Luego de que un dron marítimo de EE.UU. se cruzara con un grupo de ataque de China encabezado por el portaviones Liaoning a mediados del 2025, las alarmas se encendieron para Washington, ya que el hecho expuso cómo los sistemas no tripulados ya operan en la misma “línea de contacto” donde se mide la competencia naval en el Indo-Pacífico. Un activo autónomo, relativamente barato y persistente, logró obtener imágenes y datos en un entorno que tradicionalmente requería satélites, aeronaves o buques tripulados, poniendo en evidencia el valor operativo de plataformas de bajo costo en zonas sensibles.

A finales de 2025, el debate se desplazó del hecho puntual a la pregunta estructural: ¿cómo se sostiene esa ventaja en el tiempo frente a un competidor que no solo invierte en capacidades militares, sino que moviliza su economía para dominar cadenas de suministro, puertos, astilleros, semiconductores, robótica y, cada vez más, sistemas no tripulados? En esa lógica, el “problema drones” deja de ser una carrera tecnológica y pasa a ser una disputa por base industrial, escala y reglas de interoperabilidad entre aliados.
En su momento, el incidente del dron marítimo demostró que la competencia naval ya no se define únicamente por el número misiles o cascos, sino por la persistencia. Un dron puede patrullar durante semanas, sostener vigilancia, transmitir información y obligar al adversario a reaccionar —seguimiento, escolta, maniobras— sin exponer tripulaciones ni plataformas de alto valor. En un teatro donde la distancia es un factor de poder, la autonomía se convierte en multiplicador.
El salto industrial que preocupa a Washington
Además, el episodio mostró otra tendencia que crece: el sector privado como actor relevante en la generación de información y capacidades con uso dual. Pero la discusión más reciente en círculos de defensa plantea que China busca una ventaja estratégica no solo por modernización militar, sino por lo que algunos describen como una carrera hacia una “victoria económica”, dominando infraestructura, tecnología y estándares para poder “escribir” reglas y normas a su favor, dentro del Indo-Pacífico y también en el Sur Global.
En ese marco, los drones —aéreos, marítimos y terrestres— aparecen como una pieza más de una agenda que combina robótica, datos, semiconductores y capacidad industrial. Para Estados Unidos y sus socios, el desafío se traduce en construir una base industrial regional de sistemas no tripulados, con producción compartida, cadenas de suministro resilientes e interoperabilidad desde el diseño.

Una de las claves que aparecen en el debate es que la coproducción se logra armonizando regímenes de protección de información, controles de exportación, seguridad corporativa y mecanismos claros para empresas que trabajen con tecnología sensible. Japón, por ejemplo, viene avanzando con marcos de seguridad económica para facilitar cooperación tecnológica, pero la conversación regional sigue atravesada por el mismo requisito: reglas claras y estables. Ahí emerge un punto incómodo, ya que, para aliados como Japón y Corea del Sur, la cooperación industrial con EE.UU. depende de la predictibilidad de la política económica estadounidense.
Lo cierto es que la guerra en Ucrania instaló el hecho de que el futuro cercano se mueve hacia más drones, no solo por el uso ofensivo, sino por la combinación de vigilancia, adquisición de blancos, guerra electrónica y saturación. Esa experiencia, aplicada al Indo-Pacífico, muestra que el desafío es anticipar escenarios de fricción —por ejemplo, en torno a Taiwán— donde la masa de sistemas no tripulados puede alterar costos, tiempos y umbrales de decisión.
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