Un testimonio difundido por el Comando de la Fuerza Aérea de Ucrania reconstruye la transición desde aviones soviéticos “viejos” a plataformas occidentales como el F-16 y el Mirage 2000, y describe por qué el entrenamiento recibido en el exterior no encajó del todo con la guerra real: “Esta guerra es completamente diferente”. El relato, publicado el 6 de enero, pone el foco en la adaptación táctica bajo fuego, la supervivencia en un frente saturado de defensas antiaéreas y el peso del aprendizaje acelerado en plena campaña aérea.

El punto de partida del piloto es claro: la aviación ucraniana fue “la primera en recibir el golpe” tras el inicio de la invasión a gran escala y operó durante meses con desventajas tecnológicas severas. Aun así, recuerda misiones contra columnas terrestres rusas en las que, con medios heredados del sistema soviético, “salían a buscar columnas… y las destruían”. En su lectura, esa etapa —con pérdidas altas— fue también la que terminó de construir la credibilidad política y operativa necesaria para que los socios habilitaran la llegada de sistemas occidentales.
En ese marco, los F-16 aparecen menos como un “cambio de avión” y más como un cambio de sistema: idioma, procedimientos, control del espacio aéreo y doctrina. El piloto describe el entrenamiento inicial como una triple exigencia simultánea: dominar una aeronave nueva, aprender reglas de operación totalmente distintas y sostener comunicaciones en “inglés técnico aeronáutico” con instructores y controladores. “Esto fue muy agotador”, resume, subrayando que muchos pilotos estudiaban inglés entre salidas de combate, en el mismo tiempo que normalmente se reserva al descanso.
Ucrania tuvo que reinventar su táctica
Uno de los pasajes más sensibles del testimonio es la admisión de que lo aprendido fuera de Ucrania no era trasladable, sin más, a un frente donde Rusia combina interceptores, misiles aire-aire de largo alcance y una red densa de sistemas antiaéreos. “Cuando volvimos del entrenamiento, nos chocamos con la realidad: la táctica que nos enseñaron afuera no encajaba del todo con nuestra guerra”, afirma. En su relato, la necesidad fue inmediata: diseñar procedimientos propios “para destruir misiles de crucero y drones de ataque” y para operar “cerca de la línea de contacto”, donde las ventanas de exposición son mínimas y el error suele pagarse con la pérdida del avión o la tripulación.
La descripción del entorno coincide con el cuadro general que viene mostrando la guerra aérea en Ucrania: misiones condicionadas por capas de defensa y por la amenaza de interceptores rusos que pueden patrullar a mayor altitud. El piloto menciona explícitamente plataformas como Su-35, Su-57 y MiG-31, y explica el efecto táctico: “nos vemos obligados a volar más bajo para reducir el riesgo” frente a los sistemas antiaéreos. La idea no es menor: volar bajo puede ayudar a evitar detección o enganche temprano desde tierra, pero también reduce el margen de maniobra y complica navegación y empleo de armamento.


En paralelo, el piloto insiste en una lógica de supervivencia que también aparece como aprendizaje institucional: dispersión y redespliegue. “Podíamos cumplir una misión desde una base y, en ese mismo momento, redesplegarnos a otra”, dice, para evitar que el enemigo identifique el “patrón” de operación y destruya aeronaves en tierra. Esa flexibilidad —más logística que épica— es presentada como parte del “ingenio” que permitió sostener la aviación cuando el inventario era escaso y las bases estaban bajo amenaza.
El testimonio también intenta instalar un concepto que Kiev viene repitiendo desde 2022: el aprendizaje se volvió bidireccional. A medida que las fuerzas ucranianas adaptan procedimientos para una guerra de alta densidad —misiles, drones, guerra electrónica, defensa en capas—, los socios “ajustan su propia doctrina” y revisan lo que enseñaron. En palabras del piloto: “Incluso, diría que aprenden de nosotros”.
En el terreno de los resultados, el relato atribuye a la plataforma un volumen de derribos y ataques que, por su escala, conviene leer como una afirmación del piloto (no como una estadística pública verificable de manera independiente). Aun así, el eje es consistente con la misión que Kiev busca priorizar: defensa aérea de ciudades e infraestructura. En la práctica, los F-16 ucranianos han sido presentados por distintas coberturas internacionales como una pieza más dentro de ese paraguas, particularmente para interceptar amenazas como drones y misiles en ataques masivos.

La dimensión de riesgo que describe el piloto tiene, además, un correlato reciente. En 2024, Ucrania perdió un F-16 durante una operación de defensa aérea y la comunicación oficial asociada a esos episodios reforzó la idea de misiones de altísima presión, con múltiples blancos y decisiones en segundos.
En su tramo final, el testimonio baja a una escena táctica concreta en el Donbás: una formación de tres aviones que busca abrir una “ventana” para que el aparato de ataque cumpla la tarea. El piloto cuenta que lograron “forzar” al enemigo a lanzar dos misiles desde direcciones distintas, y que eso habilitó el golpe y el retorno del grupo “de forma segura”. Es un ejemplo útil porque revela una constante de la guerra aérea ucraniana: muchas misiones no consisten en “entrar y golpear”, sino en administrar el riesgo, inducir reacciones del enemigo y ejecutar el objetivo dentro de una geometría muy estrecha de tiempo y espacio.
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