Consecuentemente a la firma del acuerdo de libre comercio entre la Unión Europea (UE) e India el martes 27 de enero, resulta clave analizarlo menos como un hecho estrictamente comercial y más como una señal política en un sistema internacional sometido a fuertes tensiones. El entendimiento entre Bruselas y Nueva Delhi se produce en un contexto de creciente incertidumbre global, marcado por la estrategia de Estados Unidos, con Donald Trump a la cabeza, de priorizar intereses nacionales de manera agresiva y transaccional, incluso a costa de aliados históricos.

Si bien se trata de un proceso de larga data —las negociaciones comenzaron hace casi dos décadas, casi como con Mercosur—, el cierre del acuerdo se da en un momento en el que la política de Washington alteró los equilibrios tradicionales en el escenario internacional. Los aranceles del 50 % impuestos a productos indios y el distanciamiento progresivo de Estados Unidos respecto de la Unión Europea aceleraron la convergencia de intereses entre dos actores que buscan reducir su exposición a decisiones unilaterales y volátiles. Para ambos, el acuerdo opera como una herramienta de autonomía estratégica frente a un socio cada vez menos previsible.
Igual que con Mercosur, el sector agrícola protesta ante esta asociación
En términos de alcance, el tratado proyecta la creación de una de las mayores áreas de libre comercio del mundo, con un impacto potencial sobre unas 2.000 millones de personas y una porción significativa del comercio y del producto global. La reducción de barreras arancelarias y la facilitación del intercambio de bienes y servicios apuntan a sostener el crecimiento económico en un escenario atravesado por tensiones comerciales, fluctuaciones de mercado e incertidumbre política persistente.
Sin embargo, el contenido del acuerdo revela que sectores sensibles, como la agricultura, quedaron en gran medida excluidos, y varias ambiciones normativas europeas fueron relegadas. Lejos de una integración profunda, el tratado prioriza resultados viables y políticamente sostenibles, evitando puntos de fricción que podrían haber bloqueado el proceso, como ocurrió en otras negociaciones comerciales de alto perfil.
India y la Unión Europea buscan opciones frente a la amenaza unilateral de Trump
Desde esta perspectiva, el acuerdo también puede leerse como una respuesta a la pérdida de confianza en Estados Unidos como socio estable. La amenaza recurrente a la OTAN, el uso de los aranceles como instrumento de presión y la ambigüedad respecto de compromisos con aliados debilitaron el rol de Trump como garante del orden económico internacional. Como consecuencia, la UE y la India avanzan en un marco propio de cooperación que les permite amortiguar los efectos de una política exterior estadounidense crecientemente imprevisible.

En un plano más amplio, el entendimiento se inscribe en la tendencia de potencias medias que diversifican alianzas y reducen su dependencia de un orden internacional cada vez más inestable. Aunque el tratado no busca imponer alineamientos políticos ni resolver divergencias estructurales, sí preserva un espacio mínimo de reglas y previsibilidad. En un contexto donde el caos funciona como instrumento de poder, el acuerdo UE–India aparece menos como una apuesta transformadora y más como una estrategia defensiva.
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