Durante más de cuatro siglos, gran parte del mundo aprendió a representar el planeta a través de una proyección diseñada en 1569 por el cartógrafo flamenco Gerhard Mercator, con un objetivo concreto: facilitar la navegación marítima. Con el tiempo, esta representación se incorporó a las aulas, los libros, los noticieros y, posteriormente, a internet, hasta convertirse en una de las formas más conocidas de representar el mundo.
La votación de la ONU del 4 de septiembre, en la que 164 países apoyaron reemplazar la proyección de Mercator por Equal Earth, vuelve a poner en discusión una cuestión que excede a la cartografía: cómo las decisiones técnicas y las convenciones utilizadas para representar el planeta pueden influir en la percepción que tenemos de los distintos territorios.
¿Distorsión inocente?
Uno de los ejemplos más conocidos de las características de la proyección de Mercator es Groenlandia. En el mapa aparece con un tamaño similar al de África, cuando en realidad el continente africano es aproximadamente 14 veces más grande. Esto se debe a que la proyección aumenta progresivamente el tamaño de los territorios a medida que se alejan del ecuador. Como consecuencia, regiones ubicadas en latitudes altas, como Europa, Norteamérica y Rusia, aparecen proporcionalmente más grandes, mientras que las cercanas al ecuador se representan de menor tamaño.
Esta característica generó, especialmente en las últimas décadas, distintos cuestionamientos sobre los efectos que puede tener la utilización prolongada de esta proyección. Algunos de ellos señalan que la representación puede contribuir a una percepción desproporcionada del tamaño y la importancia de determinadas regiones.
El debate también adquirió una dimensión histórica debido a que la proyección comenzó a utilizarse en el contexto de la expansión marítima europea y posteriormente se convirtió en una herramienta ampliamente utilizada en Occidente. Sin embargo, la relación entre la proyección y las representaciones de poder es objeto de debate entre especialistas y no puede reducirse únicamente a una cuestión de tamaño territorial.
Lo que naturalizamos es lo más difícil de cuestionar
Quizás uno de los aspectos más relevantes de este debate sea el tiempo durante el cual una determinada forma de representar el mundo puede mantenerse sin ser cuestionada de manera generalizada. La proyección de Mercator fue creada hace más de cuatro siglos y, aunque actualmente existen numerosas alternativas, continúa siendo reconocible y utilizada en distintos ámbitos.
Algo similar ocurre con otras convenciones cartográficas. Por ejemplo, la decisión de ubicar el hemisferio norte en la parte superior de los mapas no responde a una característica física del planeta. El espacio podría representarse con el sur arriba o con otras orientaciones. La elección del norte como referencia responde a una convención que se consolidó históricamente y que hoy resulta habitual.
Esto permite observar que los mapas no son reproducciones exactas del territorio, sino representaciones elaboradas a partir de determinadas decisiones técnicas. Dependiendo de la proyección utilizada, pueden priorizarse diferentes características, como el tamaño, las distancias, las formas o las direcciones.
Lo que resistió el cambio
Estados Unidos fue el único país que votó en contra de la resolución y calificó la iniciativa como un “proyecto ideológico radical”. La postura refleja una de las principales discusiones que acompañaron el debate sobre el reemplazo de Mercator: si la elección de una determinada proyección debe entenderse únicamente como una cuestión técnica o si también puede tener implicancias políticas y culturales.
La propuesta fue impulsada por Togo en representación del Grupo Africano y recibió también el respaldo de la Unión Europea. La resolución no implica que todos los mapas deban cambiar inmediatamente de proyección, pero sí promueve el uso de Equal Earth como una alternativa que permite representar de manera más proporcional las superficies de los distintos territorios.
Más allá de cuál proyección termine predominando, el debate plantea una cuestión más amplia: hasta qué punto las convenciones que utilizamos para representar el mundo influyen en la forma en que lo entendemos. En ese sentido, la discusión sobre Mercator no se limita a decidir qué mapa utilizar, sino también a revisar por qué determinadas representaciones se volvieron tan habituales y qué otras alternativas existen.
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