La firma del Acuerdo de Asociación entre el MERCOSUR y la Unión Europea marca un punto de inflexión para la política económica y exterior argentina. El entendimiento, rubricado en Asunción por los jefes de Estado y cancilleres del bloque sudamericano y autoridades europeas, consolida el mayor acuerdo comercial alcanzado por ambas regiones y crea un mercado de bienes y servicios que supera los 700 millones de consumidores y cerca del 30% del PBI global.

Para la Argentina, el acuerdo implica un salto cuantitativo y cualitativo en su estrategia de inserción internacional. La Unión Europea eliminará aranceles para el 92% de las exportaciones del MERCOSUR, por un valor estimado de USD 61.000 millones, y otorgará acceso preferencial adicional para otro 7,5%. Las proyecciones oficiales anticipan que las exportaciones argentinas al mercado europeo podrían crecer un 76% en los primeros cinco años de vigencia y hasta un 122% en un horizonte de diez años, impulsadas especialmente por energía, minería, agroindustria e industria manufacturera.
El presidente Javier Milei calificó el acuerdo como “el mayor logro del MERCOSUR desde su creación” y anunció el envío inmediato del proyecto de ley al Congreso para su ratificación durante sesiones extraordinarias. En su discurso en Asunción, Milei subrayó que el tratado no solo reduce aranceles, sino que transforma consensos internacionales en reglas internas estables, con previsibilidad jurídica y respaldo democrático, un elemento central para atraer inversiones de largo plazo.
El contenido económico del acuerdo es amplio y abarca sectores sensibles. En el frente agroindustrial, la UE otorgará las mayores cuotas jamás concedidas al MERCOSUR para productos como carne bovina, maíz, arroz, carne aviar y etanol. Productos pesqueros clave, como langostinos, merluza y calamar, accederán con arancel cero desde la entrada en vigor. En paralelo, se prevén mejoras sustanciales para economías regionales y una apertura gradual y diferenciada para la industria, con plazos extendidos y salvaguardas para sectores sensibles como el automotor.

Más allá del comercio, el acuerdo tiene una dimensión estratégica en materia de inversiones. La Unión Europea es la principal fuente de inversión extranjera directa en la Argentina, con un stock cercano a USD 75.000 millones, equivalente a alrededor del 40% del total. El nuevo marco regulatorio, combinado con instrumentos como el Régimen de Incentivos para Grandes Inversiones (RIGI), refuerza la previsibilidad para proyectos en energía, minería, infraestructura, industria y tecnología, sectores considerados críticos para el crecimiento en la próxima década.
Política exterior, alineamientos y tensiones internas del bloque
La firma del acuerdo también dejó al descubierto tensiones políticas dentro del MERCOSUR. La ausencia del presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva y el gesto de Milei al no acompañar los aplausos durante una mención a su figura evidenciaron diferencias de enfoque sobre el rumbo del bloque. Mientras Paraguay, como presidencia pro tempore, destacó el acuerdo como un logro de la diplomacia regional, el gobierno argentino buscó enfatizar el tratado como parte de una redefinición más amplia de su política exterior, orientada a la apertura comercial y a una mayor convergencia con economías desarrolladas.
En ese marco, Milei reiteró su respaldo a la política de Donald Trump sobre Venezuela y vinculó el acuerdo con la UE a una agenda más amplia de alineamiento internacional basada en economía de mercado, reglas claras y cooperación con países afines. El Presidente adelantó, además, que la Argentina impulsará nuevas negociaciones comerciales con Estados Unidos, países de América Central, Medio Oriente y Asia, invitando al MERCOSUR a avanzar hacia esquemas más flexibles y dinámicos.

Desde una perspectiva estratégica, el acuerdo MERCOSUR–UE envía una señal clara al sistema internacional. En un contexto global marcado por tensiones comerciales, disputas geopolíticas y cuestionamientos al multilateralismo, ambas regiones optaron por profundizar la integración económica y fijar reglas de largo plazo. Para la Argentina, el tratado funciona como un ancla externa que refuerza su apuesta por la apertura y la previsibilidad, pero también la expone a desafíos internos en materia de competitividad, adaptación industrial y consensos políticos para su implementación.
El próximo paso será la ratificación parlamentaria en ambos bloques, un proceso que históricamente ha sido complejo y que pondrá a prueba la capacidad de sostener el espíritu del acuerdo frente a presiones proteccionistas. El modo en que se resuelvan esas instancias definirá si la firma en Asunción se traduce en un cambio estructural duradero o si queda limitada por las tensiones políticas y económicas que atraviesan tanto a la Argentina como al MERCOSUR y la Unión Europea.
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