Un análisis publicado sostiene que el Ejército británico llega a 2026 con menos tropa, menor preparación y déficits críticos de munición, logística y apoyo médico, en un contexto de presión internacional creciente. El contraste se vuelve más visible al comparar dos mapas: uno de 1990, con un Reino Unido desplegado y voluminoso, y otro de 2025, con una presencia global más acotada. En el Atlántico Sur, la discusión vuelve a encender preguntas sobre la sostenibilidad real de la postura militar británica en torno a las Islas Malvinas.

De 1990 a 2025: la contracción que cambia el tablero
El texto, firmado por Ben Barry en The Citric, describe una caída de capacidades desde el fin de la Guerra Fría. En 1990-91, el Reino Unido mantenía un esquema de fuerzas más robusto, con mayor masa de maniobra y más unidades para sostener simultáneamente compromisos en Europa, Irlanda del Norte y despliegues en ultramar. En 2025, en cambio, el Ejército aparece reducido y con menor “poder de combate” disponible para escenarios exigentes.
La tesis central no se limita a “tener menos soldados”: plantea que la contracción fue acompañada por recortes en equipos, entrenamiento, sostenimiento y preparación, lo que impacta directamente en la posibilidad de actuar con rapidez y resistir un conflicto de alta intensidad.


Munición, suministros y sanidad: el talón de Aquiles para “pelear esta noche”
Uno de los puntos más sensibles del análisis es el señalamiento de faltantes de munición, insumos de combate y capacidades médicas para una guerra de alta intensidad. El argumento es directo: aun si el Ejército puede cumplir misiones de tiempo de paz o despliegues acotados, esos déficits elevan el riesgo de bajas evitables y reducen la eficacia operativa si el conflicto escala.
En esa línea, el autor sugiere que la credibilidad militar también se erosiona hacia afuera: aliados, adversarios y observadores toman nota cuando la capacidad de sostener operaciones prolongadas queda en duda.

Menos ejercicios, menos preparación: el costo silencioso de la pérdida de entrenamiento
El artículo pone énfasis en un factor menos visible pero decisivo: el entrenamiento. Durante décadas, el Reino Unido sostuvo un patrón de ejercicios exigentes a nivel brigada y división, con despliegues de gran escala y entrenamiento realista. Según el texto, la concentración en misiones específicas (y luego los recortes presupuestarios) habría degradado la base de adiestramiento para combate convencional.
La conclusión es incómoda: en guerras modernas, la coordinación de armas combinadas —infantería, blindados, artillería, ingenieros, drones, helicópteros y logística— se construye con práctica intensiva. Si esa práctica cae, cae también la capacidad de “sincronizar” fuerzas bajo presión.
El espejo del Atlántico Sur: ¿qué significa esto para las Islas Malvinas?
El vínculo con el Atlántico Sur aparece por dos vías. Primero, porque los mapas comparativos muestran cómo el Reino Unido administraba en 1990 una red de despliegues más amplia, y cómo en 2025 esa red luce más comprimida. Segundo, porque el análisis discute el problema del “overstretch”: la tensión entre compromisos simultáneos, recursos limitados y decisiones políticas que priorizan otras ramas o teatros.

En ese marco, el debate se vuelve inevitable: cuanto más ajustado está el Ejército británico para contingencias mayores en Europa, más relevante se vuelve la pregunta por la sostenibilidad de su postura militar global, incluyendo el dispositivo que sostiene en torno a las Islas Malvinas, Georgias del Sur y Sandwich del Sur. No se trata de afirmar un retiro o un cambio inmediato, sino de entender que la ecuación de recursos —personal, logística, stocks, rotaciones y entrenamiento— condiciona la capacidad real de sostener presencia y reacción.
Presión internacional y decisiones políticas: el dilema de priorizar
El análisis también se inscribe en un clima estratégico más áspero: guerra en Ucrania, exigencias de preparación de la OTAN, discusiones sobre fuerzas de “reaseguro” y una competencia global que empuja a Londres a repartir atención entre Europa y otros frentes. En esa tensión, la idea de que el Reino Unido pueda “hacer todo” con menos recursos es precisamente lo que el autor cuestiona.

El punto de llegada es claro: si la política promete más de lo que el instrumento militar puede sostener, la brecha termina pagándose en preparación, stocks, entrenamiento y credibilidad.
Si el diagnóstico se sostiene, 2026 será un año clave para observar señales concretas: recomposición de reservas, inversión acelerada en municiones, recuperación de capacidades sanitarias militares, aumento real de ejercicios de gran escala y consistencia presupuestaria más allá de anuncios. En paralelo, cada decisión de despliegue, en Europa o en otros teatros, volverá a poner sobre la mesa la misma pregunta: qué puede sostener el Reino Unido, cuánto tiempo, y con qué nivel de riesgo.
Te puede interesar: Cómo el Reino Unido refuerza su presencia militar en Malvinas














