A pocas semanas de la segunda vuelta presidencial, la sensación que se percibe en Colombia es difícil de describir. El país vive una de las campañas más polarizadas de los últimos años, pero también una de las más mediáticas de su historia reciente. Las discusiones políticas dominan las redes sociales, los grupos familiares y buena parte de la conversación pública. Sin embargo, detrás del ruido cotidiano surge una pregunta incómoda: ¿qué tanto se está discutiendo realmente sobre el futuro del país?

La elección enfrenta a dos visiones de país distintas. De un lado se encuentra Iván Cepeda, senador y heredero político del progresismo que llevó a Gustavo Petro a la presidencia en 2022. Del otro, Abelardo de la Espriella, abogado, empresario y figura mediática que ha logrado capitalizar buena parte del descontento acumulado durante los últimos años. Aunque representan proyectos políticos diferentes, ambos se han visto obligados a competir en un escenario donde las emociones parecen tener más peso que los programas de gobierno.
La campaña también ha dejado varias paradojas. A pesar del desgaste que inevitablemente acompaña a cualquier gobierno, la izquierda continúa siendo la principal fuerza política organizada del país. Las elecciones legislativas mostraron un progresismo capaz de conservar una base electoral considerable y el propio Iván Cepeda obtuvo más votos que los alcanzados por Gustavo Petro en la primera vuelta de hace cuatro años. Sin embargo, lejos de consolidar una posición dominante, estos resultados conviven con una polarización aún más intensa que la observada en 2022.
El crecimiento de Abelardo de la Espriella tampoco puede entenderse únicamente desde la política colombiana. Su ascenso refleja tendencias presentes en buena parte del continente. Al igual que Donald Trump en Estados Unidos, Javier Milei en Argentina o Nayib Bukele en El Salvador, ha construido una narrativa basada en la confrontación con las élites políticas tradicionales, la promesa de restaurar el orden con mano dura y un discurso que apela más a las emociones que a los tecnicismos. Paradójicamente, el candidato que se presenta como outsider terminó recibiendo el respaldo de buena parte de los partidos tradicionales tras la derrota de sus propios candidatos en primera vuelta.

Pero quizás el aspecto más llamativo de esta elección sea la forma en que se ha desarrollado. Colombia asiste a su primera campaña presidencial marcada por el uso masivo de herramientas de inteligencia artificial, contenido digital y estrategias de comunicación diseñadas para maximizar el impacto en redes sociales. Influencers, creadores de contenido, páginas de memes y comunidades digitales que tradicionalmente permanecían alejadas de la política han participado activamente en la disputa electoral. La campaña terminó pareciéndose más a una disputa por dominar tendencias que a una discusión sobre el futuro del país.
En este punto resulta inevitable recordar “La sociedad del espectáculo” de la que habló Guy Debord en 1967. El filósofo francés sostenía que las representaciones terminan desplazando a la realidad hasta convertirse en la principal forma de relacionarnos con ella. Algo similar parece haber ocurrido durante la campaña colombiana. Gran parte de la discusión pública giró alrededor de videos virales, polémicas digitales, declaraciones controvertidas y tendencias en redes sociales.
El contraste entre los programas de gobierno ilustra bien este fenómeno. Mientras la propuesta programática de Iván Cepeda supera las cuatrocientas páginas, la de Abelardo de la Espriella apenas alcanza tres. La extensión de un documento no determina la calidad de una propuesta, pero sí plantea una pregunta relevante: ¿cuántos ciudadanos están votando por programas de gobierno y cuántos lo hacen por la imagen construida alrededor de un candidato?

La ausencia de debates presidenciales también refleja esta transformación. Durante buena parte de la campaña, Iván Cepeda evitó confrontaciones directas bajo la convicción de que llegaría cómodamente a la segunda vuelta. Cuando el escenario cambió y la competencia se volvió más estrecha de lo esperado, fue De la Espriella quien comenzó a imponer condiciones difíciles de aceptar. El resultado fue una de las campañas más intensas de los últimos años y, al mismo tiempo, una de las más pobres en deliberación pública entre los principales aspirantes a la Presidencia.
Sin embargo, el verdadero problema no parece estar en las estrategias de campaña. Lo preocupante es aquello que prácticamente nadie está discutiendo. Mientras el mundo debate inteligencia artificial, competencia tecnológica, transición energética y reindustrialización, Colombia continúa atrapada en categorías políticas heredadas de la Guerra Fría, discutiendo permanentemente quién tiene la culpa de los problemas nacionales, en lugar de cómo resolverlos.
La mayoría de los intercambios entre simpatizantes de uno y otro candidato siguen girando alrededor de acusaciones de comunismo, fascismo, castrochavismo, paramilitarismo o guerrillerismo. Se trata de conceptos que movilizan emociones y generan adhesiones políticas, pero que aportan poco a la discusión sobre cómo aumentar la productividad nacional, fortalecer las capacidades tecnológicas del país o definir una estrategia de inserción internacional en un mundo cada vez más competitivo.
Quizás por eso los mapas electorales resultan tan reveladores. Las regiones más afectadas por el conflicto armado respaldaron mayoritariamente a Iván Cepeda, mientras buena parte del centro político y económico del país se inclinó por Abelardo de la Espriella. La imagen recuerda en varios aspectos el plebiscito por la paz de 2016 y sugiere que muchas de las fracturas que han marcado la historia reciente de Colombia siguen abiertas.
Visto desde el país, la elección parece mucho más que una competencia entre dos candidatos y, como ocurre cada cuatro años, las discusiones terminan girando alrededor de los mismos miedos y las mismas divisiones. Esto es el reflejo de una sociedad profundamente dividida, donde las emociones suelen imponerse a las propuestas y donde los debates sobre el pasado ocupan más espacio que las discusiones sobre el futuro.
Las diferencias entre Iván Cepeda y Abelardo de la Espriella son reales y tendrán consecuencias concretas sobre la economía, la seguridad o la política exterior colombiana. Sin embargo, el desafío más importante trasciende a ambos candidatos. Mientras Colombia continúe interpretando sus problemas a través de categorías y colores políticos del siglo pasado, seguirá teniendo dificultades para responder a los desafíos del presente. Más allá del resultado electoral, el reto será construir una discusión nacional sobre desarrollo, productividad, tecnología e inserción internacional. Porque ninguna elección, por importante que sea, puede sustituir la necesidad de pensar qué lugar quiere ocupar Colombia en el mundo.
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