La histórica remontada que vimos el domingo frente a Flávio Bolsonaro aseguró un cuarto mandato para el presidente brasileño, Luiz Inácio Lula da Silva, pero también dejó expuestas las fracturas de un Brasil polarizado. Desde el terreno a la hora de cubrir lo que se observó es que la movilización juvenil, el protagonismo de las redes y las transformaciones del mundo laboral plantean nuevas preguntas para una fuerza política que nació en las fábricas y hoy necesita reinventarse.

Ganar una elección no significa necesariamente haber terminado una disputa. Y a esto Lula lo sabe mejor que nadie. A los 80 años, el dirigente que marcó buena parte de la historia política reciente del país volvió a desafiar los pronósticos y consiguió lo que parecía difícil: remontar una primera vuelta adversa, derrotar a Flávio Bolsonaro y asegurarse un cuarto mandato presidencial. Pero detrás de los festejos, las banderas rojas y las multitudes que recuperaron las calles, quedó una pregunta que empieza a atravesar principalmente al propio Partido de los Trabajadores: ¿cómo se construye el futuro de un movimiento político que todavía depende tanto de su principal figura?
El triunfo tuvo números históricos. Lula reunió 64.256.232 votos, equivalentes al 51,79% de los sufragios válidos, frente a los 59.826.041 que obtuvo Bolsonaro, con el 48,21%. La diferencia de 4,43 millones de votos le permitió revertir la derrota de la primera vuelta, cuando había quedado casi dos puntos porcentuales por detrás de su adversario. Por primera vez, desde el regreso de las elecciones presidenciales directas, el candidato que había terminado segundo en octubre consiguió imponerse en el balotaje.
Sin embargo, la victoria no borró las divisiones. Del otro lado quedó un bolsonarismo con casi 60 millones de votos y un candidato que se negó a reconocer el resultado y escapó a Estados Unidos proclamandosé “lider de Brasil”, con el objetivo expreso de organizar la oposición desde allá. La discusión sobre las urnas parecía que volvía a instalarse en el centro de la política brasileña apenas unas horas después del escrutinio pero, finalmente, cuando los votos terminaron de contarse y las felicitaciones llegaron para Lula, la cuestión terminó por disolverse.
Algo, de todos modos, había cambiado entre una vuelta y otra. Y eso se sentía hasta en el ambiente de las calles, del bunker, en las conversaciones con la gente. Las redes sociales dejaron de funcionar únicamente como escenario de confrontación para convertirse también en una herramienta de organización política. Las manifestaciones crecieron, aparecieron nuevos protagonistas y sectores que hasta entonces habían permanecido al margen de la campaña comenzaron a involucrarse.
Por eso considero que la victoria de Lula puede leerse, en ese sentido, desde dos dimensiones. Por un lado, la capacidad de un dirigente experimentado para reunir apoyos más allá de su partido. Por otro, la reacción de una sociedad que, aun profundamente dividida, encontró nuevos motivos para movilizarse.
Desde São Bernardo do Campo, la ciudad industrial donde Lula construyó buena parte de su identidad sindical, el presidente local del PT puso palabras a una tensión que atraviesa al oficialismo. Durante una entrevista que realicé en el marco de la cobertura electoral, reconoció que Lula es una figura insustituible por su historia y liderazgo, pero advirtió que el partido necesita desarrollar nuevos referentes y comprender las demandas de una sociedad distinta de aquella que lo llevó al poder por primera vez.
La paradoja es evidente, Lula volvió a demostrar que sabe ganar elecciones, que sí es efectivamente bueno en los “mata-mata”. Mientras que el PT ahora, con la ultima presidencia del operario metalurgico como suerte de reloj que marca el final, enfrenta una tarea que ningún resultado puede resolver por sí solo.
De las pantallas a las calles: la movilización que cambió la campaña
La primera vuelta había dejado una señal de alarma para el oficialismo. Esto obligó a revisar una campaña que hasta entonces había confiado en la popularidad del presidente y en el peso de su trayectoria política, así como en el uso de elementos de la política tradicional.
En las semanas siguientes, la movilización adquirió otra intensidad. Dicen quienes estuvieron entre el grupo que acompañó a Lula que, tras perder el domingo 4 de octubre, el lunes 5 ya se estaba barajando y rediseñando una nueva estrategia con actores nuevos que trajeron otro enfoque al que se estaba usando hasta entonces.
En esa reacción se encuentra uno de los elementos decisivos del resultado. La reorganización de la militancia digital permitió multiplicar la presencia de Lula en conversaciones que excedían los espacios tradicionales del PT.

Una de las figuras que destacó fue el diputado André Janones, impulsor de una estrategia de participación digital mediante la cual los seguidores recibían tareas concretas para difundir mensajes y participar en debates políticos. Un total de diez millones de personas llegaron a conectarse con esa estructura.
La campaña buscó así algo más que convencer a quienes ya estaban convencidos. El objetivo fue llegar a los indecisos, recuperar votantes que habían permanecido alejados de las urnas y disputar espacios digitales donde el bolsonarismo había construido una presencia significativa. Se generaba una discusión y esa actividad terminó por multiplicar los intercambios políticos.
Pero el fenómeno no terminó en los teléfonos. Las calles también recuperaron protagonismo.
A lo largo de la Avenida Paulista pude observar de primera mano como miles y miles de manifestantes expresaron su respaldo a Lula durante el tramo final de la campaña. Entre las banderas del PT y las consignas que se repetían, convivían jóvenes que participaban por primera vez de una movilización política con militantes que habían acompañado a Lula durante décadas.
Había entusiasmo, emoción y una identificación con su figura que resultaba difícil de reducir a una preferencia electoral. Pero también era una señal del desgaste que había provocado el tono confrontativo de la disputa. La sociedad brasilera se cansó de esto.
En São Bernardo do Campo, la lectura de la dirigencia local del PT apuntó en una dirección semejante. Según el testimonio recogido durante la entrevista, la diferencia con la elección de 2022 estuvo en la fuerza de una movilización que trascendió al partido. En aquella oportunidad, buena parte de la campaña había girado alrededor del proyecto político de Lula. En 2026, en cambio, el rechazo a lo que el entrevistado definió como un avance del fascismo se convirtió en un factor de unidad para distintos sectores de la izquierda.
También aparecieron respaldos de figuras ajenas a esa tradición política. Para el oficialismo, el balotaje había dejado de ser solamente una disputa entre dos programas de gobierno, también se había convertido en una elección sobre el rumbo democrático e institucional de Brasil. La discusión estuvo puesta ahí, y por consecuente la campaña del miedo del PT hizo sus efectos.
De los grandes discursos a los videos selfie: Lula aprendió a hablar el idioma de las redes
La transformación de la campaña no se limitó a aumentar la cantidad de publicaciones en redes sociales. Hubo un cambio mucho más profundo en la manera de comunicarse. Lula dejó atrás, al menos durante buena parte de la segunda vuelta, el formato tradicional de los discursos extensos, los videos cuidadosamente producidos y los mensajes institucionales para acercarse a un lenguaje más espontáneo, breve y directo.
El presidente de 81 años, acostumbrado a construir su liderazgo desde los actos multitudinarios y el contacto personal con los trabajadores, comenzó a hablarle a la cámara de un celular. Sin grandes producciones ni escenografías, los videos en formato selfie se convirtieron en una de las novedades de una campaña que necesitaba recuperar terreno rápidamente.
La lógica era diferente. Ya no se trataba solamente de transmitir un mensaje desde un escenario hacia una multitud, sino de ingresar en las pantallas donde millones de brasileños consumen información, discuten de política y construyen sus opiniones. TikTok, Instagram, WhatsApp y las transmisiones en vivo pasaron a ocupar un lugar central en la estrategia electoral.
El cambio también llegó a la forma de hablar. Los mensajes se volvieron más cortos, menos elaborados y más cercanos al lenguaje cotidiano. Lula comenzó a dirigirse directamente a sus seguidores, a convocarlos a las calles y a pedirles que conversaran con otras personas. La comunicación buscaba transmitir una sensación de cercanía que los formatos tradicionales difícilmente podían reproducir.

La primera señal visible llegó el 7 de octubre, apenas tres días después de la primera vuelta, cuando el mandatario publicó uno de sus primeros videos en formato selfie. La respuesta fue inmediata, y los primeros diez registros de esa nueva etapa acumularon cerca de 66 millones de visualizaciones, según los datos difundidos durante la campaña.
Pero el verdadero cambio no estuvo únicamente en las reproducciones. También se modificó el lugar que ocupaban los simpatizantes. Dejaron de ser simples receptores de mensajes para convertirse en participantes activos de una estrategia de difusión y movilización. Compartían videos, intervenían en debates, reproducían contenidos y trasladaban esas conversaciones digitales a sus propios círculos sociales.
La campaña comenzó a comprender algo que el bolsonarismo había trabajado durante años: en las redes sociales, la cercanía y la capacidad de generar identificación pueden resultar tan importantes como la elaboración del discurso.
Esto no significó abandonar los actos, las recorridas territoriales ni los encuentros partidarios. Por el contrario, la estrategia digital permitió potenciar esas herramientas tradicionales y convertirlas en parte de una misma dinámica de movilización.
Menos nostalgia y más problemas cotidianos: el giro que acercó la campaña a las familias
Pero no solo cambió la forma de comunicar. Lula también entendió que tenía que hablar de otras cosas. Durante buena parte de la campaña había insistido en recordar los logros de sus gobiernos anteriores, las políticas sociales y aquel Brasil que, durante sus primeras presidencias, había conseguido sacar a millones de personas de la pobreza. El problema era que muchos jóvenes ni siquiera habían vivido esa época y, para quienes hoy tienen dificultades para llegar a fin de mes, los recuerdos de tiempos mejores ya no alcanzaban.
Fue entonces cuando la campaña empezó a mirar más de cerca lo que estaba pasando en la vida cotidiana de los brasileños. Lula puso sobre la mesa la inseguridad, el costo de vida, las deudas de las familias y las condiciones de trabajo. Y no se quedó solamente en las palabras. El aumento del Bolsa Família, las iniciativas para renegociar las deudas y el impulso al fin de la jornada laboral 6×1 comenzaron a ocupar un lugar importante en su agenda. A eso se sumó un discurso más firme sobre la seguridad y el combate al crimen organizado, uno de los temas que más preocupaban a los votantes.
Ese cambio terminó siendo una de las claves de la segunda vuelta. Lula dejó de apoyarse tanto en la nostalgia de sus años de gobierno y empezó a discutir los problemas que la gente tenía al salir a la calle, ir al supermercado o sentarse a hacer cuentas a fin de mes.
El desafío de hablarles a quienes ya no se reconocen en el PT
En São Bernardo do Campo, hablar de Lula es también hablar de la historia de Brasil. Fue en esa región industrial del estado de San Pablo donde el dirigente construyó su trayectoria sindical, en una época en la que las grandes fábricas reunían a miles de trabajadores y la organización colectiva tenía un lugar central en la vida política.
Allí se encuentra una de las claves para entender el desafío actual del Partido de los Trabajadores.
Durante la entrevista realizada en la sede local del PT, el presidente del Comité Municipal de São Bernardo do Campo, Ângelo Máximo de Oliveira Pinho, resreconoció que el legado de Lula sigue siendo fundamental para la identidad partidaria. Pero planteó, al mismo tiempo, que esa historia ya no alcanza para responder a las demandas de una sociedad que se transformó profundamente.
La reflexión introdujo un problema que excede las elecciones. El trabajador industrial que encontraba en el sindicato un espacio de representación convive hoy con empleados de plataformas digitales, trabajadores independientes, jóvenes atravesados por la informalidad y personas que construyen su identidad laboral desde experiencias mucho más individuales.
La expansión de las aplicaciones de transporte, la tercerización y las nuevas modalidades de contratación modificaron las relaciones laborales y también las formas de identificación política.

Mi entrevista puso el foco precisamente en esa transformación. Mientras que el trabajador de las grandes industrias podía reconocerse como parte de una clase con intereses compartidos, quienes hoy desarrollan sus actividades mediante plataformas digitales muchas veces se perciben como emprendedores individuales, incluso cuando sus condiciones de trabajo son precarias.
Para una fuerza política que nació del sindicalismo, el cambio supone algo más profundo que una renovación de campaña. El problema ya no consiste solamente en encontrar nuevos votantes, más bien en comprender a quiénes representa hoy el partido y cómo hablarles.
El dirigente reconoció que el PT tiene mecanismos internos de debate y autocrítica, pero también que la izquierda necesita interpretar nuevas necesidades sociales. La historia de las políticas públicas impulsadas durante los gobiernos de Lula constituye un capital político importante, aunque difícilmente pueda ser la única respuesta para las generaciones que crecieron después de sus primeros mandatos.
Ângelo Máximo de Oliveira Pinho sintetizó esa tensión al señalar que el partido no puede limitarse a defender su legado. Es necesario reconocer los avances del pasado, pero también dar respuestas a una realidad social diferente.
Esta lectura permite comprender una particularidad de esta elección de 2026. La movilización juvenil que contribuyó a fortalecer la candidatura de Lula no implica necesariamente que esos sectores hayan desarrollado una identificación duradera con el PT.
En otras palabras, el oficialismo consiguió reunir voluntades alrededor de una candidatura, pero todavía tiene por delante el desafío de convertir esa energía electoral en una representación política sostenida.
Lula es Lula, ¿pero quién viene después?
La pregunta por el futuro del PT apareció inevitablemente durante la entrevista en São Bernardo do Campo.
Con un Lula de 81 años que acaba de conseguir un cuarto mandato, el partido enfrenta una discusión que durante años pudo postergar gracias a la extraordinaria capacidad electoral de su fundador.
El dirigente local fue categórico al definir su figura: “Lula es insustituible”.
Sin embargo, aclaró que ese reconocimiento no significa que el PT sea incapaz de formar nuevos referentes. Por el contrario, consideró que las movilizaciones sociales y la participación de jóvenes pueden convertirse en espacios desde los cuales surjan nuevos liderazgos.
El problema es que la sucesión de Lula no se resuelve únicamente encontrando un nombre capaz de competir en una elección presidencial.
Supone construir una figura con capacidad de conectar con una sociedad heterogénea, mantener unida a la izquierda y, al mismo tiempo, ampliar su llegada hacia sectores que no se identifican tradicionalmente con el partido.

La experiencia de Fernando Haddad, quien asumió la candidatura presidencial del PT en 2018 mientras Lula permanecía en prisión, aparece como uno de los antecedentes de ese proceso. Su proyección nacional demostró que el partido dispone de dirigentes con experiencia y reconocimiento, aunque ninguno haya logrado reproducir hasta ahora la centralidad política de Lula.
El resultado de 2026 vuelve a colocar esa discusión en primer plano.
Paradójicamente, una victoria que confirma la vigencia del liderazgo de Lula también puede retrasar el surgimiento de una figura que lo suceda. Mientras el presidente siga siendo el principal factor de cohesión y competitividad electoral del PT, la renovación seguirá desarrollándose bajo su sombra.
Y hay un dato que vuelve más urgente esa discusión y es que Lula tendrá 84 años al finalizar su nuevo mandato.
La continuidad del proyecto político que encarna dependerá, entonces, de algo más que su popularidad. Dependerá de la capacidad del partido para interpretar las transformaciones sociales y formar dirigentes capaces de representar una nueva etapa.
El bolsonarismo perdió la presidencia, pero sigue siendo una fuerza decisiva
La derrota de Flávio Bolsonaro tampoco permite anticipar el final del movimiento político construido alrededor de su familia.
El candidato obtuvo casi 60 millones de votos y su partido consolidó una posición dominante dentro del Congreso. Aunque quedó fuera de la presidencia, el bolsonarismo conserva una estructura con capacidad para condicionar la agenda legislativa y disputar el rumbo político de Brasil.
Algunos errores de campaña, entre los que destaco el hecho de que Flavio comenzó a comportarse como si ya fuera presidente de Brasil, las referencias irónicas a la pandemia y las burlas dirigidas contra características físicas de Lula, ontribuyeron a debilitar su candidatura.
Esos episodios reavivaron el rechazo de sectores que estaban cansados de la agresividad del debate público.
La negativa de Flávio Bolsonaro a reconocer el resultado, y su posterior partida a Estados Unidos, agregó una nueva tensión a ese escenario. Su decisión de cuestionar las elecciones volvió a colocar al movimiento frente a la disyuntiv de sostener una estrategia de confrontación institucional o buscar nuevas formas de ampliar su representación.
Para el PT, sin embargo, sería un error interpretar la derrota presidencial como una pérdida definitiva de influencia de su adversario.
La distancia entre ambas candidaturas fue de apenas 3,58 puntos porcentuales. Una diferencia suficiente para definir la elección, pero demasiado estrecha como para hablar de un cambio profundo en las preferencias políticas de la sociedad.
El bolsonarismo perdió el balotaje. La disputa por el futuro de Brasil continúa abierta.
Lula, el hombre que volvió a desafiar la historia
Lo cierto es que hay victorias que se explican por los números y otras que necesitan recorrerse desde la historia de quienes las protagonizan. La de Lula da Silva tiene algo de ambas. Porque detrás de los millones de votos, de una remontada que pocos imaginaban y de un cuarto mandato presidencial, está la historia de un hombre que hizo de la adversidad una parte inseparable de su trayectoria política.
El obrero metalúrgico que comenzó su militancia en las fábricas de São Bernardo do Campo, que enfrentó a la dictadura, que construyó un partido desde el movimiento sindical y que llegó a la presidencia para cambiar el destino de millones de brasileños, volvió a reinventarse. Atravesó derrotas, cuestionamientos, investigaciones judiciales, la cárcel y una polarización que convirtió su figura en objeto de admiración y rechazo. Pero nunca perdió aquello que terminó convirtiéndose en su mayor fortaleza política: la capacidad de volver a empezar.
A los 81 años, Lula entendió que para seguir haciendo historia también tenía que adaptarse a los tiempos. El dirigente de los grandes discursos aprendió a comunicarse a través de un celular. El presidente que reivindicaba las conquistas de sus primeros gobiernos comenzó a hablar con más fuerza de las deudas familiares, la inseguridad, el salario y las dificultades cotidianas. Y el líder que había construido su identidad en el mundo industrial consiguió conectar con una sociedad atravesada por nuevas formas de trabajar, informarse y participar en política.

Su victoria no fue simplemente una demostración de experiencia. Fue, sobre todo, una prueba extraordinaria de resiliencia. Lula escuchó críticas, corrigió estrategias, reconstruyó alianzas y volvió a movilizar a millones de personas cuando el escenario parecía favorecer a su adversario. No se aferró únicamente a lo que había sido, encontró la manera de seguir siendo protagonista en un Brasil profundamente distinto.
Quedan por delante enormes desafíos, obvio. Un Congreso adverso, una economía que exige respuestas y una sociedad dividida pondrán a prueba su capacidad de gobernar. Pero ninguna de esas dificultades disminuye la dimensión de lo que acaba de conseguir.
Porque hay algo profundamente simbólico en esta elección y es que aquel trabajador metalúrgico que alguna vez desafió los límites de su propia historia volvió a demostrar que su liderazgo todavía tiene capítulos por escribir. Y lo hizo en una época en la que la política parece consumir dirigentes a una velocidad cada vez mayor, reinventándose una vez más para conquistar la confianza de millones de brasileños.
Lula ganó por cuarta vez la presidencia de Brasil. Pero su mayor victoria quizás esté en su extraordinaria capacidad para reinventarse, resistir y volver a despertar la esperanza de millones de brasileños. A los 81años, consiguió movilizar a una nueva generación de jóvenes y, al mismo tiempo, reencontrarse con esa militancia que lo acompañó durante décadas y lo reconoce como propio, que lo defendió en los momentos más difíciles y que todavía lo sigue con una lealtad conmovedora. Lo vi en las calles de São Paulo, entre banderas rojas, abrazos, lágrimas y generaciones que parecían hablar un mismo idioma.
Lula volvió a ganar. Y, una vez más, volvió a hacer historia.
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