A primera vista, Brasil parece estar a punto de repetir una elección conocida. Lula está de un lado. Bolsonaro, del otro. Pero basta con mirar los nombres completos en la boleta para entender que 2026 no es una reedición de 2022. El 4 de octubre, Luiz Inácio Lula da Silva buscará permanecer en el Palacio del Planalto frente a Flávio Bolsonaro, senador por Río de Janeiro e hijo mayor del expresidente. Jair no puede ser candidato. Su apellido, su electorado y buena parte del movimiento que construyó, en cambio, sí estarán en las urnas.

Ese desplazamiento convierte a la elección brasileña en algo más que otro capítulo de la confrontación entre izquierda y derecha. Es también una prueba sobre la capacidad de supervivencia de dos liderazgos profundamente personalistas. Lula consiguió, otra vez, ordenar detrás de su candidatura a buena parte de la centroizquierda brasileña. Flávio intenta hacer algo distinto, transformar el capital político creado alrededor de su padre en una candidatura presidencial propia.
Los números muestran que ya no se trata de un ejercicio teórico. El último Datafolha coloca a Lula en 39% y a Flávio en 36%, técnicamente empatados por el margen de error. Una medición de Quaest publicada el mismo fin de semana ubica al presidente en 37% y al senador en 33%; en un eventual balotaje, registra 42% para Flávio y 41% para Lula, también dentro del margen de error. Ninguna de esas cifras permite anticipar el resultado. Sí permiten afirmar algo más relevante para entender la transformación política brasileña y es que el bolsonarismo encontró un candidato capaz, al menos hasta ahora, de conservar un volumen electoral nacional competitivo sin Jair Bolsonaro en la boleta.
Lula: el candidato y, todavía, el punto de unión de la izquierda en Brasil
Luiz Inácio Lula da Silva llega a esta elección en una posición extraña incluso para un dirigente acostumbrado a campañas difíciles. Es el presidente en ejercicio, concentra la candidatura más fuerte de la izquierda y busca un cuarto mandato no consecutivo, pero lo hace con una administración cuya evaluación no acompaña automáticamente su intención de voto.
Datafolha encontró esta semana que 40% considera su gobierno malo o pésimo, frente a 34% que lo evalúa positivamente. En la valoración personal, 50% desaprueba su desempeño y 47% lo aprueba. Quaest dibuja una fotografía parecida. El dato importa porque muestra que el voto a Lula no puede leerse simplemente como plebiscito de gestión, su fortaleza electoral es mayor que la aprobación que registra su administración.

También continúa siendo el gran organizador de su espacio político. En julio, cinco de las principales fuerzas de centroizquierda convergieron detrás de su candidatura, una unidad inusual en la historia reciente de ese sector. Formalmente, Lula compite junto a Geraldo Alckmin dentro de Brasil Pronto pra Mais, mientras el TSE registra su programa y coalición de cara a octubre.
Esa capacidad de articulación, sin embargo, plantea una pregunta que excede 2026. Lula tiene 80 años y sigue funcionando como el principal elemento de cohesión de la izquierda brasileña. Su fortaleza inmediata convive así la una debilidad estructural de que el lulismo sigue teniendo más claridad sobre quién lo conduce que sobre quién podría sucederlo.
Flávio: heredero, pero no recién llegado a la política brasileña
El error más fácil al analizar a Flávio Bolsonaro sería describirlo únicamente como “el hijo de Jair”. Su apellido es indispensable para comprender su candidatura, pero no agota su recorrido.
Flávio empezó su carrera electoral hace más de dos décadas. Ocupó durante cuatro mandatos una banca en la Asamblea Legislativa de Río de Janeiro y en 2018 fue elegido senador con 31,3% de los votos válidos del estado. Su actividad política estuvo especialmente asociada a seguridad pública, sistema penitenciario y demandas vinculadas con las fuerzas de seguridad.
Lo novedoso no es, entonces, que un Bolsonaro distinto de Jair tenga experiencia política. Es que por primera vez el movimiento debe competir por la Presidencia a través de un representante que no es su fundador.

Jair Bolsonaro permanece inelegible por decisión del Tribunal Superior Electoral y cumple arresto domiciliario mientras continúa siendo una referencia para sus seguidores. Incluso bajo esas restricciones, su presencia atravesó la campaña de su hijo. Por ejemplo, la utilización de un avatar creado con inteligencia artificial del expresidente durante el lanzamiento de la candidatura de Flávio, fue un episodio que abrió una discusión jurídica sobre hasta dónde puede extenderse su participación política indirecta.
El episodio funciona casi como una metáfora de esta elección, Jair Bolsonaro no puede aparecer como candidato, pero la campaña discute permanentemente de qué manera puede seguir apareciendo.
¿Se puede heredar un movimiento?
Ahí está el interrogante central de estas elecciones en 2026.
El bolsonarismo nació ligado a Jair Bolsonaro, pero la investigación académica hace tiempo advierte que no se reduce a su biografía. Estudios sobre las elecciones de 2018 y 2022 identifican detrás de ese espacio una combinación de conservadurismo cultural, seguridad pública, antipetismo, posiciones económicas de derecha y desconfianza hacia determinadas instituciones, aunque con diferencias importantes dentro de su propio electorado.
Un trabajo publicado este año en Estudos Avançados, a partir de información electoral y educativa desagregada, encontró que la base bolsonarista se concentró especialmente entre electores de perfil socioeconómico alto y en regiones relativamente más ricas. El estudio permite escapar de una explicación puramente personalista y muestra que existe una sociología electoral del bolsonarismo que sobrevivió al gobierno de Jair Bolsonaro y a su derrota en 2022.

La religión constituye otra pieza, aunque tampoco admite simplificaciones. Una investigación publicada en 2025 en la Revista Brasileira de Ciência Política encontró que el respaldo de líderes religiosos incrementó la probabilidad de voto por Bolsonaro en 2022 entre evangélicos, pero detectó también efectos entre católicos. El hallazgo sugiere que las redes religiosas funcionan como estructuras de movilización política y que su papel es más complejo que la identificación automática entre evangelicalismo y derecha.
Flávio hereda esas redes, esas identidades y buena parte del repertorio político de su padre. Lo que todavía debe determinar la elección es si puede convertir una herencia en liderazgo propio.
Dos electorados que ya saben a quién no quieren
Hay una característica que une a las dos candidaturas mientras las separa políticamente: ambas despiertan adhesiones firmes y rechazos igualmente intensos.
Datafolha registraba a mediados de septiembre 46% de rechazo para Lula y el mismo porcentaje para Flávio. Quaest, utilizando su propia metodología, registró posteriormente 55% y 56%, respectivamente. Las cifras no son directamente intercambiables entre institutos, pero apuntan al mismo fenómeno: el próximo presidente puede surgir de una elección en la que una parte considerable del electorado define su voto tanto por identificación con un campo como por rechazo al contrario.
Las bases también mantienen diferencias reconocibles. Los estudios sobre el voto reciente muestran mayor fortaleza del PT entre sectores de menores ingresos y en el Nordeste, mientras el bolsonarismo conserva una inserción más fuerte entre estratos de mayor renta y territorios económicamente más prósperos. Las variables religiosas y educativas agregan nuevas divisiones a un mapa que no puede resumirse simplemente como pobres contra ricos o Nordeste contra Sur.
Por eso la elección de 2026 no marca necesariamente el fin de la polarización brasileña. Puede estar mostrando algo más significativo como su institucionalización.
En 2022, Lula y Jair Bolsonaro concentraron alrededor de sus figuras dos proyectos enfrentados. Cuatro años después, uno de esos líderes continúa en la boleta y el otro no. Sin embargo, el espacio dejado por Jair no fue ocupado por una derecha enteramente nueva, sino por un candidato de su propio apellido que consiguió llegar competitivo a los últimos días de campaña.
El 4 de octubre Brasil no decidirá solamente entre Lula y Flávio Bolsonaro. También empezará a responder dos preguntas que condicionarán su sistema político después de la elección: si la izquierda puede imaginarse más allá de Lula y si el bolsonarismo puede existir más allá de Jair.
La primera todavía no necesita respuesta inmediata. La segunda ya está siendo sometida a las urnas.
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