En una reciente conversación privada con líderes europeos, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, reconoció por primera vez que el presidente ruso, Vladímir Putin, no está dispuesto a detener la guerra en Ucrania porque “cree que está ganando”. Esta afirmación, compartida tras una llamada de dos horas entre ambos mandatarios, representa un giro en la narrativa pública de Trump, quien hasta ahora había sostenido que el líder del Kremlin “genuinamente quiere la paz”.
A pesar de esta admisión, Trump se negó a implementar nuevas sanciones contra Moscú, frustrando las expectativas de los aliados europeos y del presidente ucraniano Volodímir Zelenski, quienes impulsan una mayor presión internacional para forzar un alto el fuego. En cambio, el mandatario estadounidense propuso avanzar con conversaciones preliminares entre delegaciones rusas y ucranianas en el Vaticano, previstas para mediados de junio.
La declaración de Trump se dio en el marco de una ofensiva diplomática europea que incluyó reuniones con Zelenski en Kiev y un contacto directo con Trump desde la residencia presidencial ucraniana, donde los líderes de Alemania, Francia, Reino Unido y Polonia manifestaron su respaldo a un cese del fuego de 30 días. Esta estrategia buscaba exponer la intransigencia de Putin y empujar a Washington a endurecer su postura.
Inicialmente, Trump había sugerido que impondría sanciones si Rusia rechazaba un acuerdo de paz. Incluso llegó a mencionar posibles restricciones a las exportaciones energéticas y operaciones bancarias rusas. Sin embargo, tras su intercambio con Putin, retrocedió en su postura y descartó nuevas sanciones inmediatas.
El diálogo entre Trump y Putin, aunque extenso, no logró avances sustanciales. Moscú, que recientemente ofreció una negociación directa por primera vez en tres años, no envió a su presidente a la reunión en Estambul, sino a representantes de segundo nivel que repitieron exigencias inaceptables para Ucrania.
Durante una nueva ronda de llamados con sus pares europeos, Trump fue ambiguo sobre el papel que jugará Estados Unidos en las negociaciones del Vaticano. Aunque había planteado que enviaría al secretario de Estado, Marco Rubio y al enviado especial Keith Kellogg, evitó confirmarlo en firme. Asimismo, rechazó el pedido europeo de un “cese del fuego incondicional”, afirmando que no le gustaba el uso de ese término, a pesar de haberlo mencionado en su propia red social apenas semanas antes.
Las señales mixtas de Trump han generado incertidumbre entre sus aliados. Aunque no bloquea la ayuda militar si es financiada por Europa o Ucrania, su reticencia a liderar un esfuerzo de presión coordinado refuerza la percepción de que Washington busca desentenderse progresivamente del conflicto.
“No es mi guerra”, declaró Trump ante periodistas tras su conversación con Putin. “Nos metimos en algo en lo que nunca debimos haber estado involucrados”. Estas palabras resuenan con su discurso aislacionista, pero también alimentan temores sobre la futura implicancia de Estados Unidos en la seguridad europea si la guerra se prolonga.
La ofensiva diplomática liderada por el nuevo canciller alemán, Friedrich Merz, marcó un cambio respecto al gobierno anterior de Olaf Scholz. La modificación constitucional que permite a Alemania aumentar su gasto militar y su apoyo a Ucrania es un reflejo de esta transformación.
Sin embargo, el fracaso en convencer a Trump de endurecer su posición obliga a Europa a asumir mayor protagonismo estratégico. Aunque se han aprobado sanciones adicionales de alcance limitado, los gobiernos europeos ya trabajan en un nuevo paquete más severo. En paralelo, el Senado estadounidense analiza una ley impulsada por Lindsey Graham que podría intensificar las sanciones energéticas, aunque su aprobación sigue siendo incierta.
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