La reciente captura de Nicolás Maduro evidencia que la crisis venezolana ha dejado de ser un fenómeno estrictamente nacional o regional para consolidarse como un episodio central de Venezuela en la disputa de poder global, en el que confluyen intereses estratégicos de las principales potencias. En los últimos años, el país ha adquirido un lugar prioritario en la competencia por el poder en el hemisferio occidental, en un contexto marcado por la rivalidad creciente entre Donald Trump y Xi Jinping y por el progresivo deterioro del orden internacional liberal. La escalada de tensiones entre Estados Unidos, China y el gobierno venezolano no puede entenderse únicamente como una reacción a la crisis política interna, sino como parte de una dinámica estructural de poder, donde se entrecruzan intereses energéticos, consideraciones de seguridad hemisférica y una competencia geopolítica de alcance global.

Desde una mirada anclada en el realismo clásico, particularmente en la obra de Hans Morgenthau, la política internacional se configura como una lucha permanente por el poder en un sistema internacional anárquico. La supervivencia del Estado constituye su objetivo central, y el interés nacional —definido en términos de poder— orienta su conducta externa. Este poder no se limita al uso de la fuerza militar, sino que comprende dimensiones políticas, económicas y psicológicas que permiten influir sobre otros actores. En este marco, Morgenthau distingue entre políticas de status quo, orientadas a preservar una relación de poder existente, y políticas imperialistas, destinadas a modificar ese equilibrio en favor de quien las impulsa, ambas guiadas por la lógica de la maximización del poder como garantía de seguridad.
Estados Unidos y Venezuela: una política de status quo hemisférico
Desde esta óptica, la estrategia de Estados Unidos hacia Venezuela puede interpretarse como una política de status quo. Washington no busca expandir su influencia territorial ni incorporar nuevos espacios bajo su control directo, sino preservar su posición histórica como actor predominante en el hemisferio occidental frente a desafíos externos. Las sanciones económicas, aplicadas de manera progresiva desde 2015 y ampliadas de forma sustantiva a partir de 2017, constituyen un instrumento central de esta estrategia. Al restringir el acceso del Estado venezolano al sistema financiero internacional y afectar sectores clave como el petrolero, Estados Unidos busca limitar las capacidades materiales del régimen de Maduro y evitar que actores extrahemisféricos consoliden una presencia estructural en la región.
La operación “Southern Spear”, anunciada como parte de esta política de máxima presión, representa un escalón adicional en el uso del poder coercitivo. El abordaje e incautación de buques petroleros vinculados al crudo venezolano en aguas del Caribe, bajo el argumento de combatir redes ilícitas y financiamiento del terrorismo, refleja una transición desde el poder económico hacia formas de coerción más directas, aunque cuidadosamente calibradas para no cruzar el umbral de la guerra abierta. Desde el realismo clásico, este tipo de acciones no contradice una política de status quo: por el contrario, evidencia que la defensa del orden existente puede requerir el uso activo del poder cuando los mecanismos persuasivos resultan insuficientes.
El respaldo jurídico invocado por Washington —a través de sanciones de la OFAC, órdenes judiciales de incautación y figuras del derecho del mar como la categoría de buque sin nacionalidad— refleja un postulado central de Hans Morgenthau. Para el realismo clásico, el derecho internacional no determina la conducta de los Estados. Más bien, funciona como un instrumento de legitimación cuando resulta compatible con sus intereses nacionales. Las zonas grises que se abren en torno a la libertad de navegación y la jurisdicción en alta mar muestran cómo las normas son interpretadas de manera flexible por las potencias para canalizar el ejercicio del poder, más que para limitarlo efectivamente.

China en Venezuela: una estrategia imperialista sin fuerza militar
En contraste, el comportamiento de China hacia Venezuela se ajusta a una política imperialista en el sentido morgenthauano del término. Pekín no recurre al uso de la fuerza militar ni desafía abiertamente a Estados Unidos en el Caribe, pero sí busca modificar la relación de poder existente mediante la expansión de su influencia económica, energética y diplomática. El respaldo político a la soberanía venezolana, la oposición sistemática a las sanciones unilaterales en foros multilaterales y la provisión de financiamiento e infraestructura energética constituyen mecanismos destinados a erosionar la primacía estadounidense en América Latina.
La dimensión energética ocupa un lugar central en esta estrategia. Venezuela, poseedora de las mayores reservas probadas de petróleo del mundo, representa un socio estratégico para la seguridad energética china. A través de acuerdos de “petróleo por préstamos”, empresas estatales como la China National Petroleum Corporation han asegurado suministros estables de crudo y una presencia sostenida en el sector de hidrocarburos venezolano. El respaldo político de Pekín funciona, en este sentido, como un marco de protección para inversiones estratégicas, reforzando la interdependencia bilateral y consolidando una cuña de influencia china en un espacio históricamente dominado por Estados Unidos.
Al mismo tiempo, China evita un enfrentamiento directo con Washington. La coexistencia económica con su principal socio comercial y la búsqueda de consensos en otros frentes, como el comercio global, revelan una estrategia pragmática de expansión selectiva. Esta combinación de apoyo político, inversión económica y autocontención estratégica se inscribe plenamente en el realismo clásico, más que en el realismo ofensivo de John Mearsheimer, que asumiría una búsqueda inmediata de hegemonía regional mediante la confrontación directa.

Status quo versus imperialismo: competencia estructural en América Latina
La interacción entre Estados Unidos y China en Venezuela convierte al país sudamericano en un escenario de disputa más amplia por la influencia en América Latina. Mientras Washington recurre a sanciones, presión financiera y demostraciones de capacidad coercitiva para preservar el status quo hemisférico, Pekín despliega una política imperialista de carácter económico y diplomático destinada a alterar gradualmente ese equilibrio. Venezuela, lejos de ser un actor pasivo, intenta capitalizar esta competencia para mitigar su aislamiento y sostener al régimen frente a la presión occidental.
Así, el conflicto en torno a Venezuela no puede entenderse únicamente como una crisis política interna ni como un desacuerdo normativo sobre democracia o derechos humanos. Desde el realismo clásico de Morgenthau, se trata de una manifestación de la lucha por el poder en un sistema internacional anárquico, donde Estados Unidos actúa para defender una posición de status quo frente a la expansión selectiva de China. América Latina emerge así como un espacio de competencia estratégica, en el que el derecho, la moral y la ideología cumplen un rol secundario frente a los imperativos del interés nacional y la seguridad.
La captura de Nicolás Maduro y la explicitación del poder hemisférico
La reciente captura de Nicolás Maduro por parte de fuerzas estadounidenses introduce un punto de inflexión en la dinámica analizada. A diferencia de las fases previas —marcadas por sanciones económicas, presión diplomática e interdicciones marítimas— la “Operación Resolución Absoluta” representa una externalización directa del uso del poder coercitivo, acompañada de un discurso explícito de administración temporal del Estado venezolano por parte de Estados Unidos. En declaraciones públicas, el gobierno estadounidense ha señalado que “administrará Venezuela hasta que exista una transición legal y legítima mediante elecciones”, manteniendo al mismo tiempo el embargo petrolero y asumiendo la gestión de los recursos energéticos del país.
Desde el realismo clásico de Hans Morgenthau, este giro no implica una ruptura con la lógica de status quo previamente descrita, sino su explicitación sin mediaciones normativas. La defensa del orden hemisférico deja de operar exclusivamente a través de instrumentos indirectos —sanciones, derecho financiero, coerción económica— y pasa a una forma de control político-administrativo directo, justificado discursivamente por la incapacidad del Estado venezolano para gestionar sus recursos estratégicos y garantizar estabilidad interna. En términos morgenthauanos, el derecho internacional y el lenguaje de la transición democrática funcionan aquí como mecanismos de legitimación ex post, no como restricciones efectivas al ejercicio del poder.

La referencia presidencial a una supuesta superación de la Doctrina Monroe —rebautizada retóricamente como una “Doctrina Donrow”— resulta reveladora para el análisis regional. Más que abandonar el principio histórico de exclusión de potencias extrahemisféricas, esta formulación lo radicaliza. Es decir, no solo se impide la injerencia externa, sino que se reivindica la potestad de intervenir, administrar y reordenar políticamente a los Estados del hemisferio cuando sus recursos, su orientación internacional o su inestabilidad sean percibidos como amenazas estratégicas. La afirmación de que “lo que le ocurrió a Maduro puede ocurrirle a otros” opera así como un mensaje disuasivo regional, dirigido tanto a gobiernos como a actores extrahemisféricos.
La nueva relación con China
Este punto resulta particularmente relevante en relación con China. La captura de Maduro y la asunción estadounidense de la administración venezolana alteran directamente la ecuación de poder que Pekín había construido mediante inversiones energéticas, financiamiento y respaldo diplomático. Desde una lógica realista, la acción estadounidense no busca únicamente la remoción de un liderazgo adverso, sino bloquear estructuralmente la proyección china en un espacio considerado vital para la seguridad hemisférica, reforzando el mensaje de que la diversificación de alianzas estratégicas en sectores sensibles —como energía, infraestructura o puertos— tiene límites claros impuestos por la potencia dominante.
Para América Latina, este episodio trasciende el caso venezolano. La captura de Maduro y la doctrina que la acompaña reducen el margen de autonomía estratégica regional, reintroduciendo una lógica de soberanía condicional, en la que la estabilidad interna, la gestión de recursos y las alianzas externas quedan sujetas a la aceptación tácita de Washington. El caso de Venezuela en la disputa de poder global confirma que América Latina continúa siendo un espacio de competencia estratégica, donde el poder prevalece sobre el derecho y la moral en la definición del orden regional. La pregunta que les queda a estos gobiernos responder será: ¿Es este el futuro de la región?
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