El petróleo de Venezuela volvió al centro del debate energético internacional, ya no solo por el volumen de sus reservas, ahora por la revelación de su complejidad y el desafío que representa para Estados Unidos. Un informe especial publicado por Reuters señala que, pese a poseer las mayores reservas probadas del planeta, la producción venezolana enfrenta limitaciones estructurales debido a la naturaleza pesada de su crudo, lo que dificulta su extracción, refinación y comercialización internacional.

A diferencia del petróleo ligero producido en otras regiones, gran parte del crudo venezolano proviene de la Faja del Orinoco y requiere ser diluido o procesado mediante mejoradores industriales antes de poder transportarse o refinarse. Esto implica la necesidad de tecnología especializada, diluyentes importados y refinerías complejas. Sin esos elementos, las reservas permanecen en gran medida como riqueza potencial y no como capacidad energética efectiva.
La industria petrolera venezolana se encuentra en una situación crítica, de acuerdo a datos publicados por Reuters, sus plataformas petroleras activas se redujeron de 12 en 2020 a solo tres en 2024, según la OPEP. Su red de oleoductos está envejeciendo, con tramos que se estima que tienen más de 50 años, y sus refinerías operan muy por debajo de su capacidad.
El petróleo venezolano como un activo estratégico pero con gran restricción estructural para Trump
En este sentido, dicha limitación técnica se traduce también en una restricción geopolítica. Venezuela depende de socios externos para sostener su industria petrolera, particularmente empresas internacionales capaces de aportar capital, tecnología y acceso a mercados. Esta condición explica la importancia estratégica de las licencias que pueda otorgar Estados Unidos a compañías como Chevron, que permiten mantener niveles mínimos de producción y exportación.

En pocas palabras, el país posee abundancia de recursos, pero carece de autonomía tecnológica para explotarlos plenamente. La combinación de de decadas de mala gestión por parte del chavismo, sanciones, caída de inversión y degradación operativa de PDVSA limita su producción y convierte al petróleo ya no tanto un factor de negociación diplomática permanente entre Caracas y Washington, sino como un activo estratégico con una gran restricción estructural.
Los desafíos para Venezuela y Estados Unidos
Lo cierto es que la magnitud del desafío queda reflejada en las estimaciones del sector energético. De acuerdo con Rystad Energy, Venezuela necesitaría alrededor de 183.000 millones de dólares en inversiones petroleras y gasíferas para recuperar una producción cercana a los 3 millones de barriles diarios hacia 2040, una cifra superior incluso a su propio PIB reciente. Sin embargo, la materialización de ese capital sigue siendo incierta.

La demanda de crudo venezolano por parte de refinerías estadounidenses continúa limitada y, pese a los incentivos políticos de Washington para que empresas norteamericanas participen en el sector, las compañías han evitado compromisos de gran escala. En este contexto, la recuperación productiva del país aparece menos como una cuestión de reservas disponibles y más como un problema de confianza, financiamiento y viabilidad tecnológica dentro del mercado energético internacional,
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