La guerra en Ucrania dejó una de las lecciones más claras para los ejércitos del siglo XXI: en un campo de batalla saturado de drones, detectar una amenaza aérea pequeña y de baja altura puede ser tan importante como disponer del sistema capaz de destruirla. Brasil acaba de dar un paso en esa dirección con las pruebas del radar de vigilancia terrestre SENTIR M20, que logró detectar y seguir un DJI Matrice 400 a una distancia de hasta 4 kilómetros durante un ensayo realizado por el Ejército brasileño.

Créditos: X (@DefensaSulGlobal)
La prueba fue realizada por el Centro Tecnológico del Ejército (CTEx) en el Centro de Avaliação do Exército (CAEx). Según la información difundida sobre el ensayo, el objetivo fue evaluar el comportamiento del SENTIR M20 frente a un vehículo aéreo no tripulado y determinar su capacidad para realizar tareas de vigilancia del espacio aéreo de baja altitud. El resultado fue considerado por el CTEx como evidencia de un buen desempeño de sensoriamento y abre la posibilidad de incorporar el sistema a futuras arquitecturas de defensa contra drones.
El dato de los 4 kilómetros es relevante, pero debe ser interpretado con precisión. Esa distancia corresponde a la máxima detección registrada durante esa prueba con el DJI Matrice 400 y bajo las condiciones específicas del ensayo. No significa que el SENTIR M20 pueda detectar cualquier tipo de dron a cuatro kilómetros ni establece por sí solo una capacidad completa de defensa antidrones.
La guerra en Ucrania también enseñó que producir es una capacidad militar
El desarrollo del SENTIR M20 adquiere mayor significado cuando se observa junto con otros programas brasileños. En marzo, Brasil presentó el primer F-39E Gripen producido en territorio nacional, ensamblado en el complejo industrial de Embraer en Gavião Peixoto. El hito convirtió al país en el primero de América Latina en producir localmente un caza supersónico avanzado, dentro de una asociación con la sueca Saab que incluye transferencia de conocimientos y capacitación.

La cooperación acaba de dar otro paso. En julio, Saab y Embraer firmaron un acuerdo que establece las bases para la potencial producción de 20 Gripen adicionales en Brasil. Embraer sería responsable del ensamblaje en Gavião Peixoto, donde funciona la única línea de montaje final del Gripen fuera de Suecia. Si el acuerdo se concreta, la planta brasileña no solo serviría para abastecer a la Fuerza Aérea Brasileña, sino que podría ampliar su papel dentro de la cadena global de producción del avión.
La industria militar es clave
Esta evolución responde a una segunda lección de los conflictos contemporáneos, y es que la autonomía militar depende de la capacidad industrial tanto como del equipamiento adquirido. Las guerras prolongadas pueden consumir enormes cantidades de munición, piezas de repuesto, drones, interceptores y sistemas electrónicos. Depender completamente de proveedores externos implica quedar expuesto a sus restricciones de producción, prioridades estratégicas y decisiones políticas.

Brasil también está trasladando esa lógica al ámbito de los misiles. El Ejército y la empresa Avibras Aeroco avanzaron durante 2026 en las directrices para el desarrollo del Misil Táctico Balístico (MTB) dentro del programa estratégico ASTROS-FOGOS. La propia Avibras señala que el AV-SS-100 se encuentra en desarrollo y tendrá un alcance superior a 100 kilómetros, con capacidad para ser lanzado desde plataformas ASTROS.
La lección brasileña: no depender de una sola tecnología
Los tres programas —radar, caza y misil— revelan una estrategia más amplia. Brasil no está apostando únicamente por comprar sistemas sofisticados en el exterior, sino por desarrollar capacidades nacionales que permitan operar, mantener, modernizar y eventualmente producir sistemas complejos dentro del país.
La experiencia de Ucrania demuestra por qué esta cuestión es relevante. La innovación militar ocurre a una velocidad que dificulta depender exclusivamente de ciclos tradicionales de adquisición. Los drones evolucionan, la guerra electrónica se adapta, los sensores cambian y los sistemas de defensa deben responder continuamente. Incluso Estados Unidos está recurriendo a tecnología desarrollada en Ucrania para mejorar sus propias capacidades antidrones frente a las amenazas observadas en Medio Oriente.
Para Brasil, la lección no implica copiar el modelo ucraniano ni prepararse para un conflicto idéntico. Su objetivo estratégico es diferente. Se trata de construir una Base Industrial de Defensa suficientemente amplia para reducir vulnerabilidades externas y sostener capacidades militares críticas en escenarios de crisis prolongada.
Brasil sigue buscando liderar el ámbito tecnológico y militar en América Latina
En ese sentido, el SENTIR M20, el Gripen producido en Gavião Peixoto y el desarrollo del AV-SS-100 forman parte de una misma tendencia. Uno aporta vigilancia de baja altura; otro, capacidad de combate aéreo avanzado; el tercero busca ampliar el poder de fuego de largo alcance. Juntos representan algo más importante que tres programas separados: la búsqueda brasileña de una mayor autonomía tecnológica y militar.
La principal lección de las guerras actuales, entonces, no es solamente que los drones cambiaron el campo de batalla. Es que la capacidad de adaptarse, producir y reponer tecnología puede convertirse en una ventaja estratégica en sí misma. Brasil parece haber entendido que la próxima guerra no se ganará únicamente con los sistemas disponibles hoy, sino con la capacidad de desarrollar los que serán necesarios mañana.
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