La integración de aeronaves de combate retiradas y transformadas en vehículos aéreos no tripulados (UAV) representa una de las evoluciones más significativas en la doctrina de masa precisa asequible observada en los conflictos contemporáneos. Este ecosistema tecnológico, consolidado por las lecciones de la guerra en Ucrania, demuestra que plataformas de bajo costo pueden disputar el control de áreas estratégicas y obligar a flotas superiores a agotar sus recursos defensivos. En este contexto, China ha emergido como el líder indiscutible mediante la reconversión masiva de su flota de cazas J-6, una versión local del MiG-19 soviético de los años 50, en drones de ataque conocidos como J-6W.
Se estima que Beijing ha desplegado una flota de más de 200 unidades de este tipo, situándolas estratégicamente en seis bases aéreas clave cerca del Estrecho de Taiwán, principalmente en las provincias de Fujian y Guangdong. Imágenes satelitales recientes han revelado filas de estas aeronaves en aeródromos como el de Longtian, listas para ser empleadas en las fases iniciales de una operación militar de alta intensidad.
Esta estrategia se enmarca en la ambición de China de alcanzar un rejuvenecimiento nacional para 2049, contando con una fuerza militar de clase mundial capaz de “luchar y ganar”. Para el año 2027, el PLA se ha fijado objetivos de modernización que incluyen la integración de la mecanización con la informatización e inteligentización de sus fuerzas.
La doctrina de Guerra de Precisión Multidominio (MDPW) es el núcleo de este pensamiento operacional, buscando explotar los puntos débiles de los sistemas de los Estados Unidos mediante el uso de redes integradas de mando y control (C4ISR) potenciadas por inteligencia artificial. En el Estrecho de Taiwán, esta capacidad de emplear masa autónoma podría ser más decisiva que el poder de fuego tradicional, permitiendo paralizar líneas de suministro y centros de mando en un escenario de logística disputada.
Durante el año 2025, el PLA incrementó drásticamente su actividad militar en el Indo-Pacífico, registrando un récord de 3.764 incursiones aéreas en la zona de identificación de defensa aérea (ADIZ) de Taiwán. Ejercicios de gran escala como Justice Mission 2025 simularon bloqueos marítimos y cercos totales, involucrando por primera vez buques de asalto anfibio tipo 075 y el despliegue de aeronaves desde el portaaviones Liaoning. Estas maniobras no solo buscan la intimidación política, sino también el adiestramiento en condiciones reales para una posible invasión anfibia, considerada la operación más compleja para el PLA. Como respuesta, potencias como los Estados Unidos han reforzado su estrategia de disuasión por denegación, fortaleciendo alianzas con naciones como Filipinas mediante la modernización de infraestructura y el despliegue de patrulleras de respuesta rápida.
El uso de enjambres y drones interceptores, como el sistema ucraniano STING diseñado para combatir amenazas como el Shahed, subraya que la guerra moderna se ha transformado en un proceso de desgaste tecnológico continuo.
China también está invirtiendo fuertemente en tecnologías de ruptura que incluyen misiles hipersónicos, biotecnología y computación cuántica para asegurar una ventaja estratégica. Sin embargo, la efectividad de estas innovaciones dentro del PLA se ve amenazada por problemas internos de corrupción en la adquisición de equipos, lo que ha llevado a la purga de altos mandos en la Comisión Militar Central y en la Fuerza de Cohetes. A pesar de estos desafíos, el despliegue de cazas reconvertidos sigue siendo una pieza central de la táctica de zona gris, donde China utiliza su fuerza militar para presionar sin llegar al conflicto abierto.
En conclusión, la reutilización de aviones retirados como drones es una manifestación clara de cómo el PLA planea compensar sus desventajas relativas frente a sistemas “exquisitos” y costosos de sus adversarios. Al inundar el campo de batalla con masa autónoma supersónica, Beijing no solo busca la destrucción física del enemigo, sino el agotamiento total de sus inventarios estratégicos de defensa. Este enfoque, combinado con el desarrollo de un sistema de conciencia del campo de batalla casi perfecto, está redefiniendo la planificación militar en el Pacífico y obligando a las potencias globales a repensar sus modelos de interoperabilidad y defensa aérea.
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