Tras la captura de Nicolás Maduro en una operación militar el 3 de enero, su llegada el 4 de enero a un centro de detención en Nueva York para enfrentar cargos por narcotráfico y terrorismo ha dejado al sistema internacional en un estado de conmoción. Lo que inicialmente se planteó como una campaña de máxima presión ha derivado en una intervención directa que no solo ha descabezado al ejecutivo venezolano, sino que ha reactivado de forma explícita el mandato de 1823 como la norma rectora de las relaciones en el continente.

El rol de la Doctrina Monroe y la narrativa de la Doctrina Donroe
En este contexto, el rol de la Doctrina Monroe ha trascendido su carácter histórico para convertirse en el argumento central de la Casa Blanca. Durante una conferencia de prensa en Mar-a-Lago, el presidente Donald Trump se refirió a las acciones recientes como la aplicación de lo que él denominó la “Doctrina Donroe”, una versión modernizada del principio monroísta que no solo prohíbe la injerencia externa, sino que otorga a Washington la potestad de administrar los recursos y la transición de naciones vecinas que considere amenazas a su seguridad nacional. Este uso del término busca legitimar ante el electorado estadounidense una intervención unilateral que ha ignorado los protocolos de la OEA y de las Naciones Unidas.
Para la administración Trump, la Doctrina Monroe justifica la decisión de que Estados Unidos “dirija” Venezuela hasta que se den las condiciones para un proceso electoral. Este argumento se apoya en la premisa de que el vacío de poder dejado por Maduro no puede ser llenado por actores que no cuenten con el aval explícito de Washington. Este rol se ha extendido incluso a advertencias directas contra figuras como Delcy Rodríguez, a quien se le ha exigido cooperación total bajo la amenaza de enfrentar consecuencias legales similares a las de Maduro, consolidando un control político que no se veía en la región desde finales del siglo XX.
Expulsión de potencias extrarregionales y el vacío de seguridad
Un pilar fundamental de lo que estamos viviendo es el cumplimiento del mandato monroísta de expulsar la influencia de potencias ajenas al hemisferio. Reportes de Associated Press confirman que, simultáneamente a la captura de Maduro, fuerzas estadounidenses han asegurado infraestructuras críticas que anteriormente contaban con presencia de asesores técnicos y militares de Rusia, China e Irán. El rol de la Doctrina Monroe en este sentido ha sido el de un filtro de seguridad: Washington ha dejado claro que la soberanía venezolana es incompatible con la presencia de activos estratégicos de potencias rivales, forzando una retirada coordinada de estos actores para evitar un conflicto directo con el Pentágono.

Eduardo Muñoz/Reuters
Esta “limpieza” geopolítica ha generado reacciones encontradas a nivel global. Mientras que el gobierno de China ha calificado la operación como una “violación flagrante del derecho internacional” y exige la liberación inmediata de Maduro, la administración Trump sostiene que está recuperando la “zona de paz” del hemisferio occidental. En la práctica, el rol de la doctrina ha sido el de cerrar el espacio de multipolaridad en Sudamérica, enviando un mensaje disuasorio a cualquier nación extrarregional que pretenda establecer alianzas militares o bases logísticas en lo que Estados Unidos considera su área de influencia exclusiva.
Control energético y la securitización de los recursos
La dimensión geoeconómica de esta transición se centra en la reparación y el control de la industria petrolera venezolana por parte de corporaciones estadounidenses. Según declaraciones recogidas por el Latin America Bureau, Trump ha afirmado que el petróleo de Venezuela es un activo que debe volver al control de las petroleras americanas que fueron nacionalizadas en décadas pasadas. Aquí, el rol de la Doctrina Monroe es actuar como garante de los intereses comerciales de Washington, bajo el argumento de que la gestión de los recursos estratégicos de la región es una cuestión de seguridad nacional que no puede ser delegada a gobiernos “hostiles” o administraciones ineficientes.
Este enfoque de securitización energética ha provocado que el mercado global de hidrocarburos se mantenga en vilo ante la reapertura forzosa de la producción venezolana bajo la supervisión de la Casa Blanca. El argumento de la administración Trump es que, al asegurar el suministro de crudo, se estabilizan los precios internos y se debilita la capacidad de presión de la OPEP+ en el continente. No obstante, diversos analistas señalan que este uso de la doctrina para fines extractivos podría generar un sentimiento de rechazo nacionalista en la población venezolana, que ve cómo sus recursos naturales se convierten en el epicentro de un reordenamiento impuesto desde el exterior.
Desafíos para la soberanía regional ante el precedente de 2026
El despliegue de la Doctrina Monroe en su máxima expresión operativa plantea un dilema irreversible para el resto de Sudamérica. Mandatarios como Luiz Inácio Lula da Silva en Brasil han calificado la captura de Maduro y la intervención estadounidense como una “afrenta grave” a la soberanía de las naciones americanas, según reporta AFP. El rol de la Doctrina Monroe hoy obliga a los países del eje andino y del Cono Sur a replantear sus marcos de cooperación, ante el temor de que este precedente de intervención unilateral se convierta en la nueva norma para cualquier Estado que decida apartarse de la órbita de influencia de Washington.
Los acontecimientos recientes demuestran que la Doctrina Monroe ha dejado de ser una retórica de advertencia para convertirse en un mecanismo de ejecución directa. La captura de Nicolás Maduro y la pretensión de Estados Unidos de “administrar” Venezuela bajo la llamada “Doctrina Donroe” marcan el fin de una era de relativa autonomía regional. Lo que estamos presenciando es el restablecimiento de una jerarquía de poder donde la seguridad nacional de los Estados Unidos se impone sobre el derecho internacional, dejando claro que, en el radar de la Casa Blanca, el hemisferio occidental vuelve a ser un espacio de soberanía condicionada por los intereses del Norte.
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