En Londres, la filtración del Pentágono no fue leída como un rumor menor ni como una excentricidad más del trumpismo. La prensa británica la trató como una señal concreta de deterioro en la relación entre Estados Unidos y el Reino Unido, con Malvinas metidas de lleno en una disputa más amplia por la guerra con Irán, el rol de la OTAN y el desgaste de la llamada “relación especial”.

La primera reacción oficial fue la de Downing Street. Un vocero de Keir Starmer salió a marcar que la posición británica sobre las islas “es de larga data” y “no ha cambiado”, y remarcó que la soberanía “recae en el Reino Unido” y que el derecho de autodeterminación de los isleños sigue siendo “primordial”. La respuesta muestra que el gobierno británico entendió que debía contestar rápido y en términos duros, no dejar pasar la filtración como si fuera irrelevante.
El modo en que reaccionó la prensa británica confirma esa lectura. The Guardian presentó el episodio como un golpe directo de Washington sobre uno de los temas más sensibles de la política exterior británica y destacó que Downing Street “hit back” contra la filtración. En su cobertura política, además, subrayó algo poco frecuente: la unidad casi total del arco político británico para cerrar filas detrás de la soberanía sobre las islas.
The Telegraph fue todavía más explícito. En el texto aportado para esta nota, el diario encuadra la filtración como una posible represalia de Trump por la falta de apoyo británico en la guerra contra Irán. No la presenta como una hipótesis abstracta, sino como parte de una lista de castigos evaluados por el Pentágono para aliados que no facilitaron bases, sobrevuelo o apoyo operativo. En esa lectura, Malvinas aparece directamente como ficha de presión sobre Starmer.

La prensa popular británica también tomó el tema en clave de alarma. The Sun habló de una amenaza de Trump a la soberanía británica y presentó la reacción de Starmer como un “hands off”, es decir, como una necesidad de plantarse públicamente frente a un cruce que ya dejó de ser solo diplomático. El tabloide incluso llevó el asunto al terreno doméstico al sumar críticas de figuras políticas y militares contra el presidente estadounidense.
La BBC, por su parte, hizo otra lectura importante: ubicó la filtración como un nuevo punto de fricción entre Washington y Londres en un momento particularmente delicado, apenas antes de la visita del rey Carlos III a Estados Unidos. Ese encuadre importa porque muestra que, para los medios británicos más institucionales, el tema no se agotó en una discusión sobre Malvinas, sino que pasó a tocar el estado general del vínculo político entre ambos gobiernos.
En Londres no se encendieron las alarmas solo porque alguien mencionó a Malvinas en un memo. Se encendieron porque la filtración sugiere que, en ciertos niveles del aparato estadounidense, la posición sobre las islas puede entrar en revisión como parte de una pelea más grande con Europa y, en particular, con el gobierno de Starmer. Por eso la reacción oficial británica fue inmediata y por eso la prensa la leyó como una señal de tensión real en la “relación especial”, no como un episodio pasajero.
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