La posible transferencia de drones kamikaze entre Rusia e Irán volvió a colocar a estos sistemas en el centro de la crisis internacional. Mientras funcionarios ucranianos advierten sobre el envío de drones de ataque, el Kremlin niega cualquier asistencia militar directa. En ese cruce de versiones, los modelos Geran-2 y Shahed-136 se convierten en una pieza clave para entender no solo la dimensión militar, sino también la disputa narrativa que rodea al conflicto.

Shahed-136 y Geran-2
El Shahed-136 es un dron kamikaze desarrollado por Irán para atacar objetivos terrestres a larga distancia. Se trata de una munición merodeadora (“loitering munition”) de bajo costo relativo, capaz de volar cientos de kilómetros antes de impactar contra su objetivo.
Rusia lo emplea bajo la denominación Geran-2, en el marco de una adaptación local que comenzó en 2022, cuando Irán inició el suministro de estos drones tras el estallido de la guerra en Ucrania. Desde entonces, Moscú no solo los incorporó a gran escala, sino que avanzó hacia su producción propia mediante acuerdos de licencia en instalaciones como el complejo de Yelabuga, en Tatarstán.
Drones kamikaze
El término “dron kamikaze” se utiliza para describir a sistemas no tripulados diseñados para destruir su objetivo mediante el impacto directo, sacrificándose en el proceso. A diferencia de los drones convencionales —que pueden regresar a base tras cumplir su misión—, estos dispositivos están concebidos como armas de un solo uso.
Por esa lógica, se los clasifica también como “municiones merodeadoras” (“loitering munitions”). En detalle, se entiende por ello plataformas capaces de permanecer en el aire durante un tiempo prolongado mientras buscan o esperan un objetivo, para luego lanzarse contra él y detonar su carga explosiva.
La denominación remite a los pilotos suicidas japoneses de la Segunda Guerra Mundial, ya que —al igual que en esos ataques— el sistema está diseñado para destruirse al impactar su objetivo. No obstante, se trata de una analogía conceptual ampliamente utilizada en medios y análisis, más que de una equivalencia directa, dado que en este caso no hay intervención humana en la fase final del ataque.

Oficina del Ejército iraní/AFP a través de Getty Images
Enjambre (valor militar, uso en masa y costo)
El verdadero valor militar del Shahed-136/Geran-2 no reside en una unidad aislada, sino en su uso masivo. Con un coste estimado en torno a los 30.000 euros por unidad, estos drones son significativamente más baratos que los sistemas utilizados para interceptarlos, que pueden costar entre uno y dos millones de euros. Esta asimetría facilita su producción a gran escala y su uso intensivo en combate.
Este tipo de arma se emplea en salvas o en lo que se denomina “enjambres”, es decir, en lanzamientos de múltiples drones de forma simultánea o secuencial que actúan de manera coordinada para saturar los sistemas de defensa aérea. La lógica no es solo el volumen, sino la capacidad de abrumar las defensas mediante la llegada continua de amenazas, aumentando la probabilidad de que algunos logren alcanzar sus objetivos.
Cooperación entre Moscú y Teherán.
Estos drones se han convertido en el símbolo más visible de la cooperación militar entre Moscú y Teherán. Lo que comenzó como una relación proveedor–cliente —con Irán suministrando drones a Rusia desde 2022— evolucionó hacia un esquema de coproducción, adaptación mutua e intercambio tecnológico.
Rusia no solo incorporó estos sistemas a gran escala, sino que avanzó en su fabricación local mediante acuerdos de licencia en instalaciones como el complejo de Yelabuga, en Tatarstán. A partir del diseño iraní original, Moscú desarrolló variantes propias —como Geran-2, Geran-3 o Gerbera— que actualmente se emplean en ataques masivos, especialmente nocturnos, contra ciudades ucranianas.
Sobre esa base, se han incorporado mejoras tecnológicas significativas, como el sistema de navegación Kometa-M, resistente a interferencias electrónicas, junto con nuevas configuraciones con mayor número de antenas y capacidades antiinterferencia más avanzadas. El análisis de restos recuperados en distintos escenarios muestra además una creciente integración industrial y tecnológica, combinando componentes iraníes, rusos y microprocesadores occidentales obtenidos pese a las sanciones.
Más allá del hardware, esta cooperación también incluye transferencia de conocimiento operativo. Informes recientes señalan que Rusia estaría compartiendo con Irán tácticas desarrolladas en Ucrania, particularmente en el uso de drones en ataques masivos y coordinados. El resultado es una relación que ya no se limita al suministro de armamento, sino que configura un ecosistema conjunto de producción, innovación y empleo táctico, con implicancias directas en múltiples teatros de conflicto.

La señal actual
El detonante de esta nueva fase de la crisis es la posibilidad de que Rusia esté enviando drones a Irán, invirtiendo el flujo original de la cooperación.
El periodista Tom Cotterill afirmó que Moscú se prepara para enviar un cargamento de drones a Teherán, lo que representaría la primera transferencia conocida de munición letal en esa dirección desde el inicio del conflicto.
Según estas versiones, funcionarios rusos e iraníes habrían comenzado a negociar el suministro pocos días después del estallido de la guerra en Medio Oriente, con envíos previstos hacia finales de marzo.
Sin embargo, el Kremlin rechazó categóricamente estas afirmaciones. El portavoz presidencial, Dmitry Peskov, aseguró que “los medios están difundiendo muchas filtraciones falsas” y pidió no prestar atención a esos reportes.

¿Transferencia militar o asistencia humanitaria?
Parte de la confusión se explica por la coexistencia de envíos confirmados y otros disputados. Rusia sí confirmó el envío de asistencia humanitaria a Irán con más de 13 toneladas de medicamentos transportadas en un avión Ilyushin Il-76, por orden de Vladimir Putin y coordinadas por el Ministerio de Situaciones de Emergencia.
Sin embargo, Ucrania y fuentes occidentales sostienen que estos envíos podrían encubrir o coexistir con transferencias militares no reconocidas, lo que convierte la situación en un caso típico de ambigüedad estratégica.
Acusaciones ucranianas y versiones cruzadas
Funcionarios ucranianos han sido los más contundentes en sus denuncias. El representante ante la ONU, Andriy Melnyk, y el presidente Volodymyr Zelenskyy acusaron a Rusia de apoyar militarmente a Irán mediante el envío de drones.
Según Kiev, esta asistencia permitiría a Teherán sostener operaciones prolongadas y ampliar su capacidad de ataque en la región del Golfo, con potencial impacto en rutas energéticas críticas como el estrecho de Ormuz.
Melnyk incluso planteó que las plantas de producción de drones en Rusia deberían considerarse objetivos militares legítimos, e instó a los aliados a proporcionar a Ucrania capacidades de ataque de largo alcance.

Qué mirar en 72 horas
En el corto plazo, hay una serie de señales que pueden resultar clave para evaluar la evolución de la situación. En primer lugar, la posible aparición de evidencia física de drones Geran-2 sería un indicador concreto de transferencia material. Al mismo tiempo, resulta relevante observar eventuales cambios en el discurso oficial del Kremlin, especialmente si se produce un pasaje desde la negación hacia posiciones más ambiguas o justificatorias, lo que podría reflejar ajustes en la estrategia comunicacional frente a filtraciones o hechos consumados.
Por último, la dinámica operativa en el terreno también será determinante. Por ejemplo, la aparición de nuevos ataques masivos o patrones de uso similares a los registrados en Ucrania podría sugerir una transferencia no solo de sistemas, sino también de know-how táctico.
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