El rompehielos ruso Akademik Tryoshnikov arribó al puerto chileno de Punta Arenas el 22 de febrero en tránsito hacia la Antártida, como parte de la 71ª Expedición Antártica Rusa. La embarcación transporta científicos y cerca de 2.000 toneladas de carga destinadas a abastecer las estaciones rusas en el Continente Blanco, en una operación que combina logística estratégica y despliegue científico en una región de creciente relevancia geopolítica.

Según informó la Embajada de Rusia en Chile, el buque continuará su ruta hacia las estaciones rusas Bellingshausen, Novolázarevskaya, la base Molodiózhnaya y la estación Progrés. La misión contempla el traslado de víveres, combustible, materiales y equipamiento especializado para garantizar la operatividad de las bases durante el año, en el marco del sistema del Tratado Antártico.
El programa científico de la expedición incluye 47 investigaciones integrales con participación de 23 institutos y organizaciones científicas rusas. Entre las actividades previstas se destacan estudios meteorológicos, radiológicos y geofísicos permanentes, investigaciones oceanográficas de temporada y monitoreo de fauna en islas subantárticas. También se desarrollarán trabajos orientados a la identificación de compuestos con potencial medicinal en microorganismos antárticos, un campo que ha cobrado creciente interés por su valor biotecnológico.
Logística polar y proyección estratégica en el extremo sur
El paso por Punta Arenas vuelve a subrayar el rol de Chile como plataforma logística clave para operaciones antárticas, tanto científicas como estatales. La ciudad austral funciona como punto de apoyo recurrente para buques que se dirigen al sector antártico occidental, facilitando reaprovisionamiento y coordinación técnica.

La presencia rusa en la Antártida se mantiene dentro de los márgenes del Tratado Antártico, que prohíbe actividades militares y consagra el uso pacífico del continente. Sin embargo, la intensificación de programas científicos y la modernización de capacidades logísticas por parte de distintas potencias —entre ellas Rusia y China— es observada con atención por países con intereses directos en el Atlántico Sur y el Cono Sur.
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