La crisis del Mar Rojo comenzó el 19 de octubre de 2023, en el contexto de la guerra entre Israel y Palestina, cuando el movimiento Ansarolá (hutíes) inició una serie de ataques contra buques mercantes y navales que transitaban por esta vía estratégica, especialmente en el sur del Mar Rojo, el golfo de Adén y el estrecho de Bab el-Mandeb. Estos hechos afectaron de manera directa la seguridad de la navegación internacional en uno de los corredores más relevantes del comercio mundial.

Desde entonces, se registraron ataques con misiles y drones contra embarcaciones de distintas banderas, así como intentos de captura y hundimiento de buques comerciales. La escalada de incidentes motivó el despliegue de fuerzas navales internacionales con el objetivo de garantizar la libre navegación, sin que ello lograra restablecer plenamente la normalidad operativa en la región.
La persistencia de la inseguridad provocó una reducción significativa del tráfico marítimo, particularmente a través del canal de Suez, con impactos económicos directos sobre el transporte marítimo, los puertos y las cadenas de suministro globales. Aunque en 2025 se registraron ceses parciales de los ataques, la crisis puso en evidencia la vulnerabilidad de las rutas marítimas estratégicas frente a conflictos regionales y su capacidad de alterar el comercio internacional.
El canal de Suez y su reemplazo temporal por el Cabo de Buena Esperanza
Desde su inauguración en el siglo XIX, el canal de Suez se consolidó como una de las infraestructura más relevantes del comercio marítimo internacional. Su importancia radica en que constituye la ruta más corta entre Asia y Europa, conectando el mar Mediterráneo con el mar Rojo y permitiendo evitar la circunnavegación del continente africano.
En la actualidad, más del 80 % del comercio mundial se transporta por vía marítima, y el canal de Suez puede albergar la totalidad de la flota mundial de portacontenedores, buques de cargas generales y transportadoras de vehículos, además de una elevada proporción de petroleros y graneleros. Estas características, sumadas a su operación continua, su bajo índice de accidentes y su capacidad de adaptación al aumento del tamaño de los buques, explican por qué Suez no posee un sustituto equivalente en términos de eficiencia logística.

Sin embargo, la crisis del Mar Rojo provocó una caída abrupta del tránsito por el canal, obligando a numerosas navieras a desviar sus rutas por el Cabo de Buena Esperanza, en el extremo sur de África. Este recorrido alternativo implica miles de kilómetros adicionales, incrementos sustanciales en el tiempo de navegación, mayores costos de combustible, seguros más elevados y una menor previsibilidad en las cadenas de suministro. Aunque viable desde el punto de vista técnico, esta ruta representa una solución de contingencia, no una alternativa estructural.
Impactos del cambio de ruta: costos, tarifas e implicaciones geoeconómicas
El desvío masivo de buques desde el Canal de Suez hacia el Cabo de Buena Esperanza tuvo efectos inmediatos y medibles sobre el comercio marítimo internacional. Rutas que antes se completaban en pocos días pasaron a extenderse por semanas adicionales, reduciendo la capacidad efectiva de la flota mundial y elevando de forma sostenida los costos operativos del transporte marítimo.
Uno de los principales reflejos de este cambio fue el comportamiento de las tarifas spot del transporte de contenedores. Durante el cierre de 2025, los índices internacionales mostraron una tendencia moderadamente alcista, impulsada tanto por la persistente disrupción en el Mar Rojo como por una gestión más restrictiva de la capacidad por parte de las navieras. El Drewry World Container Index registró incrementos consecutivos, con subas particularmente visibles en las rutas Asia–Europa y Transpacífico, donde las tarifas alcanzaron niveles sensiblemente superiores a los previos a la crisis.

En el caso de Asia–Europa, los aumentos oscilaron entre el 10 % y el 15 %, reflejando el impacto directo de las rutas más largas por África, mientras que en el Transpacífico se observaron fuertes oscilaciones asociadas a cancelaciones de itinerarios y ajustes estratégicos de oferta. Esta volatilidad se consolidó como una nueva normalidad, afectando la previsibilidad logística de importadores y exportadores.
Desde una perspectiva más amplia, organismos internacionales como la UNCTAD advierten que el desvío de rutas incrementó no solo los costos y los tiempos de entrega, sino también las emisiones, la congestión portuaria y la vulnerabilidad de las cadenas de suministro, con un impacto desproporcionado sobre los países en desarrollo. El aumento de las toneladas-milla navegadas en 2024 y 2025 refleja un comercio que sigue fluyendo, pero de manera más cara, más lenta y menos eficiente.
Señales cautelosas de retorno al Canal de Suez
El comercio marítimo internacional atraviesa una fase de reconfiguración marcada por tensiones geopolíticas y cambios estructurales en la economía global. La crisis del Mar Rojo, vinculada a la guerra entre Israel y Palestina, expuso la vulnerabilidad de las rutas marítimas estratégicas y aceleró una tendencia hacia desvíos, mayores costos y menor previsibilidad logística.
En las últimas semanas del 2025, comenzaron a registrarse señales cautelosas de normalización. Dos buques de la naviera CMA CGM transitaron recientemente por el Canal de Suez, mientras que Maersk realizó un cruce puntual por el Mar Rojo y el estrecho de Bab el-Mandeb, movimientos que reflejan una reevaluación gradual del riesgo operativo tras la entrada en vigor de un frágil alto el fuego en Gaza. No obstante, la industria mantiene una postura prudente: los costos de seguro, la persistente incertidumbre regional y la posibilidad de nuevas disrupciones continúan condicionando las decisiones de ruta. Las autoridades egipcias estiman que el tránsito y los ingresos podrían normalizarse hacia finales de 2026, reforzando la idea de que, pese a las crisis, el canal continúa siendo un pilar insustituible del comercio marítimo internacional.
Al mismo tiempo, el sector enfrenta desafíos estructurales de largo plazo, como la volatilidad de las tarifas de flete, la transición energética, la digitalización y el endurecimiento de las normas ambientales. En este escenario, el transporte marítimo se consolida como un reflejo directo de las tensiones del sistema internacional, donde la capacidad de adaptación será clave para sostener la estabilidad de las cadenas globales de suministro, especialmente en las economías más vulnerables.
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