América Latina llega a la elección brasileña después de casi dos años de urnas que modificaron buena parte del mapa político regional. Entre 2025 y 2026, Escenario Mundial viajó a cada uno de los países donde la derecha se consolidó en el poder. Y dirá presente en la primera vuelta en Brasil, que enfrentará a Lula da Silva y Flávio Bolsonaro.

Daniel Noboa consiguió la reelección en Ecuador; Rodrigo Paz puso fin a 20 años de predominio del MAS en Bolivia; José Antonio Kast devolvió a la derecha al poder en Chile; La Libertad Avanza de Milei venció al peronismo en las Legislativas; Nasry Asfura ganó en Honduras, con apoyo estadounidense; Abelardo de la Espriella se impuso en Colombia; y Keiko Fujimori alcanzó la presidencia de Perú, tras varios intentos.
El resultado es una región profundamente distinta a la de comienzos de 2025, con un mapa político desplazado hacia la derecha y varios gobiernos que encontraron en Washington un padrino que le regaló promesas económicas, diplomáticas y de seguridad.
Ese tablero resta que lo ocupe el territorio más grande de la región, Brasil. El próximo 4 de octubre se definirá el próximo presidente de la principal economía y el país más poblado de América Latina, con un PIB que representa cerca de un tercio del total regional.
“Brasil llega siendo, por lejos, el país de mayor peso relativo de la región”, explicó a este medio Macarena Vilaplana, asesora legislativa, politóloga especializada en política exterior latinoamericana. Por eso la disputa entre Lula y Bolsonaro excede quién ocupará el Palacio de Planalto durante los próximos cuatro años.
Estados Unidos vuelve a mirar hacia el sur
La elección también ocurre mientras Donald Trump vuelve a mirar hacia el sur. La Casa Blanca recuperó la Doctrina Monroe y la llevó hacia lo que el propio presidente republicano bautizó como “Doctrina Donroe”. Por eso, “esta elección funciona como bisagra”, remarcó Vilaplana.
“Con la mayoría de los gobiernos de la región corridos hacia la derecha y alineados con Washington, un cuarto mandato de Lula sería la principal anomalía: el país más grande de Sudamérica sosteniendo una lógica de autonomía frente a la potencia hegemónica”, explicó la especialista. Del otro lado, agregó, una victoria de Bolsonaro haría que “esa excepción desaparezca” y dejaría a la región prácticamente sin contrapesos políticos de ese peso frente a Esatdos Unidos.

Detrás de las dos candidaturas aparecen también dos formas distintas de pensar el lugar de Brasil en el mundo. “La oferta electoral de Lula se lee en clave de autonomía”, subrayó. Una política exterior que busca ampliar márgenes de acción mediante la integración regional, el multilateralismo, el derecho internacional, y espacios como los BRICS.
Mientras que, “la opción bolsonarista responde a una lógica de aquiesencia”, con una mayor disposición a alinearse con Washington en busca de beneficios políticos, económicos y estratégicos.
Lula llevó esta semana esa discusión hasta la Asamblea General de Naciones Unidas: “Brasil no cabe en el patio de nadie”, afirmó al advertir sobre el recrudecimiento de las “tentaciones hegemónicas” en América Latina.
Bolsonaro busca el respaldo de Trump
En julio de este año, Brian Winter, editor jefe de Americas Quarterly, indicó que los nuevos aranceles estadounidenses podían terminar perjudicando a los Bolsonaro.
Flávio Bolsonaro había viajado a Washington para intentar que la medida se postergara hasta después de las elecciones, mientras parte del electorado brasileño responsabilizaba a su familia por la escalada comercial.
El episodio repetía, para Winter, lo ocurrido un año antes, cuando la presión de Trump para favorecer a Jair Bolsonaro había provocado una reacción contra la injerencia extranjera y terminado fortaleciendo a nivel político a Lula.

La política hemisférica de Washington encuentra así uno de sus límites. Cuanto más visible se vuelve la intervención estadounidense, mayor puede ser el costo doméstico para sus propios aliados.
Un cuarto mandato de Lula no implicaría, sin embargo, una ruptura con Estados Unidos. Vilaplana habla más bien de una relación de “tensión administrada”. Brasil denunció públicamente las presiones estadounidenses y defendió su margen de decisión, pero mantuvo abiertos los canales de negociación biletaral.
La lógica de Brasil es discutir con Washington cuando los intereses brasileños chocan, pero evitar que esa disputa obligue al país a elegir definitivamente entre las grandes potencias.
“Sin cerrar el canal de negociación bilateral, hubo una denuncia pública de la injerencia, pero pragmatismo diplomático que no rompe puentes con ningún centro de poder”, sostuvo Vilaplana.
¿Y China?
China es la principal expresión de esa estrategia. Beijing es el mayor socio comercia de Brasil desde 2009 y concentra cerca de un tercio de sus exportaciones.
Un nuevo gobierno de Lula buscaría “profundizar esa diversificación en vez restringirla”, utilizando la relación con China y otros centros de poder para ampliar sus márgenes de autonomía.
En cambio, una victoria de Flávio Bolsonaro modificaría esa orientación polítca, pero tampoco significaría un divorcio con Beijing. “En un mundo interdependiente, el pragmatismo comercial suele imponerse incluso a gobiernos con vocación de alineamiento pleno”, señaló la especialista.

Argentina ofrece un antecedente cercano, cuando Milei llega al poder con fuertes cuestionamientos hacia China, y luego recula para mantener una buena relación comercial, y en paralelo porofundizaba su vínculo carnal con Trump.
Por eso, el 4 de octubre no se juega solo una presidencia y un nuevo Congreso. Brasil será la última gran elección de un ciclo que reconfiguró políticamente a América Latina al mismo tiempo que Estados Unidos volvió a reinvindicar al hemisforio como un espacio pritoritario de su política exterior.
Con Lula, la principal potencia regional mantendría una búsqueda de autonomía, diversificación y equilibrio entre grandes poderes. Con Bolsonaro, Brasilia podría acercarse a la lógica de aquiescencia que ya atraviesa a otros gobiernos latinoamericanos.
Ninguno de los dos escenarios ocurre en el vacío. El peso de China, la interdependencia económica y la propia dimensión de Brasil ponen límites a cualquier alineamiento absoluto. Después de una sucesión de elecciones que cambiaron el mapa regional, Brasil decidirá dónde llega ese giro.
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