La posibilidad de un enfrentamiento militar directo entre Irán y Estados Unidos volvió a ubicarse en el centro del debate estratégico en Medio Oriente. Más allá de la retórica, Teherán delineó una visión de cómo respondería a un ataque estadounidense y bajo qué condiciones considera posible “ganar” un conflicto contra la principal potencia militar del mundo.

En este sentido, la doctrina iraní fue expuesta en medios cercanos al Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI), especialmente la agencia Tasnim, y coincide en líneas generales con evaluaciones de inteligencia occidentales. Parte de un supuesto clave es que Estados Unidos atacaría primero, probablemente mediante bombardeos aéreos y de misiles contra instalaciones nucleares, bases militares y centros de mando, muchos de ellos ubicados en zonas densamente pobladas.
De acuerdo con analistas militares, Washington posee ventajas tecnológicas decisivas —aviones furtivos, municiones de precisión, guerra electrónica y capacidades hipersónicas— que permitirían infligir daños severos en la fase inicial. Sin embargo, Irán afirma haber dispersado y enterrado activos críticos, construyendo una arquitectura de mando redundante diseñada para sobrevivir al primer golpe .
Irán ataca Estados Unidos con ayuda
La respuesta iraní, según su propio planteamiento, sería inmediata y regional. Teherán prevé ataques con misiles balísticos y drones contra bases estadounidenses en Qatar, Kuwait, Emiratos Árabes Unidos, Irak y Siria. La base aérea de Al-Udeid, en Qatar, considerada el principal centro operativo de Estados Unidos en la región, figura como objetivo prioritario, como ya ocurrió tras los ataques de 2025 .

A esta ofensiva directa se sumaría la activación del llamado “eje de resistencia”, con Hezbolá en Líbano, milicias chiíes en Irak y los hutíes en Yemen. No obstante, expertos occidentales advierten que esta coordinación enfrenta límites reales. Las capacidades de Hezbolá y Hamás fueron degradadas, y los Estados anfitriones podrían intentar frenar operaciones desde su territorio para evitar represalias devastadoras.
El elemento distintivo del plan es la saturación de defensas. Irán no confía en penetrar sistemáticamente las defensas aéreas estadounidenses, más bien apunta a lanzar suficientes proyectiles como para que algunos impacten, generando bajas, daños a infraestructura y presión política. Según estimaciones del Comando Central de EE. UU., Irán llegó a poseer más de 3.000 misiles balísticos antes de los recientes conflictos, aunque Israel destruyó aproximadamente un tercio de los lanzadores en 2025 .
La capacidad misilística iraní se configura como central en la estrategia
En este contexto, la capacidad misilística iraní constituye un pilar central de su estrategia. Antes de los enfrentamientos de 2024 y 2025, el Comando Central de Estados Unidos estimaba que Irán disponía de más de 3.000 misiles balísticos, sin contar su creciente inventario de misiles de crucero de ataque terrestre. Aunque Israel destruyó una parte significativa de lanzadores y depósitos durante el último conflicto, evaluaciones del Instituto para el Estudio de la Guerra y del American Enterprise Institute indican que Teherán conserva un arsenal operativo considerable y ha avanzado activamente en la reposición y modernización de sus existencias.

Más allá del volumen, la evolución cualitativa del arsenal resulta clave. Durante las últimas dos décadas, Irán priorizó la precisión, la preparación para el combate y el uso de misiles de combustible sólido, reduciendo los tiempos de lanzamiento y aumentando la supervivencia frente a ataques preventivos. Sistemas como el Fateh-313, el Dezful o el Kheibar Shekan, reflejan ese cambio doctrinal. A ello se suma el desarrollo de ojivas maniobrables diseñadas para evadir defensas antimisiles y la existencia de múltiples “ciudades de misiles” subterráneas, que complican la detección y destrucción preventiva.
Guerra cibernética y paralización de los suministros mundiales de petróleo
Un tercer pilar es la guerra cibernética. Irán considera vulnerables los sistemas de transporte, energía y finanzas estadounidenses y de sus aliados regionales. Aunque estas capacidades difícilmente sean decisivas por sí solas, pueden amplificar el impacto psicológico y logístico del conflicto. El precedente del ataque Shamoon contra Aramco en 2012 sigue siendo citado como ejemplo de disrupción significativa .
El factor más sensible, sin embargo, es energético. Irán reiteró que podría interrumpir el tráfico por el Estrecho de Ormuz, por donde circulan unos 21 millones de barriles diarios, cerca del 21 % del petróleo mundial. Minado naval, ataques a petroleros y bloqueos selectivos elevarían de inmediato los precios globales y afectarían a economías muy alejadas del campo de batalla .
El plan de Irán apunta a la coerción estratégica por desgaste
En última instancia, la estrategia iraní se basa en el cálculo político de que Estados Unidos y sus aliados concluyan que los costos de una guerra prolongada superan sus beneficios estratégicos. “Irán no busca ganar militarmente, sino hacer que la victoria del adversario sea inaceptable”, resume un análisis del Instituto para el Estudio de la Guerra.
El riesgo, siguiendo a analistas, es que este enfoque asume racionalidad y contención en ambos bandos. Una escalada mal calibrada —especialmente si provoca numerosas bajas estadounidenses— podría desencadenar una respuesta mucho más amplia, capaz de devastar la infraestructura iraní. Por eso, incluso en Teherán, el plan parece concebido más como disuasión extrema que como un guion que se desee ejecutar.
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