CNS Fujian marcó un antes y un después. Se trata del primer portaaviones chino equipado con catapultas electromagnéticas, una capacidad que permite lanzar aeronaves más pesadas, con mayor carga y autonomía, y sostener un ritmo de operaciones superior al de sus predecesores.

Este avance no es menor: eleva la credibilidad de la aviación embarcada china y acerca su doctrina a estándares de operación de alta intensidad. En paralelo, el Fujian funciona como banco de pruebas para una futura ala aérea más compleja, con cazas furtivos y aeronaves de apoyo, clave para escenarios de control marítimo y negación de área.
Nuevos buques y una flota cada vez más versátil
El Fujian no llegó solo. Durante el último año, la Armada china sumó la fragata Type 054B, una nueva generación de escoltas con mejoras en sensores y supervivencia, y avanzó con las pruebas de mar del Type 076, un buque anfibio de diseño inédito capaz de operar aeronaves mediante catapulta.
Esta combinación refuerza un patrón: China no solo piensa en un conflicto inmediato en su entorno, sino en operaciones expedicionarias en áreas como el Mar de China Meridional, el Pacífico occidental e incluso puntos más alejados, donde la aviación embarcada y los medios anfibios amplían el menú de opciones militares.

Uno de los datos más observados por las armadas occidentales fue la capacidad china de operar a gran distancia. En 2025, buques del EPL realizaron despliegues prolongados en el Pacífico, incluyendo operaciones cerca de Australia y ejercicios con doble portaaviones, un hito simbólico y práctico.
Estos movimientos cumplen una doble función: entrenar logística y comando a larga distancia, y normalizar la presencia china en espacios donde históricamente su huella naval era limitada. Aunque Beijing aún carece de una red global de bases comparable a la estadounidense, el aprendizaje acumulado apunta a misiones más largas y frecuentes en 2026.
Taiwán, el eje que ordena la planificación
Detrás de cada avance aparece el mismo telón de fondo: Taiwán. Evaluaciones del Departamento de Defensa de EE.UU. sostienen que China busca estar en condiciones de imponer su voluntad militar hacia 2027, combinando presión naval, capacidad anfibia y disuasión misilística.
En ese marco, crece la atención sobre barcazas de desembarco, ejercicios anfibios y el uso de medios civiles en entrenamiento militar, una señal de integración civil-militar pensada para escenarios de cruce del Estrecho. La modernización naval, así, no es un fin en sí mismo, sino una pieza central de una estrategia más amplia.

La respuesta estadounidense y el nuevo equilibrio en el mar
Mientras China acelera, Estados Unidos intenta ajustar el paso. La Armada avanza con cambios en sus programas de escoltas y busca sostener su presencia en el Pacífico, consciente de que el desafío ya no es solo tecnológico, sino industrial y operativo: quién puede mantener más buques listos, más lejos y durante más tiempo.
La carrera naval, lejos de desacelerar, se intensifica en 2026. China apuesta a transformar volumen en influencia real sobre el mar; Estados Unidos, a preservar un equilibrio que hoy se ve cada vez más disputado. En ese tablero, el océano vuelve a ser el espacio donde se mide el poder. Y Beijing dejó claro que no piensa ceder la iniciativa.
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