Representantes del gobierno isleño de Malvinas viajaron a Canadá para pedir que Ottawa respalde públicamente su supuesto derecho a la autodeterminación durante la Asamblea General de la OEA, en una maniobra diplomática que busca correr el eje de la discusión: de la disputa de soberanía entre Argentina y el Reino Unido hacia la voluntad política de una población implantada bajo administración británica.

El movimiento no es casual. La Asamblea de la OEA funciona desde hace décadas como uno de los espacios regionales donde la Argentina recoge respaldo para que Londres vuelva a la mesa de negociaciones. Por eso, el intento de los isleños apunta a quebrar o matizar ese consenso, usando a Canadá como plataforma para reinstalar una narrativa favorable al Reino Unido.
La ofensiva fue encabezada por miembros de la Asamblea Legislativa isleña, que mantuvieron reuniones en Ottawa con funcionarios, parlamentarios y senadores. Su pedido fue directo: que Canadá retome una posición pública en favor de la autodeterminación, como ya había hecho años atrás, y que esa señal aparezca en el marco de la reunión hemisférica.
El problema es que esa fórmula omite el punto central del caso Malvinas. Para la Argentina, no se trata de una colonia clásica que deba decidir entre independencia o continuidad colonial, sino de una disputa de soberanía reconocida por Naciones Unidas entre dos Estados. Ese marco no habla de “deseos” de los isleños, sino de tener en cuenta sus intereses dentro de una negociación bilateral.

La jugada también revela una contradicción: los isleños se presentan como una comunidad autosuficiente y autónoma, pero dependen del Reino Unido para su defensa, su política exterior y el paraguas diplomático que sostiene la ocupación. Es decir, piden ser tratados como sujeto político propio cuando les conviene, pero dentro de una arquitectura militar, jurídica y externa diseñada por Londres.
Canadá queda en una posición incómoda. Por un lado, tiene vínculos históricos y políticos con el Reino Unido, además de antecedentes de apoyo al argumento isleño. Por otro, mantiene una posición neutral sobre la disputa territorial, participa del consenso de la OEA sobre la cuestión Malvinas y busca profundizar su relación económica con la Argentina, especialmente en minería, energía, minerales críticos y comercio con el Mercosur.
El timing tampoco es menor. La presión isleña llega después de que la OEA volviera a reclamar negociaciones entre Argentina y Reino Unido, y en un contexto de renovada atención sobre el Atlántico Sur por inversiones británicas, infraestructura militar en Malvinas, exploración petrolera y presencia permanente en Monte Agradable. La autodeterminación aparece así como una herramienta para tapar la discusión de fondo: soberanía, recursos y militarización.
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Los canadienses son británicos y están en América, como Malvinas. Obviamente los canadienses respsldarán a la Corona Británica que los gobierna. No puede esperarse otra cosa